Presentación
Francisco Colom González | Instituto de Filosofía, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid
Fernando Cacho, Coronel de Artillería de las tropas realistas con destino en Chile durante las guerras de la independencia hispanoamericana, es el autor del opúsculo ofrecido en esta sección como documento. El manuscrito original se encuentra en el Archivo General de Indias de Sevilla [M.P. Libros Manuscritos, 22. Indiferente General, 1537]. Un resumen de sus conclusiones aparece adjunto a un Oficio enviado desde la Presidencia de Chile al Ministro de Estado con fecha del 14 de marzo de 1818.
El coronel Cacho había sido hecho prisionero por los insurgentes del Río de la Plata en su ofensiva sobre Chile y llevado a Buenos Aires. En esta ciudad logró escapar y encontrar refugio en la plaza fuerte de Montevideo, donde redacta este informe. Desde allí, el coronel Feliciano del Río, con mando en la plaza, escribe al conde de Casa Flores, embajador de España en Brasil [15 octubre de 1817; A.G.I.: Estado 100, N.70] relatando las circunstancias de Cacho y su propósito de reincorporarlo al ejercito realista de Chile. Joaquín Blake, miembro de la Junta Militar de Indias, en una carta reservada al Secretario de Guerra, considera que las reflexiones de Cacho deben ser entregadas al general que vaya a mandar la expedición destinada a aquellas provincias. También relata que Cacho se propone obtener permiso para realizar “algunas especulaciones mercantiles” en Río de Janeiro con el fin de allegar fondos para tal expedición. Martín de Garay, Secretario de Hacienda, responde denegando esa solicitud [A.G.I. Estado, 100, N.70/5]Cacho dirige sus observaciones principalmente a la Audiencia de Chile y al Virreinato del Río de la Plata. El interés de su manuscrito reside en la información de primera mano que ofrece sobre el estado de estos territorios tras varios años de contienda y cambio de manos, así como por el retrato que hace de la sociedad colonial, de los soportes sociales de la insurgencia y de las estrategias políticas para intentar regenerar la legitimidad del régimen monárquico y absolutista.
Reflexiones políticas sobre las provincias del Sur de la América meridional
Fernando Cacho, Coronel de Artillería
Generalmente se cree en España que sus provincias de América están muy atrasadas en civilización y política, y que sus naturales son ignorantes; pero este juicio es errado y se hace mucha injusticia a los Americanos de Chile y provincias que he visto del Virreinato de Buenos Aires. Los pueblos principales están en el mismo pie de ilustración, civilidad y cultura que los de la península, y si el suyo fuese el barómetro de la finura en la sociedad, se hallarían las ciudades de esta parte del mundo más adelantadas que las de provincia de la península. El traje de hombres y mujeres es el mismo que en Europa, sin que se encuentren algunas personas vestidas ridículamente. Es muy general que las señoras sepan tocar el piano y cantar, tienen instrumentos de última invención y todos por lo regular son buenos: apenas hay quien no baile bien, y en estas y las demás diversiones se conoce la buena educación que han recibido. El pueblo en Chile, que siempre asiste a verlas por las ventanas, guarda todo el respeto que podría esperarse en personas bien educadas.
Se dice que en otro tiempo los europeos, solamente por serlo, eran muy distinguidos en la sociedad, pero si eso fue, ni señales han quedado de la distinción: aquí, como en todas partes, son respetados los empleos, pero las personas se la aprecia según su educación, modo y trato. Así es que no estiman al que no sabe hacerse estimar por su mala conducta, falta de educación y principios, aunque sea europeo, y prefieren éste al americano si sus cualidades son superiores. Los chilenos distinguen particularmente al hombre de bien y de buena intención. La gente del campo sólo se parece a la europea en el color generalmente. En todo lo demás se diferencia mucho, pues ni el trato, ni los alimentos, ni las casas, ni las diversiones, ni las costumbres se parecen a las de España. Son humildes y sanguinarios, holgazanes y corrompidos: nada hacen a pie, y el tiempo que no están a caballo lo pasan encenagado en vicios. El juego, la embriaguez, el robo y la lascivia los dominan con exceso, y con la misma frialdad matan un hombre que un cordero.
El carácter de los americanos ha participado de las novedades del día, pues son más altivos, más desconfiados y menos sufridos que antes. Las leyes y el gobierno [1] deben ser acomodados a los hombres, y por esa razón deben variar según las costumbres y carácter de aquellos: el sistema que es útil en una época es perjudicial en otra. Según este principio y el estado de civilización, ideas y corrupción en que están las Américas, opino que se necesita un cuidado y celo vigilante y continuo para mantener tranquilas estas provincias. Su posesión penderá de los jefes que las mandan: vanos serán todos los conatos del Rey si la indiscreción, impolítica o arbitrariedad de los que representan a S.R.M. irritan los naturales y separan sus ánimos del gobierno. Tres son los objetos que principalmente se deben obtener: el primero, aumentar la población de la península y, si es posible, a costa de las Américas. El segundo, conservar éstas el mayor tiempo que sea posible. Y el tercero, preparar la España para que la sea menos perjudicial la pérdida de las colonias cuando llegue su separación. Estas reflexiones solamente comprenden los dos primeros puntos: no son tan extensas ni tan profundas como debieran, atendida la importancia del asunto, por que me limito a indicar los principios que desde luego deben seguirse, y por que mis conocimientos no son los que se necesitan para tratar como es debido un objeto de tanta importancia, si igualasen a mis deseos no habría en el mundo reino tan feliz y tan poderoso como España.
En el estado en que se hallan a esta fecha las provincias del Sur de la América meridional se haría un servicio muy señalado al Rey N. S. y a la humanidad volviéndolas el sosiego de que carecen y asegurándola en lo posible para lo sucesivo. Al mejor servicio del Rey, al honor de la nación y a la felicidad de estos países interesa mucho que vuelvan al orden y que desaparezca de ellos la arbitrariedad, el espíritu de partido, la sangre y la guerra que por tantos años los domina y mancha. Su tranquilidad ha de ser obra de las armas, porque muchos de sus naturales están muy comprometidos para someterse espontáneamente, y aunque el Rey los ofreciese un olvido general, sería en balde, pues acostumbrados a engañar por tantos años creen que el Rey los engañaría también. Mas no basta pacificar estas provincias y establecer de nuevo en ellas el gobierno del Rey: es preciso pensar en perpetuarle, y para eso se necesita procurar que todas le amen y que, unidas íntimamente con la península como deben estarlo, por todas razones tengan un interés en la conservación, fomento, prosperidad y poder de ésta, y ésta por su parte debe tenerle en el bienestar y felicidad de aquéllas. Debe ser tal la unión de estas provincias con la metrópoli que se consideren tan unidas a ella como las Castillas o cualquiera otra provincia del continente.
Este objeto es el que se debe proponer el gobierno para que las colonias gocen de la paz que últimamente se ha interrumpido y para que sean para España un manantial inagotable de riquezas y no un sepulcro de sus naturales. Es de desear que se dedique a tratar con la debida extensión y profundidad este asunto quien tenga todos los conocimientos que se requieren para hacerlo dignamente. Nada hay en el día más interesante para todo buen español que el objeto que presento: de él pende la felicidad de millones de almas que habitan este continente, la de nuestro soberano y de la heroica nación a quien pertenecemos. Con él se aumentarán las riquezas peninsulares y se duplicará la población. El que hiciere este servicio llenándole en todas sus partes merecerá la gratitud del Rey y una memoria eterna de las dos Españas.
Yo no puedo emprender una obra de esta especie porque mis conocimientos están muy distantes de los necesarios para ello, pero deseando que este servicio se haga cuando antes, y para estimular a los que puedan desempeñarle como se requiere, expondré mis reflexiones políticas contraídas al Reino de Chile y algunas generales que podrán servir para las demás provincias, y protesto que las equivocaciones, yerros o faltas que se noten deben ser atribuidas a mi ignorancia y de ningún modo a mi voluntad, porque ninguno ama más que yo al Rey N. S. y a la nación, cuya gloria deseo sobre todas.
Los chilenos son de carácter dócil, humilde, honrado y generoso: tienen disposición para las artes y para la guerra. Olvidan con más facilidad las ofensas que los beneficios y son tal vez los que más se asemejan a su origen. No son entrometidos: es preciso llamarlos y agradecen mucho que se los trate con consideración y aprecio. La nobleza de Chile es numerosa y rica, es muy afecta a distinciones, a cruces, títulos y honores. Por lo tanto es realista, y como es la dueña de las propiedades y tiene sobre sus colonos un dominio que parecerá increíble a quien no le ha visto, proporciona mucha facilidad para mandar bien el Reino y conservarle tranquilo. Solamente circunstancias desgraciadas, cuyos detalles no son de este lugar, pueden haber sido la causa de que por dos veces se haya separado de la Corona.
Los chilenos deben ser gobernados con justicia, pero con buen modo, dulzura y humanidad: el rigor los irrita y el mal modo los ofende porque creen que se los desprecia. El chileno se convence de su falta y sufre el castigo con resignación sin quejarse de quien se le impone. El bello sexo en Chile es modesto, cariñoso y muy compasivo, y sin tener aquel fuego en la expresión y en las acciones que distingue a nuestras europeas y las realza tanto sobre las demás mujeres, tienen todas las gracias del alma para hacerse estimar en el trato. Los hombres y la mujeres son amigos consecuentes y generosos, y lo acreditan con los mayores servicios, respetan las desgracias y las disminuyen con su esmero y generosidad. A estas virtudes hemos debido los prisioneros mucho alivio en nuestras desgracias, y algunos la libertad y acaso la vida. El Reino de Chile tiene pocos doctores, y esto es una ventaja para conservar el orden y la tranquilidad.
El General que mande en Chile debe ser de talento, juicio, honradez, buena intención, humano y accesible. Deber ser político y amante de la sociedad, rico y generoso, de familia ilustre y muy conocida, y sería útil que fuese título de Castilla. Si está casado y su mujer tiene el buen trato, agrado y amabilidad de nuestras damas, se puede contar que solamente con estas cualidades bien manejadas estará el Reino tranquilo y contento. Si es altiva y vana no debe venir.
Los chilenos gustan mucho de la diversión y lo cómodo de los precios en el Reino facilita tenerlas con frecuencia, sin que se deba temer que la repetición pueda hacer faltar al respeto de la persona, pues nada es más fácil que reunir con ellos el decoro y la franqueza. El General no debe contentarse con no ser interesado. Es preciso que cuide no lo sea su mujer, su familia ni los principales empleados que le rodean, como el Auditor, el Asesor y el Secretario, cuyas conductas celará con el mayor cuidado.
Debe hacer que se administre pronta justicia sin demorarla por su omisión, pues bastante perjuicio causa al que la busca la distancia de que puede haber venido. Debe hacer que la Audiencia despache los pleitos sin demoras. Debe tener carácter y firmeza en el mando: estas cualidades se harán apreciables a todos. Debe mantener la tropa en la más exacta disciplina, sin permitir ni tolerar que el soldado ni el oficial molestasen al paisano de palabra ni de obra, pero tampoco tolerará que el paisano falte al soldado.
Prohibirá que se use la palabra patriota e insurgente ni en chanza, castigando irremisiblemente al que lo llame a otro. Las palabras insurgente o patriota no se deben nombrar, pues los que lo han sido creen que no se ha olvidado su falta mientras se les eche en cara. Por lo tanto temen el castigo, y la desconfianza que el temor los ha de ocasionar los separará del Jefe, y esto puede ser principio de nuevos disgustos.
Las principales familias de Chile están enlazadas entre sí, y lo mismo las del pueblo: por lo tanto debe estar seguro el General que el desaire o la influencia que hiciese a un individuo lo sentirían muchos y lo considerarían como propio. Si algún caballero falta y lo advierte a alguno de sus parientes de más juicio y opinión en la familia, éstos han de enmendar lo que uno de los suyos haya hecho, y el Jefe consigue el bien del servicio, captarse más las voluntades, corregir y atraerse al que erró.
El General debe considerarse no solamente como Jefe del Reino colocado por S.R.M. para castigar los delitos, sino también como un protector del país para premiar y recomendar al Soberano los servicios que deban serlo. Debe ser el Ángel de Paz en el Reino, no solamente para defenderlo de los enemigos extraños, sino también para conservarla entre los que le rodean. La unión de las familias puede interrumpirse entre ellas mismas y formarse una división que siempre es perjudicial a la sociedad y en ocasiones puede traer malas resultas, pero al Jefe le será muy fácil reconciliarlas, y este carácter no será el que menos contribuya a su estimación general.
El partido entre el Maipú y Maules, conocido por maulinos, ha abundado siempre de ladrones, y para exterminarlos debe haber un cuerpo de caballería del país, pues la seguridad personal en el campo debe procurarla a toda costa en un país que por sus despoblados es ya bastante molesto para viajar. Como la gran distancia que estas provincias se hallan de la Corte es causa de que los empleos estén vacantes mucho tiempo, y como nada es más perjudicial que las interinidades, será conveniente que en todas estas provincias haya un jefe segundo adornado de las mismas cualidades que el primero para que le suceda inmediatamente en el mando. En el Reino de Chile debe residir el segundo jefe en Concepción. Este jefe debe entrar al mando propietario inmediatamente que falte el primero. Con eso se consigue además de lo expuesto que este jefe sea ya conocido en el país, que esté impuesto en su gobierno y en el carácter de sus naturales, y que tenga la amistad de la provincia de la Concepción cuando llegue a mandar el Reino. El segundo jefe debe observar en su provincia exactamente el mismo método que el primero en la capital y en el Reino.
Todos los jefes que el Rey envíe a América deben ser sujetos muy acreditados por su talento, política honradez y humanidad. Sería conveniente que las demás cualidades concurriesen también en ellos, pero siendo muy difícil que esto suceda, deberán buscarse las expresadas a lo menos sin disimular, pues son los que en caso de necesidad deben reemplazar las faltas que ocurran de los dos jefes, y los que hacen cumplir sus órdenes. Ningún jefe debe ser viejo, pues siéndolo no puede tener la actividad y robustez necesarias para el servicio si es preciso hacerlo de campaña en un país en que sobran incomodidades. Todos los empleados que vengan a América deben ser hombres escogidos de mucha honradez, probidad y política, pues de no serlo resulta que como por dichos empleos tienen un roce continuo con los naturales, se hacen despreciables para ellos, y lo peor es que forman una idea poco favorable de la nación.
Los europeos que hay establecidos en América generalmente son desertores de la Marina o del Ejército u hombres huidos de la justicia, sin educación y sin principios. Estos hombres, cuando hacen fortuna, desprecian a los hijos del país y contribuyen mucho a separar sus ánimos de la península. Nada es más ridículo que ver esos europeos llenos de dinero y de vanidad, despreciar a los americanos porque han nacido en América, aunque sean sujetos muy principales, y como no pueden alternar con ellos porque su ignorancia, su falta de modales, de principios y de educación los hace huir de toda sociedad, se desquitan murmurado de ellos, averiguando su vida privada y atribuyéndoles defectos que las más veces no tienen. Esta clase de europeos ha contribuido mucho a los alborotos de América, dando a veces el ejemplo de insubordinación, y en el día son los que más hablan. No hay que contar con que den un paso por la tranquilidad del país, aunque vean las banderas del Rey delante del pueblo, pero cuando entren las tropas serán los que más griten y más acusen, por lo que deben los jefes que entren en un pueblo de insurgentes suspender el juicio de lo que informen, porque si les dan crédito inundarán el país de sangre y harán muchas injusticias: en su boca todos los empleados y jefes son ladrones o traidores.
Todos los que vengan a América empleados deben ser hombres que vivan solamente con sus sueldos, sin creer que esos países los tiene el Rey para que se enriquezcan a su costa. Todo empleado a quien se le justificase haberse interesado en un real, o que otro se interesó por su omisión o consentimiento, debe volver lo que recibió, ser depuesto de su empleo inmediatamente y arrojado del país sin que pueda ser empleado en otro. Los jefes y empleados cuidarán de que sus criados europeos traten a la gente del país con la atención que exige la buena crianza, sin que los llamen criollos, como suelen hacer por desprecio.
Debe ser publicado y cumplido el Real Indulto de Febrero de 1816 por el que S.M. olvida todo lo pasado, haciendo saber al mismo tiempo que en lo sucesivo serán castigados los delitos de esta especie con todo el rigor de la ley, y si alguno reincidiese, debe ser pronto y ejemplarmente castigado. En Chile y generalmente en toda la América hay una clase de hombres que en todos los gobiernos son perjudiciales: estos son los hijos de padres ricos o bien acomodados que no han tenido destino desde su juventud. Esta clase de hombres disipan su legítima en poco tiempo, se ven rodeados de miseria y sin medios para salir de ella en lo sucesivo y apetecen las revoluciones. El gobierno debe dar ocupación a estos hombres en Europa o en América.
Los que más parte han tenido en estas revoluciones son los hombres de que acabo de hablar, los hijos de europeos, los doctores y los frailes. Los hijos de europeos son generalmente muy malos, y la causa principal es la que se acaba de expresar y la inmoralidad de su conducta, pues criados en la ignorancia, en la soberbia y en el ocio son altivos y presuntuosos, creen que deben mandar la América y no obedecer la Europa. Este es un efecto general de los hombres que de repente se ven salir de la nada: lo pasado les ofrece un objeto desagradable para su vanidad y lo futuro no les presenta facilidad para lisonjearla si no trastornan el orden.
Los doctores han tenido también mucha parte en ellas: no hay país en el mundo que tenga tantos doctores como esta América. Las universidades de Charcas y Córdoba han prodigado los grados al infinito, pues a proporción de sus habitantes tiene esta América más doctores que toda la Europa. Los doctores en leyes y cánones, que son los que más abundan, tienen aquí más vanidad que en otras partes, y los mira el país con tanto respeto y deferencia que su vanidad se lisonjea. Su mismo número se perjudica para la subsistencia y resulta que, ajado su amor propio por la necesidad, culpa todas las provisiones de empleo que hace el Rey en los peninsulares, clama porque no se los confiere, y han esparcido estas ideas hijas de su ambición. Deben, pues, disminuirse los grados en lo sucesivo, no prohibiendo que se den, sino exigiendo tales conocimientos que sean pocos los que puedan obtenerlos. Y los que de este modo se gradúen deben ser empleados para que tengan interés en la conservación del orden, más siempre será mejor emplearlos en Europa o en otra parte de América para que su ambición no les incite alguna vez al mando de sus compatriotas.
Los curas y los frailes también han contribuido mucho a las revoluciones en América. Estos hombres que por su ministerio deberían conservar la paz, predicar la obediencia y dar ejemplo de virtud y subordinación al soberano son de los que más han contribuido al desorden. Por escrito y de palabra han movido al pueblo. La Cátedra del Espíritu Santo ha sido profanada predicando desde ella la rebelión al Rey y el exterminio de los europeos. Olvidados de que su reino no es de este mundo, y de que son la sal de la tierra, se han valido del grande influjo que tienen sobre las conciencias para exaltar los ánimos, y con su ejemplo han contribuido mucho al desorden y a la rebelión. Muchos sacerdotes han estado y están empleados contra su Rey, y todos ven disminuirse con rapidez la moral y la religión. Ellos mismos están en gran número prevenidos y relajados y necesitan más reforma que las demás clases del Estado. Al gobierno corresponde el modo de conseguirlos: a mi me parece que los enemigos del Rey deben ser trasladados a España y que es necesidad reunir en estas provincias un Concilio.
La ciencia del gobierno ha de consistir en hacer que los americanos se unan íntimamente a él. En el estado en que se hallan nuestras Américas y según el orden que desde su descubrimiento se estableció en ellas, no pueden ser ya gobernadas como colonias. Por consiguiente, deben serlo como provincias integradas del Reino, y para el espíritu del gobierno debe desaparecer la distancia que las separa de la península y considerarlas como a las Castillas, Valencia u otra cualquiera provincia. La distancia sólo debe servir para que el gobierno cele con más cuidado la elección de los que emplee en ellas, pues la mayor dificultad en los recursos, el atraso consiguiente a las distancias aumentado tal vez por una guerra, y la propensión general del hombre a excederse de sus facultades y abusar de su poder, exigen que estos defectos propios de la naturaleza sean reformados por las virtudes de los jefes. Pero no bastará esta opinión del gobierno: se necesita, además, que los americanos se unan íntimamente con los europeos, y para esto es preciso que encuentren una ventaja individual en hacerlo.
Para conseguir este objeto lo primero que se debe hacer es que desaparezca el nombre de americano o criollo, debiendo llamarse todos españoles, y así deben ser españoles chilenos, o españoles cordobeses, como los españoles castellanos o españoles andaluces. Las voces tienen más influjo en la opinión de lo que regularmente se cree: mientas a estos naturales se les llame americanos y a nosotros españoles, siempre se conservará en sus ánimos una idea de diferencia que los retraerá.
Deben todos los españoles formar una sola familia y ser perfectamente iguales para los empleos y honores. Por consiguiente, deben conferirse a los de esta parte del mundo en la península lo mismo que a los peninsulares se los confiere aquí. Los americanos que sean acreedores deben ocupar empleos en los Consejos, e las Chancillerías, en las Audiencias, y en las varas de la península y de América: deben obtener mitras, canonjías, prebendas y beneficios simples, y deben ser empleados en Palacio en servicio de la Real Persona y de su familia.
Si de todos los empleos que el Rey confiere se destinase un número proporcionado en Europa y en América para Americanos que siempre debieran estar ocupados por ellos, por ejemplo, la tercera o cuarta parte en América y la mitad o el tercio en España, y estos empleos se diesen a los americanos, sería este un estímulo muy vehemente para su reunión con la península. Los sujetos ricos y distinguidos de América pueden ser empleados en el Real Palacio, condecorados con la llave, grandes cruces y el Toisón cuando sus servicios en los empleos que obedeciesen los hiciesen acreedores, y sería conveniente que desde luego se confiriesen esos honores a algunos de los que han sostenido la causa del Rey.
Si se formase un regimiento de Reales Guardias españolas americanas, compuesto de americanos y españoles, y el que existe se pusiese en el mismo pie, de suerte que los oficiales y la tropa fuesen por mitad en ambos regimientos, si los jóvenes que hubiese en América sin destino, y que por lo mismo pueden ser perjudiciales, se los emplease en Europa o en América, si los doctores fuesen colocados en varas o togas, teniendo cuidado de sacar los sobreros, conduciéndolos si fuese preciso por cuenta de la Real Hacienda y voluntariamente, se conseguiría que casándose en Europa la mayor parte de estos hombres, lo que se debería fomentar, se uniesen los ánimos por las familias, y en pocas generaciones se amalgamasen, digámoslo así, los naturales de las dos partes del mundo.
Los empleados americanos en estas provincias deben ser afectos al Rey, pues sería perjudicial emplear un enemigo. Los empleos y prebendas eclesiásticas que se confieran en Europa a los Americanos deben ser de buena dotación, pues acostumbrados a la comodidad los renunciarían si no podían vivir con ellos decentemente, y debía tenerse la consideración de colocarlos al principio en climas semejantes al nativo.
Para la tranquilización de las demás provincias se debe publicar un indulto, pues si se trata de castigar todos los que han delinquido, se derramaría mucha sangre, porque después de siete años de revolución son muchísimos los reos. Todos los que han mandado, han tenido parte activa en la revolución o tienen mucho influjo en el país y no son realistas, deben ser trasladados a Europa, en donde se los debe situar en las provincias internas, lejos de puertos de mar y de las fronteras, y en pueblos pequeños para que su conducta sea más observada y no les sea fácil la evasión.
Las principales causas porque los insurgentes se mantienen pertinaces son por la conservación de sus vidas y empleos, así es que dicen “esta es guerra de pescuezos”. Hay entre los insurgentes algunas clases mucho más criminales que las otras. Tales son los oficiales desertores del Ejército y Armada y los españoles europeos rebeldes. La suerte de los primeros la decidirá el Rey si se mitiga la ordenanza. Los segundos pienso que todos deben ser conducidos a España con sus familias y facultades sin que haya consideración con ellos.
Todo lo que se ofrezca se debe cumplir exactamente, pues según decía un augusto abuelo de S.M.R, si la buena fe se desterrase de entre los hombres, debería hallarse entre los Reyes. Si las Reales órdenes favorables a estos naturales no se cumplen por los jefes que el Rey ha puesto para que los gobiernen, se da lugar a que digan que tienen dos soberanos, uno en Europa y otro en América, que la voluntad de estos es la que los gobierna y que por esta razón de nada les sirve que el Rey sea bueno. Esta fue una de las causas que más contribuyeron en Chile para separar del Jefe los ánimos de los naturales.
Los soldados blancos que se hagan prisioneros deben ser trasladados a Europa y alistados e el Ejército con nota en su filiación para que nunca vuelva a América. Los negros son libres y se les debe conservar la libertad empleándolos en regimientos en las Antillas, Canarias o Europa. Todos los oficiales deben ir a España presos y nunca volver a América. Publicado por el general del Ejército, el real indulto se cumplirá exactamente, pero si alguno reincidiese debe ser inmediatamente castigado con todo el rigor de la ley. Las haciendas y efectos que tuviesen los que se sublevasen y que deben ser confiscados, deberían distribuirse entre los labradores pobres que han sido fieles en recompensa de su fidelidad. Con las haciendas de uno malo se enriquecería a muchos pobres que serían por su propio interés los mejores defensores del Rey.
Se debe procurar de todos modos inclinar los paisanos a que se alisten para servir en Europa. No se podía conseguir esto por ahora porque los americanos no son adictos a las armas, pero pueden destinarse a ellas en Europa muchos que aquí se envían a presidio y solo con la traslación se harían buenos la mayor parte. En todas estas provincias necesita el Rey mantener fuertes guarniciones europeas en tiempo de paz, y para evitar que se apaisanen y se casen, deben relevarse a menudo sus guarniciones. Si en Chile se necesitan (por ejemplo) 1.200 europeos de infantería y 300 de caballería, deberán estar la tercera parte de cada arma dos años en Santiago, dos en Talcahuano y otros dos en Valparaíso. Cuando los jefes de los cuerpos vean que sus oficiales tratan de hacer casamientos que no los corresponden, los separan con cualquier comisión, dando parte al General, y no manifestarán el objeto de ningún modo.
Generalmente se deben evitar todo lo posible los casamientos de los soldados y oficiales, permitiendo solamente a éstos los que les sean muy ventajosos, pero es preciso que el país no sepa ni conozca esa política. Todos los europeos que se casen en América se pierden para la península, y así se va despoblando ésta y poblando aquélla. Hasta ahora ha estado haciendo España con las Américas el comercio más ruinoso para todo Estado, porque ha cambiado hombres por oro. Debe el gobierno reformar este abuso y procurar atraer a la península todos los americanos que sea posible para resarcir en algo lo mucho que se ha perdido. No me parece sería difícil introducir en lo americanos el gusto de pasar a España y hacerlo moda en ellos. Lo bien que generalmente hablan de la península todos los que la han visto incitaría su curiosidad y, sobre todo, el conseguir algún empleo, para lo que debería el gobierno atender y colocar a los que pasasen a hacer sus solicitudes en persona y de ningún modo se debía dar empleo a los que los solicitasen por apoderado, a menos que estuviesen ya empleados en América.
Se debe disminuir todo lo posible el paso de europeos no empleados a América y acaso prohibirlo por algunos años y tomar las precauciones necesarias para que no vengan polizones ni deserten marineros, imponiendo fuertes multas por cada uno a los capitanes de barcos mercantes que se deberían dar a los delatores y aprehensores. Cuando se presentasen a los Capitanes generales o Virreyes a pedir pasaporte los americanos, debieran estos jefes informar a quien correspondiese la opinión política, conducta, ciencia, riqueza, calidad, carácter, estado y pueblo de las personas y el objeto de su viaje. Con estas noticias no podría ser sorprendido el gobierno. A todos se los debería colocar en Europa, empezando así la escala de los empleos.
Los regimientos que vengan a América de guarnición deben volver a España acabado su tiempo sin excusa ninguna, y a los jefes que volviesen con su cuerpo completo se les debería dar un grado, y si habían aumentado, una pensión además, siempre que el aumento de fuerza fuese del número que el rey señalase. Estos reclutas debieran ser voluntarios. La dificultad está en el embarque: entonces desertan, pero el interés que resultaría a los jefes de evitarlo, y el celo de los generales de las provincias podría evitar este desorden.
Aunque los casamientos de europeos con americanas es el medio más eficaz para proporcionarnos el auxilio de la mayor parte del bello sexo, en unas por haberse unido ya, en otras por la esperanza de hacerlo, como de este modo se despuebla la nación, y este es el mayor mal que nos puede suceder, debe ponerse el mayor cuidado en que se hagan pocos casamientos de esta clase, y en que se casen e España los americanos que se acomoden en ella con empleos. Además, la preferencia que las americanas dan a los europeos excita la envidia de los americanos, y es preciso conciliar la ventaja con los inconvenientes, conservando siempre a nuestro favor el bello sexo. Los casamientos de americanos con españolas que propongo se fomenten recompensarían en gran parte nuestra pérdida de hombres, y debe procurarse que la excedan.
En América hay tres clases de gentes que forman opinión: a saber, los españoles europeos, los españoles americanos y los extranjeros. Los españoles europeos son generalmente realistas, pero muchos han sido traidores y han servido y sirven hostilmente contra nosotros. Los rebeldes debe marchar todos a España con sus familias y facultades, hayan o no tomado las armas. Los extranjeros deben salir de estas provincias todos los que ha sido insurgentes, y los que han venido después de la caída de Bonaparte deben salir sin que ninguno quede porque odian al rey y a la nación, fomentan la revolución de todos modos y la sostienen con las armas. Tampoco debe quedar aquí ningún angloamericano, porque son los que más han auxiliado la revolución, y porque su país es el parque y el artillero de los rebeldes.
En los españoles americanos hay tres clases: la una de realistas, la otra de rebeldes y la restante de indiferentes. La primera es la más pequeña, la de los rebeldes es más numerosa que la de los realistas, pero mucho más pequeña que la de los indiferentes. Si se supone que la población del Virreinato de Buenos Aires sublevado sea diez, será uno el de los realistas, tres el de los insurgentes y seis el de los indiferentes. Los realistas están escarmentados y acobardados por los castigos y las multas. Los rebeldes están muy comprometidos y sólo cederán a una fuerza militar imponente. Los indiferentes obedecen al que manda, pero la serie de la revolución, sus excesos y las crueldades que han presenciado los ha separado de unos hombres contra quienes podría haber además algunas personalidades. La duración de la guerra y empeorar en su situación los ha hecho conocer que solo desea las revoluciones los que no tienen qué perder, que están arruinados o los ambiciosos de mando y dinero. Estos hombres obedecen al que mande, cualquiera que sea, y será fácil atraerlos al partido del Rey, lo que se debe hacer a toda costa.
Buenos Aires es un pueblo puramente mercantil en donde todos son comerciantes y muy demócratas. Sus naturales son muy distintos de los chilenos. Su carácter fogoso, vivo, emprendedor, sanguinario y orgulloso los hace atropellar por todas las dificultades y zoster con tesón el partido que abrazaron, y no omiten diligencia para conseguir su objeto. La viveza de su ingenio los sugiere medidas para continuar su sistema y la intriga e que están muy impuestos les proporciona agentes o partidarios en todas partes. Su orgullo los hace odiar de sus mismos vecinos, y así es que las provincias de Santa Fe y Paraguay y Banda oriental están separadas de ellos, la de Córdoba lo ha intentado varias veces y la de Salta lo ha estado. En donde han dominado se ha hecho aborrecer y los chilenos que nunca los quisieron ahora los odian.
Buenos Aires debe ser tratado de distinto modo que los demás pueblos, no solamente porque su carácter y poder los hace más temibles, sino también porque es el focus de toda la revolución, porque procura extender sus ideas a Lima y otros pueblos, por la mucha sangre que ha derramado injustamente, y porque los que una vez han mandado no se acostumbran con facilidad a la obediencia. Debe quitarse de Buenos Aires la residencia del Virrey y de todos los tribunales. Debe cerrarse su puerto sin dejar en él ningún barco, pues ni para pescar los necesita. Deben conducirse a España todas las familias insurgentes con todo su caudal para que se establezcan en donde se les señale, celando en todas partes su conducta para que no se escapen. Finalmente, se debe disminuir este pueblo todo lo posible para que, reducido a menos poder que los demás del Virreinato, no pueda perturbar el orden si que por esto se falte a lo que se les ofrezca.
La residencia del Virrey debe ser Santa Fe, pues tiene la ventaja de ser puerto, su mayor inmediación al Paraguay y Banda Oriental, y estar casi e el centro del Virreinato. La Audiencia debe estar en el mismo pueblo o en Córdoba. El punto fuerte de este Virreinato debe ser Montevideo: aquí se deben establecer los parques, y esta plaza siempre ha de estar bien guarnecida, porque no solamente es la llave del río de la Plata, sino también de todas las provincias, cuyo puerto debe ser.
En América no conviene tener más plazas fuertes que aquéllas cuya posición ventajosa facilite buena defensa y que con su posesión se asegure o facilite la dominación de las provincias. Todas las plazas fuertes deben ser puertos de mar, y fuera de ellas no debe haber más artillería que la necesaria para defender los puertos y la batalla que el general determine. Las armas deben estar todas en ellas, exceptuando las que manejen los cuerpos del Ejército. Las plazas interiores son perdidas si el país se subleva y no son necesarias si está tranquilo en una invasión. En el otro caso bastan fuertes de campaña.
El Virreinato de Buenos Aires debe terminar por el norte con la provincia de Salta y debe mudársele el nombre. Las demás provincias hasta el desaguadero y el Mar del Sur debe formar una Capitanía General cuya capital debe ser Oruro, que está casi en el centro de sus principales provincias. A esta Capitanía General se la debe habilitar el puerto de Atacama o algún otro que haya en su demarcación antigua, pues deben corresponder a ella todas las provincias que se separen del Virreinato de Buenos Aires. Esta nueva Capitanía General tiene la Audiencia de Charcas.
Los Virreinatos son muy extensos y por lo mismo deben reducirse mucho. En los vastos Estados pierde mucha fuerza el gobierno por las grandes distancias. La fuerza política está en razón inversa de la distancia a que alcanza, por lo que es conveniente concentrarla en todo Estado y mucho más en los que han manifestado su disposición para la independencia. En el Virreinato de Buenos Aires parece que se atendió en la colocación de la capital más bien a la comodidad del Jefe que a la seguridad del Estado, y así es que se situó en una provincia despoblada y pobre, rodeada de otras que lo están lo mismo, a 900 leguas de las provincias ricas y pobladas y al extremo opuesto a ellas. Deben, pues, separarse estas provincias ricas que lo son las del alto Perú y formar con ellas otra Capitanía General como se ha dicho.
Por el poco conocimiento que tengo del Virreinato de Lima no puedo exponer si debe o no dividirse en dos o más, aunque por su mucha extensión y riqueza, y lo poblado de sus provincias, parece que sería conveniente subdividirlo. Esta opinión se apoya con lo sucedido en esta revolución. Las capitales han arreglado los movimientos de sus provincias, pero no han pasado de sus límites, y así es que el Virreinato de Buenos Aires ha sido contenido por el de Lima. Si su extensión hubiera sido en aquella época lo que propongo, no hubiera pasado la revolución de la provincia de Salta. Las provincias limítrofes en todas partes tiene espíritu de oposición y un gobierno ilustrado puede sacar mucha ventaja de ella sin fomentarla.
Se deben aplicar para estas provincias los remedios generales que propongo para Chile. Debe haber en cada una de ella dos Jefes para que el segundo ocupe inmediatamente la vacante del primero. Deben tener las cualidades que he expuesto, y si fuese Grandes de España o títulos ricos e ilustres, su clase sola contribuiría eficazmente a la tranquilidad, porque los hombres obedecen sin repugnancia a los que siempre han sido superiores a sus antepasados, pero cuando no se hallan en ese caso, puede haber algunos cuyo amor propio se ofenda viéndose mandado por el que es hijo o nieto de quien tal vez debe su fortuna al padre del que obedece. No se debe atacar la preocupación directamente y ésta, que es conforme a los principios de todo Estado monárquico, debe conservarla el gobierno, y mucho más en unas provincias que han manifestado su disposición a la democracia. Los hombres de un mérito eminente y cuya fama haya volado por estas provincias pueden también mandarlas.
Empleando a los Grandes o títulos ricos se conseguirá, además de lo expuesto, que siendo ya ricos no abusasen de sus empleos para dejar a sus familias la comodidad que ellos disfrutaban y que no siendo desaparecería con su vida: antes al contrario, gastarían de sus rentas y el empleo tendría un lustre y un esplendor que deslumbraría a los mal intencionados y les disiparía las ideas siniestras que pudiesen concebir, pues las impresiones vehementes que los hombres reciben por los ojos difícilmente se borran de la imaginación, y todos formarían más alta idea de la gloria y poder del Soberano cuanto mayor fuese el lucimiento de su Teniente.
Es muy posible que siendo los Virreyes y Generales de la nobleza de las provincias encontrasen parientes en éstas, y como en distancias tan considerables de la patria el parentesco y el paisanaje tienen una atracción que no se puede comprender en la península, sería difícil que la nueva relación dejase de influir en el ánimo del Jefe, y si por desgracia sucedía podría ser muy perjudicial a la tranquilidad del país. Nunca debe entrar en personalidades ajenas ni tenerlas propias: tampoco debe mezclarse en los asuntos domésticos de las familias, pues cualquiera de estos defectos le atraerá muchos enemigos.
Los jefes de América deben ser muy políticos y estar siempre apoyados en la justicia y en la felicidad del país. Desde el momento en que se separasen de estas columnas se exponen a que el edificio pierda el equilibrio y se desplome, sepultándolos acaso en sus ruinas. Con estas virtudes han concluido gloriosamente sus Virreinatos los Excmos. Sres. Abascal y Venegas, conservando al Rey los de Lima y México en situaciones muy apuradas e inmortalizándose para la nación y estas colonias.
No porque los Virreyes, Capitanes Generales y sus segundos deban ser Grandes de España o muy ilustres y ricos a mi parecer se crea que no se necesitan en ellos las mismas cualidades que he expresado hablando de Chile. Al contrario, deben tenerlas todas y, si es posible, en un grado superior a los demás hombres, pues cualquiera falta en ellos, por ligera que sea, aparece mayor que en otro de inferior clase. Propongo que obtengan estos empleos porque la opinión de su superioridad hará que sean obedecidos sin repugnancia, y porque su riqueza y generosidad, además de dar lustre a sus empleos, los pone a cubierto en lo posible del vicio del interés. Pero además de estas cualidades deben tener el talento, juicio, honradez, buena intención, humanidad afabilidad, política y firmeza de mando que se necesitan para empleos de esta clase. Deben tener también actividad y amor al trabajo para que despachen por si mismos, que nada les haría decaer más de la opinión que si se entregasen a otro para el despacho.
Tal vez sería conveniente que en las capitales se estableciese unos Consejos permanentes compuestos de los jefes de los cuerpos militares, regente de la Audiencia, dos individuos del Ayuntamiento y dos caballeros presididos por los generales. El objeto de estos consejos habrá de ser exponer a S.E. si no se cumplían sus órdenes por quien correspondía, participarle los excesos que pudiesen cometer los empleados, especialmente asesores, auditores y secretarios, pues las picardías de éstos se saben en el pueblo, y el jefe siempre las ignora, y finalmente todo lo que fuese conveniente al mejor servicio del Rey y del país. Estos consejos no debían tener ninguna autoridad pública, ni sueldo, y sólo debían ser para auxiliar a los jefes con sus luces. Sus Juntas debieran ser en el palacio y siempre que el jefe quisiese o que cualquiera de los individuos tuviese que exponer.
En Madrid podría convenir crear un Consejo que entendiese de todo lo político de las provincias de América compuesto por personas de luces y observadores que hayan estado en ellas para que formen las instrucciones políticas que deben observar los generales que las manden. Aprobadas esas instituciones por el Rey, tendrán los generales a la vista el modelo a que se han de arreglar, se facilitará mucho su gobierno, no penderá del capricho del jefe su conducta política y habrá plan y orden en las providencias, pues sin estas dos bases nada puede prosperar y es exponerse a que vuelvan a renacer las discordias. Los generales ilustrados por la experiencia y luces de su Consejo (si se establece) informarían al de la Corte de los efectos de sus providencias, las que convenga arreglar, de otras que será útil hacer y de este modo se establecería en estas provincias un gobierno análogo al carácter de cada una que produjese la íntima unión de ellas con la península, que es a lo que se deben dirigir todas las miras del gobierno político. A este Consejo debían los generales remitir los informes de los que pasasen a la península. Con la nueva división de provincias que propongo se aumentaría algo los gastos, pero conservando una pequeña parte de las contribuciones que se han impuesto para la guerra hay bastante para ellos.
He propuesto que a los rebeldes se les ofrezca e la proclama al empezar los generales las hostilidades un indulto general, porque si no se rinden a la proclama siempre será ésta un testimonio más de la bondad del Soberano y de su contumacia que autorizará más los castigos que en algunos se hiciesen y realzaría mucho la piedad del Soberano en los que perdonase. Opino que se debe usar de la clemencia, porque es la virtud que más adorna a los Reyes, porque de no hacerlo así habría que derramar mucha sangre, porque no pudiendo atribuirse a debilidad respecto a que la fuerza armada facilitaba ejecutar los castigos, es una prueba terminante de la generosidad del vencedor, y porque en muchas familias de insurgentes hay individuos que son fieles, que han hecho y hacen buenos servicios y han sufrido castigos y persecuciones por serlo. Estos mismos sentirían que se quitase la vida a los otros: el padre sentiría la muerte del hijo, y el hermano la del hermano.
El Rey puede imposibilitar a sus enemigos que hagan mal llevándolos a España con sus haberes y familias para que aumente su población. Allí criarán hijos que tal vez hagan servicios distinguidos algún día y de que se carecería con la muerte de sus padres. Son tantos los comprometidos y que conforme a la ley deberían ser castigados que, si se hiciese, se inundaría estas provincias de sangre y el horror que esto causaría podía producir malos efectos en los ánimos de los que sobreviviesen, porque podría atribuir a venganza lo que sería efecto de la justicia. Tal vez al cortar el verdugo las cabezas rebeldes echaría los cimientos a otra revolución, porque el desgraciado que sube al patíbulo suspira compasión en el acto del suplicio, y los desafectos representarían las justicias como actos de tiranía, y si lograban propagar estas ideas separarían del Rey las voluntades de estos naturales.
Habrá muchos que aconsejen lo contrario, especialmente de los que residen en estas provincias. Es muy general encontrar hombres afectos al Rey que sólo respiran sangre y venganza. Ofendidos como están, desean que llegue el día en que vean pasados por las armas a sus tiranos, pero estos sentimientos, además de ser contrarios a la religión, tampoco son conformes a la política y al interés del Reino. Los que aquí son malos no pueden perjudicar en España: esparcidos por el Reino aumentarán la población con sus hijos y descendientes y la riqueza con sus caudales, y establecidos en pueblos pequeños de donde no pudiesen fugarse, sería fácil observar su conducta. Si a estos hombres se los trasplantase a España con todo lo que tienen reducido a dinero, inmediatamente que se ocupen estas provincias mirarán como un beneficio el destino que se les da. Ninguno de éstos ni de sus descendientes deben volver a América, ni salir del pueblo a que se les confine ninguno de los que hayan nacido en ella. Todos deben emplear sus capitales en haciendas y cuando se los envíe de aquí a España debe avisar al Rey el General el dinero que cada uno lleve. Arraigándose estas familias en España serán de la nación, pero si se les permite comerciar podrán fugarse.
Los generales a quienes S.M. encargue la pacificación de estas provincias deben traer instrucciones clementes o justicieras, según S.M. determine, a las que deban arreglar su conducta. También deben traer facultades para premiar a los americanos que ha permanecido fieles al Rey, pues deben ser particularmente atendidos. Son los que han sostenido la guerra. o hay clase de ofensa que no hayan recibido de los enemigos: han perseguido sus familias, han arruinado sus haciendas dejándolos en la miseria y muchos han sido muertos. Las familias de éstos deben ser muy atendidas: el Rey debe ser el padre de ellas, particularmente acomodando a los hijos y las hijas de tan beneméritos y leales servidores. Los demás deben ser recompensados o premiados con empleos, honores o distinciones, según a cada uno le sea más conveniente.
La generosidad debe ser compañera inseparable del trono: arreglada por la prudencia y la justicia, es uno de los resortes más activos que pueden emplear los Soberanos. Sus beneficios son lisonjeros cuando no se hacen esperar. Por esta razón debe el jefe que venga a mandar estas provincias traer facultades para proveer los empleos de ellas, dar tierras y honores a los americanos que hayan servido bien y fielmente y con distinción a los militares, y para dar pensiones a las familias de los que han sido muertos por servir al Rey, procurando acomodar a los hijos sin pérdida de tiempo y dotando las hijas con generosidad. Si es posible, no debe quedar americano fiel que no reciba algún beneficio del Rey, pero deben recibirlos solamente los que han hecho servicios públicos o han padecido públicamente, sean prisiones o ruinas de hacienda.
Todos los americanos deben quedar en sus mismos pueblos si es posible para que sean testimonios vivos de la justicia y generosidad del Rey y estimulen a los demás con ese ejemplo. Propongo que el general que mande estas provincias venga autorizado para dispensar honores y recompensas y proveer empleos, porque debiendo ser el que castigue a los que han delinquido, conforme S.M. haya dispuesto, debe ser también el que premie los buenos servicios y resarza las pérdidas que han padecido los leales, pues la justicia debe castigar al malo y premiar al bueno, sin que haya dilación para lo uno ni para lo otro.
Aquellas personas cuyo servicio y padecimiento son de tal calidad que merezcan más recompensa, deben ser recomendadas al Rey para que S.M. les conceda alguna distinción, además de las recompensas que el general les haya dado. Algunos sujetos ricos debieran ser hechos títulos de Castilla, libres de lanzas y medias anatas, para que el gobierno se cimente y ligue con los naturales de estas provincias, principalmente con los de Buenos Aires, que son demócratas. Otros que no sea tan ricos pueden ser hechos Regidores perpetuos de los Ayuntamientos de las ciudades y pueblos principales. Deben fundar mayorazgos los que son ricos para que los poseedores siempre tengan interés en estar unidos a la Corona, y como los hacendados mandan a los paisanos que viven en sus haciendas, adquirirá de este modo un aumento muy considerable al partido realista. No será difícil a un jefe político inclinar a estas fundaciones los ricos de las provincias, y el ejemplo de los leales arrasará a los demás.
Finalmente, conviene que S.R.M. sujete sin pérdida de tiempo estas provincias sublevadas para que se restablezca en ellas la paz, el orden, la justicia y la religión; para que con su intriga no extiendan sus ideas para las provincias tranquilas, a quienes sirve de perjudicial ejemplo la continuación de la independencia de estas; para sacar de la esclavitud a tantos leales españoles, y principalmente a los prisioneros; para librar los mares de corsarios, quitándoles esta guarida; para que prospere la península y para que la nación no reciba este ultraje cuando acaba de adquirir una gloria que debe ser el origen de su felicidad y del Rey N.S. Estos son mis ardientes deseos y sería dichoso si mis reflexiones pudiesen contribuir a ella.
Montevideo, 29 de Septiembre de 1817
[Es copia: García y Loigorri]
[1] Un pueblo dócil, sumiso y bien morigerado necesita unas leyes más benignas, y un gobierno más suave que otro duro, altivo y pervertido.