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Presentación

Francisco Colom González | Instituto de Filosofía. CSIC

 

El ensayo extractado aquí como Documento se inscribe en el género de lo que se ha dado en denominar el proyectismo español del siglo XVIII. Su autor, José de Gálvez (1720-1787), Ministro del Consejo de Indias y Visitador General de Nueva España entre 1765-71, fue, gracias a su Informe y plan de intendencias, uno de los principales promotores de las reformas borbónicas en la administración de las posesiones americanas. Cofundador de una estirpe de altos funcionarios de la Corona, su hermano Matías de Gálvez fue Virrey de Nueva España y su sobrino Bernardo se distinguió como militar en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Las reflexiones reproducidas a continuación se han extraído del manuscrito anónimo depositado en el Archivo General de Indias (Estado, 86 A, N.2), si bien éste es prácticamente idéntico a otro firmado por Gálvez que existe en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid y que ha sido editado, junto con un amplio estudio, por Luis Navarro García, quien ha fechado su redacción en 1760 (La política americana de José de Gálvez. Málaga, Algazara, 1998).

Las reformas borbónicas constituyen una de las expresiones políticas y administrativas de lo que fue la Ilustración española. En América, su impacto contribuyó a desatar un debate sobre la condición constitucional de los reinos de Indias en el seno la monarquía que, de una manera u otra, encontraría una prolongación hasta la experiencia gaditana de 1812 y las guerras de independencia. Uno de los principales atractivos de este texto reside precisamente en su consideración global de los territorios americanos y de las propuestas para dinamizar el comercio colonial y su sistema de gobierno. En este sentido, resulta interesante el contraste del proyectismo en auge durante el siglo XVIII con la naturaleza de otros textos americanos previos y posteriores. Si bien los primeros textos coloniales acusaron el impacto del encuentro antropológico con el otro, la figura del indio está prácticamente ausente de la literatura barroca americana. Tampoco podemos encontrar en ella la filiación sentimental y pre-política con el territorio típica de lo que será el patriotismo criollo. Con el siglo de las Luces cambiarían notablemente las cosas. El conocimiento científico y geográfico del continente encontró su amparo en el movimiento ilustrado y en los intereses de una monarquía preocupada por rentabilizar metódicamente la explotación colonial. Ilustrados españoles, funcionarios coloniales y criollos americanos coincidieron así en su interés por la geografía, aunque con profundas diferencias en cuanto al significado que atribuirle: cada vez se valoraba más el estudio del territorio, pero no ya por un afán intelectual o comparativo, sino con el fin de maximizar su posesión. Como complemento documental del Monográfico de Araucaria, la naturaleza proyectista de este texto nos invita a leerlo como una reconfiguración de la territorialidad americana. La América épica, misional y estamental de los siglos XVI y XVII se nos presenta aquí ya como un territorio administrable en función exclusivamente de rendimientos fiscales y flujos de comercio. Apenas faltan unos años para que la imaginación política criolla reconvierta esa representación territorial en una historia de agravios y usurpaciones tan sólo redimible mediante la refundación ex nihilo o el reencuentro con unos orígenes míticos.

 


Discurso y reflexiones de un vasallo sobre la decadencia de nuestras Indias Españolas
(extractos)

José de Gálvez, Marqués de la Sonora


- Sin más impulso ni fin particular que el honrado deseo de contribuir en algo al bien común de esta Monarquía, como buen vasallo de ella, quisiera ofrecer humildemente a los pies del Trono este breve resumen de algunas observaciones que tengo hechas al auxilio de lo que he trabajado en varios negocios de la América y de la especial aplicación que siempre me ha debido aquella parte del mundo, cuyo descubrimiento y progresos han constituido el primer móvil del sistema político de la Europa, porque todas las potencias marítimas de ella, que ven a España poseedora de los ricos minerales de oro y plata que dan espíritu y movimiento al general comercio del orbe, dirigen las máximas de su gobierno a excederse respectivamente en participar de nuestras riquezas por cuantos medios puede arbitrar la industria humana.

- De este principio, y otro no menos cierto entre las naciones cultas, de que sólo el gran comercio de un Estado da todo el peso a la balaza de su poder, infiero que nuestras Indias deben mirarse a dos visos o conceptuarse de dos modos. El primero, con respecto a las demás potencias de Europa que tienen establecimientos en la América, para que reconocidos los daños que nos causan se apliquen por la Autoridad Suprema los remedios oportunos; y el segundo, con atención sólo a las Indias y a España entre si mismas, porque el tráfico recíproco de éste y aquellos reinos se halla en tanta decadencia que igualmente necesita todo el auxilio y cuidados de nuestro Augusto Soberano para su restablecimiento.

-Bien conozco que el primer extremo de la proposición anterior requería un tratado que historiase, sin mezcla de otos conocimientos, los sucesos políticos con respecto solo a la América desde sus conquistas, y que el segundo punto no puede ceñirse al breve resumen que me he propuesto, pero confesando que ambos asuntos son de tanta consecuencia para España que en su examen debieran emplearse otras personas a quienes dotó Dios con mayores talentos y honraron nuestros Reyes con empleos de la mayor magnitud y confianza, espero que se disculpe benignamente mi temeridad por el celo y buen fin con que incurro en ella, y porque tal vez mis reflexiones pueden dar motivo a que esta materia se trabaje dignamente por sujetos más instruidos y hábiles en ella, contribuyendo con sus luces y noticias a que se remedien los males que ya sufrimos y se eviten otros que nos amenazan.


Examen de las Indias con respecto solo a España y a lo interior de ellas

-Por las anteriores razones debo ceñirme a examinar en compendio tres puntos los más esenciales y que a mi entender, llamando todo el cuidado, requieren pronto remedio. El primero, la decadencia de nuestro comercio en la América y algunos medios de restablecerlo. El segundo, la constitución interior y actual de nuestras indias en lo económico y civil; y el tercero, la labor y beneficio de sus minas.


Sobre el comercio

- Tiene bien acreditado la experiencia que la protección y libertad son las dos tasas principales del Comercio, y el que España puede hacer con sus Indias, siendo capaz por sí solo de poner esta Monarquía en la mayor opulencia, ha corrido tan distintas y contrarias fortunas desde el descubrimiento y conquistas de la América, que en más de dos siglos no ha podido adquirir un sistema fijo y ventajoso.

- Conozco muy bien que no es fácil asegurar el discurso para tomar rumbo sin escollos o partido cierto en un problema que siempre ha dividido en bandos las opiniones de todos con motivo de la contrariedad y oposición de los comerciantes de Cádiz y de Indias. La cuestión, envejecida y agitada por tantos años entre ellos, y por consiguiente, en nuestro ministerio, se cifra en examinar si el comercio de España con la América conviene que se haga por flotas y galeones o por registros sueltos. Y aunque ambos partidos han tenido sus poderosos valedores y se ha usado uno y otro medio, particularmente en lo que va de este siglo, parece que últimamente se unieron todos los sufragios al restablecimiento de flotas y se envió una a Nueva España de cuyas resultas no podré hacerme cargo, por no estar bien averiguadas. Pero como quiera que el punto de la cuestión propuesta no se debe resolver por uno u otro ejemplar, sino por la experiencia deducida de muchos sucesos, me propongo examinarlo tocando las causas y motivos principales que influyeron en distintos tiempos a la alternativa variación de flotas o particulares registros.

- De la Historia se infiere que al paso de las conquistas que la Providencia Divina facilitó a esta Corona en las dos Américas, septentrional y meridional, emprendían los españoles sus expediciones y viajes particulares a Indias, logrando en ellas considerables utilidades por las riquezas con que retornaban, conseguidas a cambio de las mercaderías, efectos y frutos de esta península. El descubrimiento y progresos de nuestra nación en aquel Nuevo Mundo despertaron la emulación y codicia de otras potencias de Europa, y se verificó que unas por las guerras con que se vio agitada muy desde los principios del siglo XVI y otras por la ambición de participar injustamente de nuestras riquezas, se arrojaron al Océano y a los golfos de la América con armamentos destinados al robo y a la piratería que consiguieron hacer sobre nuestros bajeles, usurpándonos en muchas ocasiones cuantiosos caudales. De aquí tuvo origen, a mi ver, la prudente disposición que dio el gobierno para que las naves destinadas al comercio de Indias hicieran sus viajes juntas y protegidas de la Armada que se llamó de Averías, nombre que se la dio porque con este título se impuso la contribución que satisfacía el comercio para mantenerla a menos costa del Estado.

- Así se establecieron las flotas y galeones, pero habiéndose experimentado algunas veces que nuestros enemigos las acometían con fuerzas superiores, se conoció que el remedio arbitrado antes para contener los piratas y corsarios no era aplicable al tiempo de una guerra, y que antes bien servía de mayor incentivo para mover y empeñar todo el poder de los Estados guerreantes con el fin de conseguir de un solo golpe todos los tesoros y riquezas considerables que venían juntas en un convoy de galeones o flotas. Y por esta razón se ocurrió al otro medio de registros particulares y sueltos, especialmente en el transcurso de la última guerra que tuvimos con ingleses, cuyo método se continuó después de la paz por algunos años, con la experiencia, a lo que entiendo, de haber sido ventajoso al Estado, porque sin embargo de la pérdida de algunos registros, vinieron más caudales a España que en el sistema anterior de flotas.

- Hoy que se han restablecido éstas con mejor acuerdo, venero la providencia, y sólo a fin de que si en lo sucesivo se llega a verificar los quebrantos y pérdidas que experimentó el comercio de España en repetidas flotas despachadas antes de la última guerra, expondré en compendio los fundamentos principales que he reflexionado y conferido muchas veces con personas indiferentes y prácticas sobre el método más conveniente para arreglar nuestro comercio con la Nueva España, mirando a contener los ardides con que los negociantes y mercaderes de México perjudican los flotistas y a evitar también que, careciendo los habitantes de aquel reino, con la retardación de flotas, de los géneros precisos a su vestuario y subsistencia, aumenten las fábricas del país ya establecidas o se provean del extranjero por medio del comercio ilícito.

- Para esto será oportuno, y aún indispensable, sentar aquí algunos hechos constantes que, dando algún conocimiento específico de la Nueva España y su comercio, sirvan de fijar el discurso para inferir las consecuencias y tomar partido en el asunto de que se trata. Y sin detenerme en lo que conduce menos al intento, como es la situación, temperamentos, extensión y confines del imperio de México, voy desde luego a su población, sus producciones, industria de sus habitadores y sistema de los que trafican en lo interior de la Nueva España.

- Contiene aquel reino en sus provincias, divididas en un arzobispado y cinco obispados, la considerable y numerosa población que denota el adjunto estado o relación sacada del Teatro Americano, obra que en virtud de la Real Cédula de 19 de Julio de 1741 compuso y publicó en dos tomos D. Joseph de Villaseñor, contador general de azogues y cosmógrafo de la Nueva España, de cuyos reinos y provincias hizo una descripción general y bien exacta.

- A la numerosa población corresponden, y aún exceden, no sólo las abundantes producciones de frutos del país, sin también la industria y buena disposición de sus naturales para todo lo que es mecanismo de fábricas y artefactos, porque las imitan con tanta propiedad y destreza que sin distinción de criollos, mestizos e indios se dice con verdad de estos últimos que tienen el entendimiento en las manos.

- Esta proporción del pueblo, la abundancia del algodón y otros frutos del país, y sobre todo la escasez de tejidos que frecuentemente se ha experimentado en las provincias de la Nueva España con la retardación de las flotas y algunas faltas del galeón de las Filipinas, han ido estableciendo sucesivamente varias fábricas con que en gran parte se abastece todo el común de aquellos vasallos.

- Las principales y más extendidas fábricas, como de primera necesidad, son las de lienzos de algodón, fruto que a poco cuidado y beneficio produce aquel terreno en la mayor abundancia, recompensando con ella la falta de lino, de que carece la Nueva España, tal vez por no haber sus habitantes dedicádose a su cultivo. Y con estos tejidos y otros de igual clave que se conducen de las provincias de Goatemala y Campeche, han suplido la falta, cuado la han tenido, de los lienzos de Europa y de Filipinas. Con que acostumbrados ya a sus manufacturas por la conveniencia y buena calidad de ellas, subsisten y se aumentan las fábricas de esta especie, con perjuicio del comercio de España, cuyo interés consiste en que los naturales de Indias no se acostumbren a vivir independientes de esta Monarquía para el socorro de sus necesidades.

- Lo mismo que el surtido de lienzos se puede decir de paños de mediana calidad, porque la abundancia de lanas que hay en la Nueva España y la aplicación del pueblo a fabricar con ellas cuanto necesita, por la gran comodidad que en esto logra con respecto a las manufacturas de Europa, solo dejan entrada y consumo a los paños de superior calidad que únicamente gastan los más principales y acomodados. Y aún es sin comparación más considerable y extensivo el renglón de paños ordinarios y bayetas que se tejen en la Nueva España, pues toda la gente pobre de aquella numerosa población se viste de estos géneros y los tiene con mucha abundancia y conveniencia de precios.

- Las personas que hacen todo el comercio interior en la Nueva España se reducen a tres clases: la primera y principal, de negociantes en grueso o almaceneros de México, que compran la mayor parte de las haciendas y efectos de las flotas y de los galeones de Filipinas, siendo por consiguiente estos comerciantes la primera baza en que se sostiene el comercio de aquel reino. La segunda clase es de mercaderes de México y las provincias, que venden en sus tiendas los efectos de Europa, Filipinas y del país, entre los cuales hay muchos acaudalados. La tercera es de los que llaman repartidores de ropas, canastilleros y otros que despacha géneros por las calles, conduciéndolos en pequeñas porciones a todas partes, sin que sea despreciable esta clase de gentes, por lo mucho que contribuyen al consumo y salida de los efectos comerciales.

- Casi todos los empleados en estas clases de comercio van de España, porque los criollos no se aplican por lo regular a seguir la mercancía, aunque sus padres hayan vivido en ella, y es de advertir aquí el método en Nueva España entre los que ejercen el comercio, para que se conozcan los perjuicios que causan al de España siempre que le ven enteramente ligado a las ferias y el que ellos experimentan cuando los encomenderos que van a Cádiz internan con sus cargazones a México u otros parajes, como sucedió antes del actual restablecimiento de las flotas. Estas se despachan en Jalapa con absoluta prohibición a los flotistas de pasar de aquél pueblo, distante como veinte leguas de Veracruz, y con esta seguridad y la precisión que tiene el comercio de España de vender sus efectos durante la feria, procuran los negociantes de México, y por lo regular lo consiguen, dar la ley en los precios, retardando las compras y empleos hasta los últimos plazos, y así logran considerables ventajas en agravio de los flotistas.

- Por el contrario, experimentó el comercio de Nueva España muchos daños y pérdidas en el tiempo de los registros sueltos establecidos con las novedades de la guerra, pues habiéndose negado los negociantes de México a emplear sus caudales en lo que se enviaba de España sucesivamente, se vieron los de acá en la precisión de internar sus cargazones y hacer el oficio de almaceneros y mercaderes para despacharlas en la Nueva España, privándose los negociantes acaudalados de ella, por su obstinación, de la ganancia que podía producirles la compra y venta de las mercaderías.

- De estos antecedentes ciertos, y otros que pudiera exponer de permitirlo la brevedad del resumen, creo que se infiere la consecuencia de que nuestro comercio con la Nueva España no llegará a ser enteramente ventajoso siempre que se haga con total sujeción a flotas o con la absoluta libertad de los registros sueltos y la internación de sus cargazones a México y otros parajes. Y aunque pudiera comprobar esta aserción con muchas consideraciones, me ceñiré a las más principales para proponer el medio que me parece más oportuno entre los extremos de flotas y registros, a fin de precaver los inconvenientes experimentados en ambos sistemas.

- La restricción del comercio en el método de flotas no sólo es con respecto al corto número de navíos y toneladas que han de conducir a Nueva España, sino también al tiempo o intervalo que ha de verificarse de una a otra y a la duración de la feria de Jalapa, donde se despachan todos los efectos y mercaderías con prohibición absoluta de sacarlas a vender en otras partes por cuenta de sus dueños, excepto los vinos y otros caldos, que se pueden internar libremente a México y sus provincias. Y con estas coartaciones y otras, ¿como puede lograr extensión ni aumento nuestro comercio, faltándole su principal baza, que es la correspondiente libertad?

- Conozco que el sistema de registros sueltos, en la conformidad que se observó durante nuestra última guerra, trae de suyo los inconvenientes que entonces se verificaron de haberse retraído los almaceneros de México de hacer empleos y arruinándose algunos de ellos con la libertad que tenían los del comercio de Cádiz de pasar sus mercaderías a lo interior de Nueva España. Y como quiera que el Cuerpo de Negociantes de aquel reino debe ser atendido con particularidad, por lo que importa su subsistencia y el fomento que pueden dar al tráfico recíproco de esta península con las provincias de México, me parece que el medio más útil y conveniente para combinar el interés de todos sería el de permitir la navegación y comercio a Nueva España por registros sueltos sin limitar el número de los que anualmente fuesen a aquél reino ni la cantidad de efectos y frutos que hubiesen de llevar, satisfaciendo los derechos de licencia y toneladas según el trayecto, pero con la precisa circunstancia de que todas las cargazones de los registros se hubiesen de conducir y sujetar rigurosamente a una feria que cada año se celebrara en el pueblo de Jalapa, sin permitir con pretexto ni motivo alguno que los individuos del comercio de España, o sus encomenderos, puedan internar a México y sus provincias otra cosa que los vinos y caldos, que nunca se han sujetado a ferias por la dificultad de venderlos en ellas.

- Si llegara a establecerse este método de hacer el comercio con la Nueva España, no dudo que los negociantes de aquel reino, viéndose privados de las exorbitantes ganancias que sacan de los géneros y efectos que llegan a escasearse en el sistema actual de flotas, se opondrían, como siempre, a que estuviera bien surtido aquél reino, con el pretexto de que los rezagos que regularmente quedarían en Jalapa al fin de cada feria se podrían internar por los encomenderos de Cádiz, según se ha verificado casi siempre con los sobrantes de flotas a pesar de las estrechas prohibiciones que lo impiden. Pero este reparo, que es verdaderamente bien fundado en la actual disposición, no lo sería en el caso propuesto de que la feria se hiciera precisamente todos los años en Jalapa para la venta y despacho de las cargazones que condujese los navíos sueltos y de los residuos y sobrantes del mercado anterior.

- Lo cierto es que en el comercio de Indias es tan de corto momento la retardación de un año para despachar en una feria los sobrantes de la otra, que apenas hubiera dueño o comisionista a quien se le hiciese insoportable esa dilación, y más cuando el método con que los almaceneros y mercaderes de México hacen sus empleos en Jalapa necesita algunos meses para satisfacer el importe de lo que toman al fiado [...] Y aunque los negociantes de Nueva España perdiese con esto las ocasiones de vender a excesivos precios los efectos que reconocen faltos, sería muy conveniente privarles de semejantes lucros, como perjudiciales al común de los vasallos, y debería contentarse con la ganancia moderada y decente que les daría la mayor frecuencia de empleos y ventas.

- Tampoco sería muy extraño que el comercio de Cádiz hiciera su oposición a esta libertad de registros y a las ferias anuales, porque en los negociantes el interés particular es su primer móvil, y siempre que pueden sacan excesiva ganancia de cortas partidas de género, se dejan llevar de esta desproporción, con que por lo regular les engaña la codicia y no los deja conocer que el medio más seguro de establecer sus fortunas es la continuada repetición de una moderada utilidad en sus tratos. Será, pues, el argumento del comercio de Andalucía, que abastecía la Nueva España por medio de las ferias anuales, nunca logrará ventajas en la venta de los géneros de Europa, viendo los bajos precios consiguientes a la abundancia. Pero en satisfacción de esto, aunque pudiera decirse mucho, bastaría preguntar al comercio de España qué lucros consiguió en las flotas que fueron a Veracruz desde el año 1720 hasta la publicación de la guerra con ingleses. Y si dijese haber tenido buen éxito en ellas, faltaría enteramente a la verdad, porque a excepción de la que se despachó en 1729 con intervalo de cuatro años de la anterior, que por haber conducido pocos efectos resultó beneficio en ellos, pero mucha pérdida en los caldos, todas las demás fueron ruinosas y de fatales consecuencias para el comercio de España.

- Lo cierto es que los españoles no podemos ver sin dolor el comercio de Indias como estacado en Cádiz, donde todo su producto pasa al extranjero dueño de las mercaderías que se llevan a la América, quedado sólo en nuestra nación tan corto interés por vía de comisión o de compras forzadas que hacen los dueños de los navíos para proporcionar su expedición, que apenas se conoce ser la España poseedora de los ricos imperios de la América y por cuatro nacionales nuestros que hacen alguna fortuna en el comercio de Indias son muchísimos los que se pierden o viven miserablemente atenidos a prestar su nombre y su trabajo a los extraños para ganar escasamente su pan.

- Mucho había que añadir en estos asuntos respectivos a la actual constitución y coartaciones de nuestro comercio a Indias, pero me es preciso omitirlo por no hacer molesto este resumen, y sólo se me ha de permitir que no pase en silencio un hecho convincente de lo que España pierde en el sistema de ceñir, con tantas restricciones, la navegación y comercio de sus naturales a la América. Ese ejemplo nos lo ha de dar Málaga, que por las ricas producciones de su terreno es un puerto del mayor o del único comercio que tiene la península, y por eso mereció que D. Jerónimo Ustáriz, en su célebre tratado de comercio y la marina de España, hiciera muy particular mención de aquella ciudad, para que el gobierno se esmerase e fomentarla y protegerla.

- Lo mismo que de Málaga se puede decir a propósito de los otros pueblos y provincias de España, pues el gran interés de esta monarquía consiste principalmente en el aumento de su comercio y navegación a las Indias, que adquiridas a la Corona por el título de conquista, tienen igual derecho todos sus vasallos a traficar en ellas sin que los negociantes de Cádiz, que unos son hijos o descendientes de extranjeros y otros son puramente sus comisionistas o mandatarios, deban con justicia excluir a los demás españoles de un comercio que sólo sería útil y ventajoso cuando sea más propio y extensivo en estos. Y aunque establecidas en Cádiz las principales oficinas y la Casa de Contratación a Indias, deban quedar allí los registros de cuanto se lleva a ellas, no parece que este inconveniente podría embarazar que saliesen navíos de permiso de otros puertos principales de la península, porque en todos ellos tiene su Majestad ministros de confianza y autoridad que pudieran actuar los registros y remitir a Cádiz copia auténtica de ellos.[...] Paso desde luego a tocar otros ramos de comercio que merecen particular mención, empezando por la isla de Cuba, que es la primera y de mayor entidad en la comprensión de la América septentrional.

- El fomento de las plantaciones del tabaco de aquella isla es de tanta consideración para España como perjudicial la decadencia de los cosecheros de este fruto. Y con motivo de las rebajas hechas en el precio de sus tabacos, han abandonado unos enteramente el cultivo de ellos, dedicándose al plantío de las cañas de azúcar, en que consiguen mayor interés, y otros han minorado mucho las labores que son precisas a la planta del tabaco para que se críe de buena calidad.

- Este ahorro que los empleados en la venta del tabaco y en la factoría de la Habana han procurado con buen celo al Erario Real sobre el renglón de los precios es, a mi entender, la única causa de la minoración de cosechas de este fruto y que no sea ya en la isla de Cuba tan de buena calidad como antes, porque el labrador no puede sostener su cultivo, siempre que el precio no le sufrague a todos los gastos impendidos en sus labores y recolección y no le deje una ganancia regular con que subvenir a su sustento y repetir el cultivo con la esperanza de hallar el premio justo de su trabajo. Y como no es difícil componer esto con el beneficio de la renta, me ha parecido conveniente advertirlo, porque la mayor vitalidad del Erario creo que consiste en el aumento y bondad de los tabacos, y no en lo ínfimo de los precios que se satisfacen a los cosecheros.

- No me es posible dar noticia individual de la población que incluye el Imperio del Perú, pero creo que prudencialmente se puede regular mayor que la de Nueva España, por la vasta extensión de sus provincias y el mucho vecindario que contienen varias ciudades, villas y pueblos, que son numerosos, aunque distantes entre sí. Aquella gran copia de gente pudiera consumir excesivas porciones de género y frutos que se les enviasen de España, pero con motivo del comercio ilícito que hacen los portugueses por sus colonias confinantes a las nuestras y los ingleses y holandeses desde sus islas de Jamaica y Curasao por las costas inmediatas a la Mar del sur, no corresponde nuestro comercio con el Perú a lo que debiera producir a España aquella riquísima parte de la América, y también contribuyen no poco a esta decadencia los muchos obrajes o fábricas de paños y algodón que hay en algunas provincias del Perú, porque de ellos se abastece el pueblo a precios moderados.

- Por el medio propuesto de la libre navegación, sin otras restricciones que la de licencia, registros y satisfacción de los correspondientes derechos en España y la América, me persuado que podría también reestablecerse y aumentarse nuestro comercio con el Perú, siempre que se dieran las providencias eficaces y precisas para cortar las abusivas y gravosas contribuciones con que el Consulado de Lima recarga a los del comercio de España que navegan a la Mar del sur, cuyas extorsiones han perdido algunos españoles, han dado causa a varios recursos y costosos pleitos y ha retraído a casi todos de frecuentar los viajes al Perú.


Gobierno económico y civil

- No es posible reducir a compendio todos los abusos introducidos en la América española, porque los ha ido multiplicando y enriqueciendo el tiempo y la gran distancia de las eficaces influencias del trono. El mayor desorden, a mi entender, que se padece en todas las Indias y que piden el más pronto y eficaz remedo es la constante adquisición de bienes raíces que ha hecho el Estado eclesiástico, regular y secular, contra una ley fundamental que promulgó el Sr. Emperador Carlos V en el año de 1535, y es la décima, título doce, libro cuarto de la Recopilación de Indias, porque en ella se mandaron repartir las tierras de aquel nuevo mundo entre los descubridores y pobladores antiguos y sus descendientes que hubiesen de permanecer en la tierra, con preferencia a los más calificados, y prohibición de venderlas a iglesia o monasterio ni a otra persona eclesiástica, bajo la pena de perderlas y que se repartiesen a otros.

- La contravención absoluta de esta ley ha dado motivo a que en diferentes ocasiones y tiempos se haya tratado en nuestro gobierno de remediar o atajar a lo menos el gravísimo daño que experimenta el Estado y se aumenta cada día con la excesiva porción de bienes que pasa a las religiones y al clero. Desde el principio de este siglo se examinó el punto en el Consejo, y por el año 1709 consultó al Sr. D. Felipe V, de gloriosa memoria, pero divididos los ministros en contrarios dictámenes, pues los unos fueron de sentir que no podía Su Majestad promulgar semejante prohibición sin permiso de la Santa Sede, regulándola contraria a la libertad eclesiástica, y los otros fueron de parecer que sin ofensa de la inmunidad, ni recurrir a la villa apostólica, podría nuestro augusto Soberano repetir la misma prohibición y mandar que se observase la ley establecida por el Sr. Emperador Carlos V [...]. Y habiéndose después verificado la misma contrariedad en los dictámenes de varios ministros que en el año de 1750 examinaron esta materia con orden superior, parece que ha quedado indecisa por su misma gravedad y se continúa el perjuicio en los reinos de las Indias, a imitación de los que experimentamos en España, que a la verdad necesita tanto o más que la América de un remedio que ataje el desfalco del patrimonio de los legos y de la Corona, que los debe mirar en lo político como único entero de ella.

- Diré, sin embargo, en honor a la verdad y desahogo del amor patrio, que esta cuestión no se debe resolver por las opiniones interesadas de algunos autores eclesiásticos que hicieron particular empeño en despojar la suprema autoridad de los Reyes de las regalías principales que la constituyen, ni por las de otros que, dando en el extremo contrario, pusieron todo su conato y estudio en restringir la jurisdicción eclesiástica. La decisión segura ha de tomarse en las fuentes puras de la verdad y la justicia, que son la Escritura Sagrada, los Santos Padres de la Iglesia y los Concilios Ecuménicos, cuya doctrina es uniforme en todo al derecho de la naturaleza y de las gentes.

- Vemos en las Divinas Letras que el Supremo Legislador, estableciendo el gobierno de su pueblo escogido, lo dividió en dos estados, uno de sacerdotes y levitas y el otro de seglares; que dio a los primeros para su sustento la oblación, diezmos y primicias, y a los segundos todas las casas y heredades de la tierra prometida, y que a fin de evitar el desorden de que los levitas y sacerdotes adquiriesen los bienes del pueblo, les impuso la más estrecha prohibición. Y para contener al pueblo, que por un celo poco discreto y una demasiada devoción suele exceder los límites en las oblaciones, reprimió Dios, por el ministerio de Moisés, la profusión con que ofrecieron más de lo preciso a la obra del Santuario, dando con esto a los príncipes del mundo una regla tan invariable como santa para que promuevan el culto divino, el honor y subsistencia de sus ministros y cuiden igualmente de corregir cualquier inmoderación en esto, manteniendo al Estado secular en la posesión de los bienes, pues sobre él recae todo el peso de las cargas públicas y su pobreza influye en perjuicio de la soberanía.

- Por lo respectivo a nuestra España, vemos en la historia y en las leyes patrias que el Rey D. Jaime de Aragón, Conquistador de tres reinos en que restauró la religión católica con ardiente celo y dotó dos mil iglesias con piadosa liberalidad, estableció la misma prohibición y el Sr. D. Alfonso el sabio, Rey de Castilla, presuponiendo la propia facultad, declaró en una de sus célebres Leyes de Partida que las heredades adquiridas por las iglesias, después de su fundación, pasan a ellas con la misma cualidad y gravamen con que las poseían los seglares, y añadiendo que de ese modo puede hacérseles donación, exceptúa expresamente el caso de que el Rey lo defienda por sus privilegios o por sus cartas.

- Estas leyes hicieron en todos los tiempos los emperadores, reyes y príncipes cristianos, usando justamente de aquella suprema autoridad y poder legislativo que Dios les dio en su institución para el gobierno del pueblo que les ha confiado. Ninguno de aquellos soberanos ocurrió a la Santa Sede a pedir auxilio o licencia, conociendo sin duda que semejante impetración llevaría tras sí una formal renuncia de la soberanía y de la potestad absoluta con que estaban autorizados para establecer en sus dominios las leyes necesarias a la conservación y felicidad de ellos.

- Lo cierto es que en repetir y ampliar nuestra Ley de Indias no se ofende la libertad eclesiástica, y únicamente se trata de subvenir al Estado con un remedio indispensable a su conservación, usando en ello su Majestad de la potestad suprema que le concedió el mismo Dios, que siempre ha reconocido la Iglesia y los Santos Padres de ella y que se funda en los primeros principios del derecho natural y de las gentes. Si vemos nuestros reinos reducidos a miseria por haberse alzado las religiones y el clero con la mayor parte de los patrimonios en unas provincias y con la mitad de ellos en otras, ¿quién pude formar escrúpulo de que se ataje un daño capaz, al paso que va, de causar en poco tiempo la total ruina de la monarquía? Todos convienen en la urgente necesidad del remedio, pero aconsejan que se acuda por él a Roma, y esto, a mi entender, sería peor que el mismo mal, pues tendría por menor inconveniente que se extinguiera el reino, quedando a salvo las regalías y el honor de la Corona, mientras durase que el ver a mi Rey renunciar la potestad legislativa y practicar un acto tan impropio a la soberanía como el pedir licencia para establecer en sus dominios una ley justa y necesaria.

- Convendría infinito para el gobierno civil y económico de las Indias que también se tratase de restablecer otras leyes antiguas y de reformar muchas que ya no son útiles ni aceptables a estos tiempos. El mejor medio sería que por sujetos hábiles se entresacasen de la Recopilación de Indias las leyes que debieran quedar en observancia, para que lleno el vacío de las abolidas con otras nuevas en muchos asuntos que carecen de regla, y puestas todas en buen estilo y orden, se formase un cuerpo de derecho claro y decisivo, dejando las leyes reformadas en volumen separado para que sirviesen a la erudición y a la historia. Y aunque esta obra es tan preciso y conveniente para el gobierno de las América española, lo es mucho más en los reinos de castilla, porque la recopilación de sus leyes está en una notable confusión y desorden.

- En cuanto a lo demás que comprende el gobierno universal de nuestras Indias, se pudieran exponer muchos abusos, pero me ceñiré a tres particulares que me parecen de la mayor consideración. El primero, que en todas las Audiencias de la América se ha provisto anteriormente muchas plazas en naturales de la misma provincia o metrópoli donde está el tribunal, y aunque creo que sería injusto privar a los indianos o criollos de que obtuviesen semejantes empleos, por haber entre ellos algunos sujetos de habilidad y prendas recomendables, me ha enseñado la experiencia adquirida en el manejo de varios negocios que siempre convendría mucho colocarlos en Audiencias bien distantes a su origen, porque en Indias reina tanto el espíritu de partido y parcialidad que aun los compadrazgos producen una alianza estrecha, y así están prohibidos a los ministros de justicia, contra quienes dan legítima causa para recusarlos.

- El segundo, que muchas Presidencias, Gobiernos y Capitanías Generales, las más importantes después de los tres Virreinatos en que está dividida la América Española, se han provisto en criollos que o las beneficiaron por dinero en las estrecheces y urgencias de la monarquía o las supieron negociar por recomendación y empeño, y de esto han nacido los males y desórdenes de atender únicamente los provistos a enriquecerse en los empleos, con descuido y aun abandono de las esenciales obligaciones de su cargo, porque los más hicieron sus primeras fortunas en el comercio y, acostumbrados al trato, continuaron la negociación en sus manejos. Por esta y otras consideraciones convendría mucho que para semejantes empleos destine Su Majestad oficiales graduados de acreditada conducta y conocido desinterés, pues criados en el Ejército, conocen toda la importancia del real servicio y de la conservación de su honor.

- Y el tercero, que los empleos de menor cuenta, como son los corregimientos y alcaldías mayores, se han dado por lo regular a dos clases de personas igualmente perjudiciales, porque o los han obtenido criollos, ejercitados antes en destinos los más mecánicos, y por lo mismo no pueden darse a respetar ni mudar de condición después, o se han enviado de España los que nada pueden aspirar en ella y olvidan sus cortas obligaciones en la distancia, con que en ambos casos son imponderables los perjuicios que estos ministros subalternos causan en las Indias, pues los más de ellos, arrastrados de una torpe codicia, tratan cruelmente a aquellos infelices naturales, dignos, a la verdad, de la mayor lástima y compasión. Y supuesto que no es posible individualizar estos abusos sin escribir un libro y que las alcaldías mayores y corregimientos son, por la mayor parte, empleos dignos y capaces de premiar muchos oficiales subalternos de mérito y honor, sería muy útil darles este destino, como se empezó a hacer años pasados, enviando algunos al Perú para que el Virrey los emplease según viera que convenía al servicio.

- Últimamente debo advertir, para concluir este punto, que la recaudación y beneficio de la Real Hacienda sufre en toda la América, especialmente en el Perú, considerables atrasos y desfalcos por defecto de buena administración, y que la tropa con que se guarnecen las plazas y presidios de Indias se halla siempre en estado muy cadente, porque la disciplina militar no se observa con la severidad debida, de que proviene el gran desorden de la deserción en los soldados que van de España.


Labor y beneficio de las minas

- Es notorio a todos la abundancia y riqueza de minerales de oro y plata que encierra nuestra América septentrional y meridional y que no es posible beneficiarlos todos, ni aun la mitad de ellos, por la falta de operarios, la poca aplicación en algunas provincias y el defecto de otros requisitos precisos al cultivo de las minas. Pero sin embargo de que en toda la comprensión de los tres Virreinatos hay muchos minerales lastimosamente abandonados, creo que en ninguna parte son tantos ni tan ricos como en la provincia de Quito.

- Los ríos y arroyos que bañan aquella provincia manifiestan la riqueza que encierran todas sus montañas, pues entre las arenas se descubren los granos de oro que solo buscan los indios cuando les estrecha la obligación de pagar los tributos, y es tanta la desidia y desprecio con que miran este metal que si alguna vez hallan más del que necesitan, arrojan lo que les sobra, impelidos también de la aprensión que han tomado a la riqueza de su país, por lo que les hacen trabajar con inmoderación en los parajes donde hay labor de minas. Después de la conquista fue la ciudad de Logroño, llamada entonces Sevilla del Oro por la abundancia de ese metal, el territorio más poblado y opulento de la provincia de Quito y aún de todo el imperio del Perú, pero sublevados los indios naturales, se apoderaron de Logroño, Guamboya y otras considerables poblaciones de la inmediación que hasta ahora no se han recuperado, estando perdidos en aquel distrito los más ricos minerales que se descubrieron en toda la América.

- La mina de Huancavelica, que provee de azogues al Perú, fue de Amador de Cabrera, su descubridor y, derivada en sus descendientes, se adjudicó a la Corona en el siglo pasado, siendo Virrey del Perú de Duque de la Palata, que capituló con los dueños su indemnización. Y aunque es tanta la abundancia de aquella mina que no se teme escasez de azogues en la América meridional, hay bastantes inconvenientes y abusos en el modo con que se labra, porque regularmente la han tenido por asiento varios particulares a quienes paga la Real hacienda cincuenta y ocho pesos por cada quintal de azogue que entregan en los almacenes, y como la mina se trabaja por los indios mitayos o matriculados, que envían los corregidores de sus respectivos distritos, y la ganancia de los mineros absentistas consiste en sacar mucho azogue en poco tiempo y a menos costa, fatigan a los pobres indios con un trabajo insoportable, negándoles muchas veces las horas precisas de descanso y aun todo el aliento y paga que de justicia les corresponde.

- Esta opresión y rigor, que nunca remediaron enteramente las órdenes más estrechas, han sido causa de que un número considerable de indios se haya despechado y huido a los montes con los idólatras, abandonando la religión y sus familias a cambio de la libertad. Igual abuso se verifica en las otras minas del Perú, y es tan preciso poner remedio en esto y redimir las vejaciones de aquellos pobres naturales, que si llega a disminuirse su número más de lo que ya está se perderán o descaecerán considerablemente las minas, porque ni los negros pueden resistir el trabajo de ellas, ni los españoles, criollos y mestizos se sujetarán jamás a semejante fatiga. Con que no pudiendo dudarse que el mayor fomento y riqueza del Perú depende únicamente del cultivo y labor de sus abundantes minas, ya se reconoce cuánto importa el buen trato de los miserables indios, que son los principales operarios de ellas.

- Estas son las reflexiones principales que tengo hechas sobre el actual estado de las Indias de España en el transcurso de algunos años que me han ocupado varios negocios de aquella parte del mundo y al auxilio también de las noticias que he podido adquirir por libros, papeles y sujetos de quienes procuré instruirme. Si hubiese acertado en algo, y este corto trabajo pudiera ser de algún provecho, me servirá de premio esta satisfacción, porque no me he propuesto otro objeto que el del bien público. Y si, por el contrario, fuese tanta mi desgracia que haya errado en todo, espero que benignamente se disimulen mis desaciertos por la buena intención con que los he mandado al papel.