Samuel Schmidt: En la mira. El chiste político en México.
Taurus, 2006, 398 págs.
Raúl de Aguinaga Vázquez | Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey. Campus Guadalajara, México
A lo largo del tiempo, uno de los tópicos que para la academia han resultado más difíciles de estudiar es sin duda el humor. El complicado intento de juntar lo gracioso de lo cotidiano con lo serio de lo científico nos lleva a una especie de matrimonio moderno. Es decir: a unir bajo un mismo techo a una pareja cuya boda no es por conveniencia, tradición o mandato, sino que la razón de convivencia se basa en el interés mutuo y cuya subsistencia se limita a la duración de dicho interés.
En su libro En la mira. El chiste político en México, Samuel Schmidt logra que ese maridaje no se divorcie después de la luna de miel. Eso, hoy en día, es toda una hazaña; más aún si le agregamos el elemento conflictivo por excelencia en toda unión: “el lado político”.
Relacionar dos temas, el chiste y la política, que por la manera que nos identificamos con cada uno de ellos nos resultan antagónicos (porque no sé de nadie que se sienta afín con sus gobernantes), es una de las virtudes de la obra. Pero el libro de Schmidt va mucho más allá. La introducción que hace con respecto a las más recientes teorías sobre el humor, acompañado por Goldenson, Morreall o Moody, es un abanico de ideas que viene a refrescar aquello que Freud y Bergson, referencias ineludibles, habían establecido sobre el tema.
Su análisis no se constituye sólo basado en un repertorio de chistes; nuestro autor logra establecer las diferentes formas de la comicidad, las situaciones que provocan las reacciones risibles y su razón de ser en una sociedad dada –particular, pero no exclusivamente la mexicana-. Esto ayuda al lector a entender y precisar en torno a las vastas expresiones humorísticas, sus matices, sus tonos y sus consecuencias.
En la mira. El chiste político en México resalta el aspecto cultural del humor, la importancia con la que vemos el mundo y cómo nos relacionamos con él. Por eso no podemos sino recordar el debate de finales del siglo diecisiete entre franceses e ingleses sobre quién escribía las mejores comedias. Los ingleses pregonaban que la riqueza de su teatro se derivaba de la riqueza de su vida nacional, en la que, según ellos, abundaban hombres de humores variados, pero tal aseveración es arriesgada. Aprendemos gracias a Schmidt que “el chiste se basa en valores y símbolos culturales que muchas veces no son compartidos por otras culturas”. Entendemos que el humor se compara no por cuestiones de calidad, sino para encontrar sus rasgos característicos, se contrasta para resaltar sus elementos definitorios.
Aquí es obligado hablar de la querella wit adversus humour que surgió en el siglo dieciocho. Los que defendían al ingenio se ufanaban de que éste era una respuesta rápida y filosa, una fisga de rapidez intelectual. Como cualquier habilidad mental, el ingenio requería de cierto tipo de disposición o de conocimiento de la materia Pero el humor era más natural; una expresión libre y menos restringida al personaje que el ingenio.
Para comprender mejor los lineamientos del chiste, partamos de algunas de las premisas que plantea y nos propone Samuel Schmidt después de un extenso estudio comparativo:
El chiste tiene una energía libertadora. Nada más cierto si pensamos que lo primero que liberamos es una carcajada. Es una forma de expresión que empata al ciudadano común con la gente famosa, las personas públicas y, mejor aún, con sus gobernantes. A eso añadámosle que el chiste y la risa que provoca son el mejor relajante que uno pueda encontrar.
El chiste es una expresión catártica. Absolutamente; en ella expiamos toda complejidad social, ahí se destapa lo oculto, lo que la política tiene de oscura, de underground. El efecto de conflicto resuelto que el humor produce -porque todo chiste se basa en la resolución de una incongruencia, de un misterio o de una disparidad-, nos pone en un contexto diferente al que estábamos antes de escuchar el chiste. Nos hace sentir en un mejor nivel. Creo yo que los chistes son como los amantes, que cuanto más buenos más nos hacen disfrutar y que, salvando diferencias, una buena carcajada es en alguna medida una especie de orgasmo.
El chiste elabora un contrasentido para lograr lo gracioso desfigurando al político. En el caso de México tenemos una ventaja, aunque quizá no sea exclusiva: muchos de nuestros políticos son ya, en sí, un contrasentido.
La fuerza del chiste radica en su capacidad de crítica. Es una mirada aguda a la realidad que evita el antagonismo, aun cuando el tema que maneja es de descontento. Su fuerza para poner en evidencia incapacidades, o como dice nuestro autor, para “desnudar”, hacen del chiste un factor influyente de la opinión pública.
Si el chiste es una forma de crítica hacia el sistema, hacia los políticos, entonces como tal es también una forma de hacer política en un foro que, aunque se desarrolla en la esfera de lo privado, termina siendo público. A través del chiste político podemos saber cómo se percibe la sociedad a sí misma, es un termómetro social. Nuestro autor nos habla de la dificultad para determinar la relación que existe entre el tipo de sistema político y el humor político, pero nos propone una serie de índices que ayudan a establecer una correlación entre el tipo de régimen y la libertad de expresión de chistes.
El análisis de Samuel Schmidt sobre el chiste político es una vasta fuente de elementos que nos ayudan a determinar las características de una sociedad, a partir de la manera en que transforma la realidad para hacerla más asequible. Es mediante la observación de esa información que podemos entender la historia de un pueblo; lo que resulta más útil aún cuando se trata de uno tan complejo como el mexicano.
Finalmente, y con la precaución de no decir el punch line al inicio del chiste, no podemos más que estar de acuerdo con una de las conclusiones a las que llega el libro: “el humor político puede ser el resultado de muchas ocurrencias fortuitas, de múltiples causas y casualidades que el científico social trata de ver como el producto de un gran orden social, cuyas leyes todavía no entendemos porque tal vez no existan”. Esto guarda una impresionante similitud con la manera en que se da la designación de nuestros candidatos políticos.