Bocanada de aire fresco, espejos múltiples.
Sobre México visto desde lejos
(coord. por Samuel Schmidt, Taurus, México, 2007, 235 págs.)
Abelardo Rodríguez Sumano | Centro de Estudios sobre América del Norte de la Universidad de Guadalajara, México
Es un regalo para los sentidos, la conciencia y el intelecto, el más reciente libro coordinado por Samuel Schmidt, México visto desde Lejos, Taurus, 2007. El conjunto de ensayos constituyen una llamada de atención del país que se nos está yendo de las manos y del potencial que han desperdiciado las elites políticas, empresariales, académicas y culturales en décadas enteras. ¿Qué podemos hacer para frenar esta tendencia?, ¿es realmente posible hacer algo?
El gran acierto de Schmidt reside en la conjunción de una serie de talentos que desfilan en estas páginas más allá de la academia tradicional, porque nos permiten ver al interior de la patria y de uno mismo desde Hungria, Estados Unidos, Canadá, Brasil, España, Francia, Inglaterra e Israel, y además establecen un puente de regreso con esos países. Los autores, desde sus distintas profesiones y experiencias, enriquecen un diálogo que hacía falta en un país magistralmente escindido y polarizado. Son éstas pues, una serie de instantáneas, percepciones, sueños y nostalgias que queman. Ponderaciones de largo aliento que ningún mexicano o no, pero que se precie de querer o de buscar comprender éste país, debe desdeñar. Son textos que ven a este rincón del mundo con cariño, asombro y preocupación, y que invitan al lector a una reflexión profunda del rol de México en el mundo.
Sandor Márai, con el poder de su pluma, con la lejanía de sus ojos, nos transporta por la volatilidad de la frontera entre México y Estados Unidos más allá de las cifras y los datos para lanzar contemplaciones que intuyen, que buscan adivinar. “Los hombres miran soñadores y agotados hacia delante; las mujeres por el contrario, atentas, agresivas, preparadas para cualquier posibilidad”.
Mientras se interna gradualmente en Tijuana se siente atraído y desconcertado no solo por lo que piensa de México, sino por lo que siente. “Este ser diferente es misterioso e inquietante. Aquí algo se detuvo. Una especie de poder lleno de secretos, quizá una forma de defensa… Aquí hay algo marchito, algo mortecino, sofocante, pegajoso, que humedece”. La frontera es escurridiza, se van hijos del país que quizás jamás regresen, el dolor y la incertidumbre corroe los huesos, el alma de los que caminan en el límite, a las faldas del imperio.
Sandor se sabe mirado y le gusta mirar: “una anciana indígena con un paño negro me mira con ojos ardientes, salvaje, lúgubre, mientras permanezco de pie junto a un altar cercano… No sólo las jóvenes tienen una mirada que desgarra, animal e inconfundible, también las mujeres viejas miran así bajo el paño que les cubre la cabeza y se enredan en el pecho”.
Y reflexiona perplejo en el tiempo: “cuando las viejas culturas miran de manera tan incitante y observadora a los hombres no aguardan con impaciencia la ganancia, sino el azar”. Claro, en México todo es posible y la incertidumbre es el pan nuestro de cada día. Por eso entre el punto de entrada y de salida de Tijuana el escritor austro-húngaro lanza una pregunta que parece latir en sus páginas: “¿Qué pasó en esos cien años donde yo estoy ahora, en México?”.
La respuesta breve e incisiva es colosal; no sólo la Revolución Mexicana había sido un fracaso, sino que fue traicionada tantas veces a lo largo del siglo XX que se convirtió en una falacia. El régimen de la Revolución excluyó deliberadamente a los pobres y a los indígenas y distorsionó la viabilidad de México, drenando su pulso vital, su encanto, hasta embrutecer su porvenir. El contraste es apabullante entre Tijuana y el imperio más grande en la historia de la humanidad, al que reingresa Marai mientras se observa a sí mismo en los vidrios del Tren que atraviesa San Diego, California.
De Tijuana a la ciudad de México, la meditación sobre los múltiples Méxicos que perforan el subsuelo de las calles de lo que una vez fue la gran Tenochtitlán. En grandes trazos, Antonio Hermosa me recuerda la prosa de Octavio Paz al explorar las calles de la ciudad y los vicios de la terrible centralización del país. “Aquí yace el ayer y el mañana de México, aquí se localizan canteras de sufrimiento y de esperanza, yacimientos de violencia casi tan multicolores como la floración de mariposas monarca que en las proximidades tiene lugar…sus nubes de inseguridad como el gran deus-ex- machina de la escena de los volcanes lanzando espesas fumarolas de incertidumbre hacia el futuro”.
Entre la incertidumbre, la esperanza y la violencia se imponen “sus infinitos tentáculos, sus feudos de poderosos, la vasta antología de sus héroes y mártires, incluidos los anónimos”. En efecto, las elites que controlan el poder en este país se comportan como hombres feudales que cierran el paso a visiones que trastocan su poder de cubículo, partido o monopolio. Esa miopía que se disfraza de múltiples formas permiten que Hermosa con una abstracción sorprendente condense lo siguiente: “Aquí en las entrañas de la capital, pervive sepultado todo México, comenzando por su propio nombre”.
Sólo hay que ver lo que está ocurriendo todos los días en el Templo Mayor en el Zócalo de la Ciudad de México para darle la razón al profesor de la Universidad de Sevilla. “Si el Distrito Federal -prosigue- es, pues, todo eso, es decir, espejo [1] , síntesis y avanzadilla del país, un nuevo Tocqueville que lo recorriera sabría descubrir las maravillas de información atesoradas en sus calles y sus gentes”. Carlos Fuentes, observador de la cultura española y mexicana pareciera dialogar con Hermosa o viceversa, “El espejo salva una identidad -escribe Fuentes- más preciosa que el oro que los indígenas le dieron, en canje, a los europeos” [2] . O el Velázquez que se encuentra en el Museo del Prado en Madrid en torno a las Meninas se convierte en un espejo donde el espectador de la obra es el actor central al mirar el tesoro artístico en España o en el Centro Histórico de México, el Zócalo.
No obstante, algo se impone en la Tierra que alguna vez fue el centro ceremonial por excelencia de Mesoamérica y que tanto Morai como Hermosa no pueden dejar de referir atónitos por el contraste: “Tanta pobreza en un país con tales recursos nos dice que aquélla ha de incluirse en una renovada historia universal de la infamia”.
Ante las sombras, estos autores también reconocen la luz y la ambigüedad. Joseph Hodara devela con regocijo: “Había algo más fascinante que ignoraba: los códigos internos, los usos del silencio, las múltiples modalidades para decir ‘no’ o ‘sí’”. Son observaciones de quien se ha tomado en serio el querer comprender los laberintos del país que le recibió en su seno con desparpajo y creo que con aprecio mutuo entre 1968 y finales de 1980, algo que se desprende de estas páginas chispeantes.
Para sumergirnos aún más en estadios clave de la inverosimilitud de lo mexicano: “De aquí que expresiones como “su casa” y nos “vemos pronto” jamás deben ser interpretadas literalmente. Son manifestaciones de una gentileza que no es, en rigor, ni falsa, ni banal. Es una postura que en ese instante se antoja genuina”, aunque después se cambie de parecer. Este refinamiento en la observación sobre México escala con precisión en su ponderación sobre la política que estudió como catedrático y vivió como funcionario de la CEPAL en nuestro país.
Algo que le llama la atención sobremanera al autor, digamos en materia de política exterior comparada, es el asunto de las relaciones entre México y Estados Unidos a la luz de las relaciones entre Jerusalén y Washington. “Mi calidad de israelí me hizo tal vez particularmente sensible a esta ausencia de estrategia clara y consistente por parte de México”. En efecto, México nunca ha tenido una política de Estado clara de cara a Estados Unidos con base en el interés soberano, ni de las elites que han gobernado al país, del PRI y hoy del PAN.
Mientras, Israel ha sacado ventaja de su posición estratégica en el Medio Oriente y de una manera impresionante en el entramado del proceso de toma de decisiones y de opinión pública en Washington. (Lo cierto es que los estadounidenses ven de manera muy diferente a Israel que a México). En contraste, Hodara lanza una interrogante muy pertinente: “¿por qué -me preguntaba y me sigo preguntando- México no es capaz de elaborar actitudes similares afines a las escuelas neorrealistas en la política internacional?”.
De este relato se desprende otra pregunta que aquí formulo, ¿por qué México es incapaz de conformar un lobby para palanquear la relación en su propio favor en Estados Unidos? Intentamos responder: lamentablemente, el país se encuentra brutalmente fragmentado. Y en el pasado (como hoy) opera la inercia de una política de partido que nunca logró inyectar una visión de Estado, lo que ha erosionado las posibilidades del desarrollo bajo la directriz de un autoritarismo amorfo, reactivo y en realidad bastante débil de cara a Estados Unidos pero sobre todo frente a sí mismo.
Esta fragmentación se extiende ampliamente a las elites intelectuales, académicas, empresariales y familiares que no han logrado cimentar una visión clara del tipo de país que se requiere construir y de la política exterior que se debe impulsar hacia el futuro. Esa falta de claridad en la visión permea la época del PRI y de la transición al PAN y se extiende a la cúpula de las instituciones partidistas y educativas, como bien apunta Hodara. Un botón de muestra más con respecto de este último punto: “su ausencia relativa lesiona la productividad y las motivaciones de los investigadores”. Para proponer un “liderazgo académico -más democrático y flexible por ejemplo, conduciría necesariamente a desempeños más visibles y competentes”. Nada más cierto que lo anterior.
La coraza burocrática en la administración pública, los partidos políticos y las instituciones de educación superior limita desarrollos más creativos y visionarios que retrasan la inserción de México en el mundo. Más aún, Martha Bátiz, en su excelente ensayo, apunta una tendencia que reina en todos los sectores que van del científico al campo, los recursos naturales y la cultura. “En México hay tanto talento en todos los sectores artísticos (pintores, cantantes, escritores, poetas, músicos, actores y cineastas de primerísimo nivel) que es una pena que se desperdicie, que quede trunco, o que sea necesario emigrar al extranjero para crecer”. En el ámbito de la cultura y de la investigación Bátiz y Hodara coinciden: el Estado está perdiendo todos los días talentos de todo tipo que en el fondo -sostengo- son reflejo de su propia decadencia. Un dato más que se agrega a la ignominia: el Banco Mundial declaró que ¡México es el país que más expulsa emigrantes en el mundo entero! Slogans de campaña como “él si sabe como hacerlo” del ex presidente Ernesto Zedillo, o “el presidente del empleo”, de Felipe Calderón, no sólo son una burla, sino una verdadera vergüenza.
Suscribo la hipótesis del profesor de la Universidad de Bar Ilán en Israel en dos planos; en el interior, los riesgos perniciosos sobre la escisión de México se magnifican con las confrontaciones políticas y el crimen organizado. En el plano exterior, su hipótesis debe ser atendida por los encargados de elaborar la política internacional: “la posibilidad de un choque de civilizaciones que se manifestará ya sea en un insostenible balance del terror nuclear entre Israel e Irán, ya sea el ascenso vertiginoso de la derecha europea radical, adversa no sólo a la cultura musulmana sino a las presuntas funciones de Europa como “válvula de escape” de las implosiones que se verifican en países de menor desarrollo”. El desenlace de lo que acontece en el Medio Oriente debería de ser una prioridad de la política exterior mexicana porque uno de los actores centrales de esa relación es precisamente el principal socio comercial de nuestro país: Estados Unidos.
A propósito de lo anterior, el presidente francés, Nicolas Sarkozy ha presumido ante la comunidad internacional de su submarino nuclear Le Terrible señalando que Europa debe estar preparada para un ataque de Irán o de cualquier país del mundo “no alineado”. En este tenor es importante lo que Thierry Baudassé explora en su visión francesa sobre México en torno a la visión latinoamericana de cara a la anglosajona y el papel estratégico de México en América del Norte. Un observador acucioso de ambas regiones y dinámicas sintetiza un eje que tampoco ha sido aprovechado cabalmente por el PRI de Salinas y Zedillo y el PAN de Fox y Calderón: “México representa para los franceses una apuesta estratégica en el partido que juegan las “naciones latinas” en oposición a las “naciones anglosajonas”.
Para México, esa posición estratégica la debería representar España en primer término en el proceso de integración de la Unión Europea, y posteriormente Francia por todos los argumentos que expone Baudassé en su ensayo, y que amplia con encanto Tania Huerta en este libro sobre los vínculos culturales y artísticos entre Francia y México. No obstante, Baudassé traza su ensayo en torno a los vasos comunicantes que acercan y retraen a la Europa continental y América Latina en un vaivén histórico que resulta refrescante entre las relaciones trasatlánticas, pero que son acotadas por la Doctrina Monroe definida por Estados Unidos desde 1823. No por eso franceses y mexicanos han emprendido un diálogo que trasciende por mucho el factor estadounidense en su interpretación y afinidad sobre el mundo y sobre su mutua relación a lo largo de la historia de ambas naciones.
Por su parte, los mexicanos Miguel Molina en Londres, Felipe Ehrenberg en Brasil e Isaac Artenstein en California desarrollan un hilo conductor que pulsa el sentir del país con respecto del proceso electoral del 2006 dentro y fuera de México. Al ratificarse el desencanto con la llegada del PAN a la presidencia de la República en el año 2000, Molina señala con hartazgo y con razón la continuidad con el pasado reciente: “Y muchos piensan, como uno, que no pasó nada, que las promesas y los compromisos de Fox y los suyos fueron sólo palabras como las que usaron quince presidentes priístas antes que él”.
Con cierto sesgo de impotencia Ehrenberg observa a la distancia lo que desafortunadamente ya está ocurriendo: “lo que menos querría es que los próximos seis años de México se convirtieran en el sexenio de las confrontaciones. Si fuera así, sería el acabose y lo que es peor, nos dejaría sin defensas en nuestros tratos con la comunidad internacional”. Lamentablemente, y como Hodara, también reconoce: por lo menos esta confrontación continuará hasta 2012.
Artenstein apunta otra característica de la política exterior hacia América Latina, por las “torpes maniobras diplomáticas y rascuaches enfrentamientos verbales del presidente Fox y su cancillería con varios de sus homólogos de Latinoamérica”. Pero esa violencia verbal de Fox hacia varios de sus homólogos latinoamericanos la detecta desde una forma muy distinta el canario Sergio Toledo, el artista Ehrenberg y la profesora de literatura Martha Bátiz entre los mexicanos “comunes y corrientes”. Se detecta la violencia verbal y física en la vida ordinaria y se eleva hasta eclipsarse en el crimen organizado.
En esos extremos, emerge la visión de Ehrenberg tras su cancelación como diplomático de México en Brasilia que nos traslada al drama que está viviendo el país. “Se abrió la posibilidad de retomar la vida en México. Pero, por más que le dé yo vueltas al asunto, no veo cómo volver... -¿cuántos cientos de miles han estado en esa disyuntiva?- a ese México que se me ha estado escurriendo por entre los dedos desde hace cinco años, quizá desde hace mucho más”. Este es el punto: el gobierno es incapaz de frenar el crecimiento poblacional desmedido y peor aún, le ha apostado a una militarización que pueda acabar de fracturar la escuálida estructura del sistema, abandonando la ciencia, la cultura y las artes a su suerte. No obstante, el rezago en todas las áreas es histórico a pesar de su tremendo potencial.
Pero volvamos a Ehrenberg, “todas las puertas se cerraron. Aun cuando alguien por compasión me ofreciera una chambita, los sueldos son risibles”. Esa es la realidad que quema y desconcierta ante lo que citamos del texto de Martha Batiz unos párrafos arriba. Pero, me pregunto, qué hay detrás de este artista en la última pregunta que emite en su texto, ¿redención?, ¿liberación?, ¿reconciliación?, ¿auto salvación?: “¿Para qué volver, entonces, si guardo lo mejor de México aquí, en mi corazón?”.
Regreso nuevamente a Bátiz, una mujer que le ha inyectado a este libro un humanismo que es digno de admirarse. A la distancia nos envía un regalo que se devela en sus páginas impregnadas de nieve y luz: un espejo, quizás una advertencia: “No tengo empacho en decirlo: yo era muy feliz viviendo en el Distrito Federal”. Pero las cosas se presentaron de una manera muy diferente porque había pensado que la ciudad de México era el lugar para quedarse y el lugar donde crecieran sus hijos: “el hecho de que esto no haya resultado así todavía me duele. Irme no fue fácil”.
Con un destello distinto obsequia unas palabras finales desde Canadá que retumban en el oído de la patria. “Pero no te dejo, México, nunca podré dejarte, porque aunque viva entre la nieve o conozca nuevos soles, siempre será tuya la luz más brillante que ilumine mi memoria”.
Pero entre el México que se fue con los autores que desfilan en este libro, sus textos y chispazos son una bocanada de aire fresco, múltiples espejos para mirarnos hacia dentro y mirar el mundo cambiante de todos los días. Después de todo Tania Huerta extiende el espectro para ofrecernos otra perspectiva lúdica y fugaz pero no por ello menos asertiva. “El otro día fui a ver Babel con mi amigo marroquí. De repente me di cuenta de que él ya no era árabe ni yo latinoamericana, ni ambos extranjeros (viviendo en París). Sólo habitantes de la famosa “aldea global.” México es una de sus cabañas”.
Tras leer este libro ahora me gustaría lanzar una botella al mar con el contenido de estas páginas en su interior que pensé el otro día: “Mujeres y hombres que me recuerdan la esperanza de la noche…/ Seres entrañables que se quieren, aprecian y veneran como el agua y como el aire donde se esculpen los sueños de la Tierra”.
[1] Las itálicas son mías.
[2] Carlos Fuentes, El Espejo Enterrado, FCE, México, 1992, p.13