Las ideas, su política y su historia

Los hombres detrás del Hombre: la segunda línea de liderazgo peronista

Raanan Rein | Universidad de Tel Aviv (Israeel)

Resumen:

Este artículo cuestiona la hipótesis asumida por muchos investigadores del populismo acerca del supuesto lazo directo entre el líder carismático y las masas. La mayoría de los estudios del peronismo han eludido casi por completo la función mediadora de personalidades provenientes de diversos sectores sociales y políticos, cada uno de los cuales brindó su aporte a la movilización de apoyo a Perón, a la estructuración de su liderazgo y a la modelación de la doctrina justicialista. Si bien es cierto que el líder no utilizó los canales partidarios institucionalizados para movilizar apoyo y para transmitir sus mensajes a las masas entre los años 1943 y 1946, no es cierto afirmar que prescindió de la función mediadora y que podía por si mismo establecer el lazo directo y continuo con las masas y activarlas según sus necesidades. El artículo se centra en la figura de uno de estos mediadores, José Figuerola, que trajo consigo de España un bagaje ideológico que fortalecía tendencias nacionalistas y corporativistas en la doctrina justicialista.

Palabras clave: populismo, peronismo, carisma, Juan D. Perón, Argentina, José Figuerola

Abstract:

This article challenges the commonly held assumption as to the direct relationship between the charismatic leader and the masses in populist movements. Nearly all research on charismatic authority has ignored almost completely the intermediary role of people from various social and political sectors, who contributed, in their respective ways, to the mobilization of support for Perón, the structuring of his leadership, and the development of the justicialist doctrine. Although admittedly Perón did not use well-established party and institutional channels to mobilize support and to transmit messages to the masses in the years 1943-1946, it cannot be said that he dispensed with mediating agents and was able to himself create a direct and sustained bond with the masses and rally them for his own purposes. The article focuses on the figure of José Figuerola who brought with him from Spain his ideological baggage which helped him strengthen the nationalist and corporativist orientations of the justicialist doctrine.

Key Words: Populism, Peronism, charisma, Juan D. Perón, Argentina, José Figuerola

 

Una rápida revisión de los catálogos en las bibliotecas universitarias más importantes revela que el peronismo es uno de los temas más estudiados en la historiografía de América Latina del siglo pasado. Sólo la revolución mexicana y la revolución cubana pueden competir con el peronismo en este sentido.

De las distintas interpretaciones de este fenómeno clave de la historia argentina, la más relevante de todas para comprenderlo sigue siendo la que lo identifica con movimientos populistas del continente. No vamos a entrar ahora en las características del término "populismo", considerado por algunos como el más confuso en el léxico político moderno. Tampoco vamos a referirnos aquí a las raíces del populismo latinoamericano [1] . Lo que está claro es que, como en todo movimiento populista, también al frente del peronismo había un líder carismático.

El concepto de carisma suele definirse como "un don divino", refiriéndose habitualmente a una cualidad particular, un poder o un talento que otorga diversas capacidades a quien lo posee, contándose en primer lugar la de despertar el apoyo popular apasionado para una misión o para la conducción de asuntos humanos [2] .

La mayor parte de la investigación académica llevada a cabo sobre este tema desde la Segunda Guerra Mundial se basa en las premisas establecidas por el sociólogo alemán Max Weber, quien sostuvo que:

El carisma girará sobre una característica particular de un individuo, por la cual es separado de los demás y es tratado como si contara con virtudes o cualidades supranaturales, suprahumanas, o por lo menos evidentemente excepcionales. Un individuo común no puede llegar a poseer estas virtudes. Son consideradas de origen divino o excepcionales y basándose en ellas se trata al individuo que tenga tal virtud como si fuera un líder [3] .

¿Cuándo surge en escena la autoridad carismática? La mayor parte de las investigaciones señala que en periodos de crisis, cuando muchos sienten que pierden la capacidad de hacer frente a la realidad circundante y buscan un líder que los conduzca por una vía clara y que les suministre soluciones para sus dificultades económicas, sociales o aquellas relacionadas con su identidad colectiva [4] . ¿Debe ser autoritario un liderazgo carismático? No necesariamente [5] . El hecho de que el reconocimiento de parte de los sometidos a la autoridad sea decisivo para que el carisma tenga validez [6] , otorga cierto carácter democrático al lazo creado entre el líder carismático y las masas. Al menos al principio, conferir la autoridad al líder carismático es un acto voluntario. El carisma es, por lo tanto, un proceso social interactivo de doble faz en el que los líderes populistas son creados por sus seguidores y al mismo tiempo estos políticos se construyen a sí mismos como líderes, y confieren cierta unidad y coherencia a sus seguidores. En el caso que nos ocupa, resulta claro que tras su ascenso al poder, el líder carismático, o sea Juan Perón, empleó su autoridad de manera manipulativa para mantener en sus manos el poder y asegurar así su supervivencia política. No obstante, en esta red de relaciones, también el líder carismático depende de la masa y es impulsado sin cesar a actuar y seguir en el proceso de la incorporación de sectores marginados en la comunidad política, lo que le daba al peronismo un carácter emancipatorio. En estas circunstancias, el líder debe también volver a triunfar, para justificar y perpetuar la magia del carisma.

Esta dinámica concuerda con otra característica populista del peronismo, que es el constante intento de renovar el mandato otorgado por el pueblo. Se trataba de un movimiento electoral, que promovía la participación de los ciudadanos en la política y movilizaba a grupos que hasta entonces eran ajenos a la vida pública. En la década peronista se extendió el derecho al sufragio al total de la población, se creó el Partido Peronista Femenino y en las elecciones presidenciales de noviembre de 1951 votaron, por primera vez, mujeres. Las escuelas para adultos, que funcionaban en horarios nocturnos y brindaban la posibilidad de adquirir conocimientos básicos como lectura y escritura, permitieron también la movilización de analfabetos o semialfabetizados. El adoctrinamiento en los establecimientos de educación primaria y secundaria posibilitó la socialización política de niños y jóvenes [7] . Lo mismo puede afirmarse acerca de la Unión de Estudiantes Secundarios (U.E.S.). La Fundación Eva Perón construyó residencias para familias monoparentales y también a la tercera edad se dispensó un trato preferencial. Todo ello tenía como meta posibilitar la aprobación permanente del liderazgo carismático. Las tensiones y las ambigüedades entre la apropiación autoritaria de la voluntad del pueblo y la inclusión dentro de la comunidad política de grupos hasta entonces excluidos quedó claramente patente en el peronismo, como en la mayor parte de los movimientos populistas.

La hipótesis acerca del lazo directo con las masas

La mayor parte de las investigaciones que versan sobre la autoridad carismática subraya el lazo directo forjado entre el líder y las masas, creando, a mi entender, una deficiencia. Considero que cabe cuestionar y recapacitar sobre esta cuestión esencial en cuanto al peronismo. Madsen y Snow, por ejemplo, en un importante trabajo que desvía la atención del líder para enfocarla en las masas que le dan poder, caracterizan el carisma de la siguiente manera:

Es una relación de influencia marcada por la asimetría, por su carácter directo y, para el seguidor, por una gran pasión. La asimetría significa que el líder tiene una profunda influencia en las actitudes y en la conducta de quienes le siguen, pero que no es cierto lo contrario; el seguidor suministra las importantes reacciones que confieren poder..., pero su otra influencia en el líder es acallada. La condición directa significa la ausencia de mediación significante en la relación, sea mediante estructuras formales o por redes informales [8] .

Edward Shils, en un estudio anterior aunque no menos importante, caracterizó a los movimientos populistas como aquéllos que reconocen la supremacía del pueblo sobre cualquier otra norma y desean una relación directa entre el pueblo y su líder, sin la mediación de instituciones [9] .

A menudo, los estudios que mencionan la relación directa entre el líder y las masas se remiten también a la "irracionalidad" de esta entrega. Este concepto de irracionalidad se refiere a actores que no han visto correctamente cuáles eran sus "verdaderos" intereses propios, por razones emocionales o de falsa conciencia, como si alguien pudiera determinar siempre qué es aquello que sirve a los intereses "reales" de uno u otro sector social [10] . Esto nos devuelve por un momento al debate inaugurado por las investigaciones de Gino Germani sobre el apoyo obrero a Perón. El argumento dominante durante un largo periodo fue que dicho apoyo venía principalmente de los trabajadores "nuevos", aquéllos que habían inmigrado relativamente poco tiempo antes desde el interior del país hacia Buenos Aires, en el contexto de los procesos de industrialización, sobre todo de sustitución de importaciones, y de urbanización en los años treinta. Según este argumento, estos trabajadores mantenían posturas tradicionales, estaban acostumbrados al paternalismo autoritario, carecían de conciencia de clase y evitaban las posturas revolucionarias. Esta masa no educada era impulsada, según se afirmaba, por criterios irracionales y cayó como presa fácil en las redes del carisma de Perón. El encanto de las manifestaciones masivas, en las que el individuo pierde su criterio autónomo, y la incesante proclama de lemas a voz en cuello, eran suficientes para garantizar su apoyo al líder. Contrariamente a ello, la clase obrera más antigua, formada en su mayoría por trabajadores oriundos de Europa, era más educada y tenía mayor conciencia de clase, por lo cual conservó, aparentemente, su lealtad a los partidos de la izquierda [11] .

Una serie de investigaciones revisionistas cuestionó la validez de esta interpretación. Dirigentes sindicales veteranos tuvieron un papel destacado en el ascenso del peronismo. En contraste con la Confederación General del Trabajo, que pocos meses antes de la revolución de junio de 1943 se escindió por cuestiones ideológicas y personales en CGT-1 y CGT-2, la clase obrera no estaba dividida (entre "antiguos" y "nuevos"). Más aún, la clase obrera no tuvo un papel pasivo en el proceso del ascenso de Perón. No únicamente trabajadores "nuevos" y no agremiados, sino que la mayor parte del movimiento obrero organizado empezó gradualmente a dar su apoyo al “Coronel del Pueblo” entre 1943 y 1945, para defender sus propios intereses, no necesariamente los del Líder. El apoyo vino de todos los sectores obreros, acorde con el proyecto reformista que habían comenzado a cristalizar varios dirigentes en años anteriores [12] .

Así como el argumento de la supuesta división dentro de la clase obrera no nos ayuda a comprender el amplio apoyo que obtuvo Perón en 1945-1946, quisiera añadir que el argumento sobre un lazo directo e inmediato entre el líder carismático y las masas tampoco nos ayuda a comprender la modelación del movimiento y de la doctrina peronista. Mis propias investigaciones revelan que los diversos historiadores que se ocuparon de

la Argentina han caído en la celada de la retórica peronista sobre el mentado lazo directo, eludiendo casi por completo la función mediadora de personalidades provenientes de diversos sectores sociales y políticos, cada uno de los cuales brindó su aporte a la movilización de apoyo a Perón, a la estructuración de su liderazgo y a la modelación de la doctrina justicialista. Si bien es cierto que el líder no utilizó los canales partidarios institucionalizados para movilizar apoyo y para transmitir sus mensajes a las masas entre los años 1943 y 1946, pero no es cierto afirmar que prescindió de la función mediadora y que podía por sí mismo establecer el lazo directo y continuo con las masas y activarlas según sus necesidades.

Madsen y Snow, así como Shils y otros, aunque ven intermediarios en las relaciones entre el líder carismático y las masas, sitúan este fenómeno en una etapa posterior, la de rutinización del carisma: «La rutinización comprende la transformación gradual del carisma de una relación directa, concentrada y emocionalmente intensa, en una indirecta, dispersa y menos pasional» [13] .

Sostienen estos autores que la primera etapa en el proceso de rutinización del carisma está relacionado con la aparición de funciones de mediación entre el líder y la masa que le apoya, lo que Weber denominaba "carisma de oficio":

La emergencia de tales funciones de intermediación... ocurre gradualmente, a medida que el líder encuentra más y más dificultades para mantener lazos frecuentes y directos con sus seguidores Es un desarrollo que surge del éxito, de la necesidad de tratar con un movimiento grande y disperso. Con una transformación semejante, y particularmente si el líder carismático se convierte en jefe de Estado, la capacidad de un líder así de mantener un lazo directo con sus seguidores disminuye en gran medida.

En cambio, mi hipótesis es que dichos papeles de intermediarios no surgen como consecuencia del éxito, puesto que el éxito es imposible de lograr sin estos intermediarios. Por ello, el argumento que deben examinarse los intermediarios y la forma en que acumulan cierta medida de poder y de prestigio propio como consecuencia de la función que cumplen, recién después de la jura de Perón como Primer Magistrado en junio de 1946 (y hay quienes sostendrán que recién después de su derrocamiento en septiembre de 1955), nos planteará dificultades en comprender el proceso de modelación del peronismo como movimiento y doctrina en la etapa del trienio que comienza en junio de 1943 y culmina con la entrega del mando constitucional a Perón.

Hay investigadores del populismo que se refieren a Perón como a un caudillo del siglo XIX, quizás como consecuencia de la propaganda antiperonista contemporánea, que presentaba al régimen como una reedición de la tiranía de Juan Manuel de Rosas [14] . Sin embargo, no es posible transferir la figura del Restaurador a las condiciones y la realidad de una sociedad en vías de modernización, después de la Segunda Guerra Mundial. El lazo directo con las masas, que era posible en una sociedad protourbana y preindustrial, resultaba impracticable en la Argentina de los cuarenta.

Para que la masa sea activada por la retórica del líder carismático, y para que traduzca dicha acción en depositar la papeleta correspondiente en las urnas, se requiere un trabajo previo de preparación por parte de factores intermediarios, que en el caso peronista no fueron ni los partidos establecidos ni organizaciones con largo arraigo en la vida política local, sino diversas personalidades y organizaciones con una presencia relativamente corta en la arena, surgidos poco antes de la llegada al gobierno, y diversas agencias gubernamentales después de asumir el mando. La historiografía, que ha dedicado un lugar tan extenso a tratar las figuras de Perón y la de su compañera Evita, casi no se ocupó del papel que jugó la segunda línea del liderazgo peronista. Personalidades como Juan Atilio Bramuglia y Ángel Borlenghi sirvieron como importantes eslabones de enlace para movilizar a la clase obrera y para agudizar los énfasis sociales del peronismo; el coronel Domingo Mercante contribuyó a garantizar la posición de Perón, tanto en el seno del ejército como de los sindicatos; el industrial Miguel Miranda actuó en el marco de la nueva burguesía industrial nacional; mientra que José Figuerola trajo consigo de España un bagaje ideológico que fortalecía tendencias nacionalistas y corporativistas en la doctrina justicialista.

Con el tiempo, el propio Perón fue víctima de su propia retórica y comenzó a creer que no necesitaba a nadie para movilizar el apoyo masivo. Se veía a sí mismo como la encarnación de la voluntad del pueblo, que estaba por encima y más allá de todas las instituciones y personas. Fue desprendiéndose gradualmente de la mayor parte de la gente que cumplió un papel importante en su ascenso y en la construcción de su fuerza, incluyendo a Bramuglia, Mercante, Figuerola y Miranda, rodeándose de colaboradores serviles que a todo respondían amén y que carecían de una base de apoyo independiente o de una capacidad propia de movilización. Es lo que Guido Di Tella definió en una oportunidad como: «prácticas muy personalistas y arbitrarias que tanto le habían costado [a Perón]... en términos de respetabilidad y aceptación pública... la característica inevitable de un dirigente carismático que no puede soportar competencia alguna» [15] .

Creo que este comportamiento contribuyó a cierta medida de desconexión entre Perón y cuanto ocurría en la sociedad. Pero hay más: fue éste uno de los factores que atrofiaron al peronismo en el poder y lo convirtieron de un populismo reformista en un populismo autoritario, llevando después a la caída del régimen [16] . En este contexto corresponde discernir entre dos tipos de burocracia intermediadora: la de tipo representativo, de gente que goza de prestigio y reputación por derecho propio y está anclada en diversos sectores sociales, y la puramente tecnócrata y funcional, que carece de base propia y no tiene una fuerza real, que sirve sólo como instrumento en manos del líder para dominar a la masa. En este último caso hay un distanciamiento entre la base social y el régimen político y aumenta la alienación de las masas.

La segunda línea del liderazgo peronista

Una de las maneras de demostrar mi hipótesis sobre la existencia de mediadores entre el líder carismático y las masas ya en las etapas iniciales, es mediante una investigación minuciosa -una suerte de “biografía colectiva”- de la segunda línea del liderazgo peronista, que posibilitó la victoria en los comicios de febrero de 1946 y su afianzamiento en el poder, junto a la modelación de la doctrina justicialista.

La ideología justicialista fue de índole ecléctica como resultado de la heterogeneidad de la coalición peronista y de la necesidad de responder a las necesidades y demandas de diversos sectores sociales [17] . Sin embargo, ello se debía también a las diferentes influencias de varias figuras centrales que se encontraban en el entorno más cercano a Perón entre 1943 y 1946, especialmente en le Secretaría de Trabajo y Previsión Social. No pretendemos con ello decir que Perón no contaba con posiciones propias y que estaba expuesto a la decisiva influencia de sus allegados. Sin embargo, Carlos Fayt no se equivocó demasiado al afirmar que:

Dotado de una receptividad mental poco común, comprendía [Perón] inmediatamente lo que le explicaban sus asesores y tuvo el tino de dejar hacer, firmando los decretos que éstos elaboraban... Durante este período, de importancia capital para el desarrollo de la legislación social y clave en la captación del movimiento obrero, Perón siguió poco menos que al pie de la letra las sugerencias de sus asesores, repitiendo los conceptos e ideas que éstos le proporcionaban en sus discursos ante las delegaciones que lo visitaban o en los actos que asistía [18] .

En un libro reciente intenté, por lo tanto, examinar el aporte ideológico y la función política que cupo a estos asesores [19] . La idea era llenar, por lo menos en parte, este vacío historiográfico y demostrar, entre otras cosas, que el peronismo de los años cuarenta y cincuenta poseía una heterogeneidad y complejidad mayores de lo que su propia imagen monolítica aparentaba.

Sobre la figura de Bramuglia y su aporte al peronismo entre los años 1943-1949 ya existe la biografía política de nuestra autoría. Acerca de Mercante se han publicado varios estudios, así como la biografía escrita por su hijo [20] . Sin embargo, menos atención se dio al papel jugado por Borlenghi, Miranda y Figuerola.

 José Figuerola - El legado de la dictadura primorriverista

Una de las razones por las que faltan investigaciones a fondo sobre la segunda línea del liderazgo peronista, su función política y su aporte ideológico, reside en la carencia de documentación. En algunos casos, como el de Borlenghi, se debe a que las fuentes no llegaron a nuestros días como consecuencia de los sucesivos vuelcos políticos que sufrió

la Argentina y a la falta de tradición de conservación de documentos como parte del patrimonio nacional [21] . En otros casos, como el de Figuerola que nos ocupa, pareciera que hay bastante material en manos de la familia, mas no es de fácil acceso para los investigadores [22] . Contrariamente a las demás figuras que mencionamos, Figuerola no podía servir como nexo con algún sector social o gremial, pero trajo consigo una valiosa experiencia, y su aporte a la modelación de la doctrina peronista revistió gran importancia.

José Miguel Francisco Luis Figuerola y Tresols nació en Barcelona en 1897; a los 21 años ya se había doctorado en Derecho y licenciado en Filosofía y Letras, mostrando gran interés en los asuntos relacionados con el orden social y las relaciones laborales. Pronto se hizo un experto en este campo, desempeñándose como profesor de derecho corporativo y de legislación de trabajo en la universidad de la ciudad condal. En la década del veinte se desempeñó como jefe de gabinete del ministro de Trabajo Eduardo Aunós en la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, régimen militar poco común en la Europa de entreguerras. Esta dictadura se caracterizó, entre otras cosas, por su colaboración con la UGT, asociación sindical vinculada al Partido Socialista Español, y creó jurados mixtos, organismos estatales auspiciados por el gobierno para resolver las disputas laborales [23] . Figuerola también adquirió reputación como entusiasta de las estadísticas y persona muy bien informada acerca de legislación social. Durante un tiempo fue el representante de España en la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra. También fue enviado a Italia para estudiar la organización de los programas laborales de Mussolini.

Tras la caída de la dictadura española, en 1930, emigró primero a París y de allí pronto salió para la Argentina. Es probable que su decisión de desplazarse hasta la lejana república del Plata estuviera relacionada con lazos que había establecido su padre a finales del siglo XIX. En Buenos Aires fue, entre otras cosas, funcionario de la Compañía Argentina de Electricidad que había sido establecida con capital español (la CADE, sucesora de CHADE) [24] . Poco tiempo después de su llegada, se integró al Departamento Nacional del Trabajo como Jefe de la División Estadística y Jefe de Organización Profesional del mismo Departamento [25] . Este cuerpo, creado en 1907, gozaba de muy pocas facultades hasta la llegada de Perón en 1943. Figuerola, poseedor de una vasta capacitación en las áreas de la administración, estadística y legislación social y laboral, conquistó muy rápidamente la confianza de Perón. Datos demográficos que exhibió el funcionario al militar convencieron a éste que la clase obrera urbana tenía un poder político latente y por lo tanto era la clave para cualquier éxito político en el futuro. Perón utilizó los servicios de Figuerola para desarrollar sus planes sociales y laborales. Con la colaboración del barcelonés y de Bramuglia convirtió el Departamento en Secretaría con atribuciones de ministerio con gran influencia, utilizando esta plataforma como trampolín para impulsar su carrera política civil. Por su parte, Figuerola veía en el Coronel el líder que podría implementar las doctrinas sociales en las que había creído durante muchos años, especialmente en lo concerniente al papel del Estado como árbitro entre trabajadores y empleadores en aras de la "cooperación social".

Figuerola se encontró con Perón por primera vez el 27 de octubre de 1943 cuando éste asumió la presidencia del Departamento Nacional del Trabajo. Este mismo día, como recordaba el barcelonés, Perón le pidió «la redacción del proyecto encargado de revitalizar el Departamento... Así surgió el proyecto de la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Me acompañó a las oficinas de Estadísticas, examinó los ficheros que contenían las informaciones básicas de nuestros estudios... y pasamos a mi oficina, donde la entrevista se prolongó hasta las dos y media del siguiente día... lo que más impresionó al coronel Perón fueron los diagramas del déficit alimentario de la familia obrera» [26] .

Un informe de la embajada de los EE. UU. en Buenos Aires a fines de 1943 describió a Figuerola como «un experto en estadísticas muy competente; sus ideas políticas son una curiosa mezcla de casi todos los tipos conocidos de autoritarismo» [27] . Y efectivamente, Figuerola manifestó una clara simpatía hacia los nacionalistas durante la guerra civil española y hacia el régimen franquista que emergió tras la contienda [28] . Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, se puso decididamente del lado de los insurgentes. José Ignacio Ramos, uno de los primeros miembros de la Falange Española y, a partir de 1937, agregado cultural y de prensa a la embajada de la España franquista en la Argentina por espacio de 50 años, entabló una estrecha y duradera amistad con Figuerola. Ramos no vaciló en llamarlo un verdadero falangista, aunque oficialmente no era miembro del movimiento. Su lealtad a la España de Franco y el hecho de que en la segunda mitad de los años cuarenta sirvió de importante eslabón entre ambos países, hicieron que el embajador español Bulnes lo describiera como una avanzadilla de España en el país austral [29] .

Joseph Page, el biógrafo de Perón, describió a Figuerola en una manera algo exagerada e idealizada y escribió de sus relaciones especiales con el Líder:

Durante diez años investigó los problemas laborales de la Argentina. Recopilando estadísticas, macerando análisis técnicos y afilando su talento, Figuerola era la quintaesencia del intelectual hispánico católico. Serio y disciplinado, reservaba varias horas al estudio de los clásicos griegos y romanos, la música o la meditación. Su biblioteca privada cobijaba decenas de miles de volúmenes.

Polos opuestos en muchos sentidos, Perón y Figuerola se atraían con el magnetismo de necesidades recíprocas. El coronel reconocía que Figuerola era una enciclopedia ambulante de datos e ideas. El melancólico emigré veía en Perón el vehículo para traducir a la acción sus propias teorías sociales [30] .

Parece ser que Perón había quedado impactado por el reciente libro de Figuerola, La colaboración social en Hispanoamérica (1943), que delineaba su concepción de las relaciones entre el Estado y los trabajadores. El libro, que según David Tamarin iba a servir en parte como un manifiesto para la ideología laboral de Perón, enfatizaba entre otras cosas la necesidad de integrar formalmente organizaciones sindicales apolíticas dentro de la estructura del Estado y controlar su actividad de acuerdo con las directivas del Estado. El texto incluía una larga descripción con loas a las políticas laborales de Primo de Rivera, además de impresionantes estadísticas y análisis de la situación social en América Latina. De hecho, lo que el libro proponía era un Estado corporativo siguiendo el modelo italiano [31] .

En 1944 Perón designó a Figuerola como Secretario General del Consejo Nacional de Posguerra, entidad que debía modelar la política argentina durante el periodo que siguiera al fin de la guerra en Europa y que para algunos no era sino un gobierno paralelo que Perón creó durante la presidencia de Farrell. La actuación del Consejo, según Figuerola, se caracterizó por dos objetivos esenciales, a saber: «A. Un objetivo inmediato, a corto plazo, cuya finalidad era prevenir las dificultades que pudieran presentarse derivados del tránsito del estado de guerra al de paz, en el orden mundial, para el cual debían adoptarse las medidas indispensables, principalmente creación de fuentes de trabajo coordinando la actividad de los organismos del Estado... B. Otro objetivo a largo plazo consistente en proyectar una planificación coordinadora, sujeta a una orientación general en miras al porvenir económico nacional» [32] .

Efectivamente, el Consejo elaboró un plan económico-social, basándose en un análisis de las necesidades para intensificar la producción agrícola e industrial y determinando las industrias manufactureras que requerían protección estatal. Asimismo, se adoptaron medidas para contrarrestar la inflación, estabilizar los precios y establecer un salario mínimo y escalas de salario para distintas categorías profesionales.

Tras la asunción de Perón como presidente, Figuerola fue nominado como Secretario de Asuntos Técnicos, puesto con jerarquía de un ministro, y en carácter de tal era responsable por la coordinación de las relaciones entre los ministerios del gobierno nacional y todas las organizaciones relacionadas con el mismo. La importancia de la contribución de Figuerola a la doctrina peronista y a la política socio-económica aplicada, no ha sido apreciada suficientemente, al parecer, por los investigadores. En agosto de 1946, el embajador norteamericano Messersmith escribió: «Figuerola está muy cerca de Perón y quizá no haya nadie en todo el país tan cerca de Perón como Figuerola... (que goza) de la completa confianza del Presidente» [33] .

El secretario técnico elaboró numerosas leyes y decretos, redactó varios discursos importantes para Perón y varios de los documentos del Partido Justicialista y es considerado el arquitecto del plan quinquenal para el desarrollo y la modernización que se implementó a partir de 1947. Figuerola esperaba avanzar en forma gradual: primero, recopilar información exacta sobre las necesidades del país, especialmente en los campos de transporte, maquinaria y energía; tras ello, el gobierno debía evaluar la capacidad de diversas industrias para producir los bienes y los servicios relevantes y formular una estrategia de desarrollo para aumentar la productividad. El objetivo era también crear zonas industriales en el interior para que todas las regiones de la república puedan tener un nivel similar de modernización. Ello exigía la construcción de nuevos caminos y de redes para la distribución de energía. Simultáneamente, el plan llamaba a mejorar los recursos humanos mediante la modernización de los sistemas de educación y sanidad.

De hecho, en octubre de 1946 fueron Perón y Figuerola quienes presentaron al Congreso de la Nación este documento en dos tomos, pormenorizando las prioridades de las nuevas autoridades en sus esfuerzos para modernizar el país, asegurar el crecimiento económico y redistribuir los ingresos nacionales en una forma menos distorsionada. Desde el punto de vista teórico, todo iba bien; sin embargo, como hemos visto, por diversas razones que nada tenían que ver con la planificación de Figuerola, el éxito del ambicioso plan quinquenal fue muy limitado [34] .

Figuerola creía en la intervención estatal para lograr armonía social entre empleadores y empleados. En los libros que escribió, exhortaba a una cooperación entre las clases sociales bajo la égida del gobierno, mientras criticaba la inflexibilidad del sector patronal en el pasado y el extremismo de los gremios. La solución que sugería incluía la intervención del Estado por medio de la legislación, política social y arbitraje en los conflictos laborales [35] .

Cuando surgió el tema de la reforma de la Carta Magna de 1853 para permitir, entre otras cosas, la reelección al cargo presidencial, Perón encomendó a Figuerola la preparación de un anteproyecto de la nueva constitución. Figuerola dedicó los últimos meses de 1948 a esta tarea. Sin embargo, parece que su trabajo fue criticado por algunos dirigentes peronistas y que tampoco Perón se entusiasmó con el resultado. Por lo tanto, una comisión parlamentaria, dirigida por Arturo E. Sampay, que se consideraba como más progresista que Figuerola, sentó las bases para la versión final sancionada en 1949 [36] . En esta etapa, la influencia del “gallego” despertó una nada desdeñable medida de hostilidad y envidia. Una pequeña modificación en uno de los artículos constitucionales determinaba que sólo podrían ser ministros del Poder Ejecutivo Nacional los argentinos nativos. La información que obra en nuestro poder indica que este sutil cambio respondía a una maquinación política de Eva Perón, que quería alejarlo de la órbita del presidente [37] . El catalán Figuerola se vio forzado a abandonar la arena y en su lugar entró Raúl Mendé, uno de los favoritos de la Primera Dama. «Como Joseph Guillotín, fui víctima de mi propia obra», dijo años después. Para la oposición, Figuerola no era sino otro de «los limones exprimidos que Perón desecha cuando han rendido todo su jugo» [38] .

Sin embargo, Figuerola  continuó siendo leal a Perón  y al peronismo, también en los años subsiguientes. Justamente por eso fue encarcelado por las autoridades de la Revolución Libertadora. En 1958, ya liberado, casi pagó con su vida por dicha lealtad, cuando estalló un artefacto explosivo en el Comando Táctico Operativo, donde se encontraba trabajando [39] . A partir de 1963 fue secretario general del Instituto Superior de Investigaciones Sociales, además de Asesor Técnico de la Federación Gremial de la Carne y de los Sindicatos Unidos Petroleros del Estado. En los años 1965-1966 fue Secretario Parlamentario del bloque de la Cámara de Diputados [40] . Falleció en Buenos Aires en 1970, antes del regreso de Perón a la Argentina y al poder.

Curiosamente, entrevistado en vísperas de su regreso a la Argentina, Perón intentó desvincularse de Figuerola y sostuvo que desconocía el hecho de que Figuerola había sido «el 'estadígrafo' del gabinete de Primo de Rivera». Contestando a una pregunta formulada por su biógrafo, Perón insistió que nada sabía de su existencia «hasta la mañana en que fue a despedirse de mí en el despacho de la Secretaría de Trabajo y Previsión» [41] .

Puede resumirse entonces que se requiere una investigación metódica sobre las personalidades – como Bramuglia, Borlenghi, Mercante, Miranda y Figuerola – que conformaban la segunda línea del liderazgo peronista a los efectos de comprender mejor la cristalización de la coalición formada y de los diversos insumos que modelaron la doctrina justicialista. De tal manera podremos cuestionar la memoria colectiva que tiende a unificar y homogeneizar procesos históricos complejos y se aclararán varios de los aspectos de aquel fenómeno populista que marco a fuego la historia argentina del siglo XX: el peronismo.



[1] La bibliografía acerca del populismo en América Latina es muy vasta. Entre los trabajos más destacados podemos mencionar: Gino Germani, Authoritarianism, Fascism, and National Populism (New Brunswick, 1978); Francisco C. Weffort, O populismo na política brasileira, Rio de Janeiro 1978; Fernando Henrique Cardoso and Enzo Faletto, Dependency and Development in Latin America, Berkeley, 1979, Cap. 4; Michael L. Conniff, ed., Latin American Populism in Comparative Perspective, Alburquerque 1982. Entre los trabajos más recientes se destacan Alan Knight, “Populism and Neo-Populism in Latin America, Especially Mexico,” Journal of Latin American Studies 30 (1998): 225-248; María Moira Mackinnon and Mario Alberto Petrone, comps., Populismo y neopopulismo en América Latina, Buenos Aires 1998; Michael L. Conniff, ed., Populism in Latin America, Tuscaloosa 1999; Carlos de la Torre, Populist Seduction in Latin America: The Ecuadorian Experience, Athens Ohio, 2000.

[2] Dan Keith Simonton, Genius, Creativity, and Leadership: Historiometric Inquiries, Cambridge, Mass. 1984, p. 121.

[3] Max Weber, Economy and Society, New York 1968. Por una contribución más reciente al debate acerca de la "creación de carisma", véase Ronald Glassman, "Legitimacy and Manufactured Charisma", Social Research, Vol. 42 (Winter 1975); Cliford Geertz, "Centers, Kings, and Charisma: Reflections on the Symbols of Power", en C. Geertz, Local Knowledge: Further Essays in Interpretative Anthropology, New York 1983.

[4] No entraré en este marco al debate sobre la cuestión si debemos referirnos a las circunstancias argentinas de comienzos de los años cuarenta como de crisis social y ruptura quiebra institucional.

[5] Carlos Vilas, "Estudio preliminar: El populismo o la democratización fundamental de América Latina", en La democratización fundamental: El populismo en América Latina, Mexico D.F. 1995, pp. 11-18.

[6] Weber, loc.cit.

[7] Mónica Esti Rein, Politics and Education in Argentina 1946-1962, Armonk, New York 1998.

[8] Douglas Madsen and Peter G. Snow, The Charismatic Bond: Political Behavior in Times of Crisis, Cambridge, Mass. 1991, p. 5. El subrayado es mío.

[9] Edward Shils, The Torment of Secrecy, London 1956, pp. 98-104. El subrayado es mío.

[10] Para hacer justicia con Madsen y Snow, debe señalarse que ellos mismos colocan un signo de interrogación a este enfoque. Un debate sobre esta cuestión puede verse en José Enrique Miguens, "The Presidential Elections of 1973 and the End of Ideology", en Frederick C. Turner and J. E. Miguens (eds.), Juan Perón and the Reshaping of Argentina, Pittsburgh 1983.

[11] Gino Germani, Política y sociedad en una época de transición, Buenos Aires 1968; Samuel L. Baily, Labor Nationalism and Politics in Argentina, New Bruswick 1967.

[12] Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, Estudio sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires 1971. Entre las investigaciones más recientes pueden señalarse: David Tamarin, The Argentina Labor Movement, Albuquerque 1985; Joel Horowitz, Argentine Unions, the State & the Rise of Perón, 1930-1945, Berkeley 1990; Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón: Sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires 1990; Roberto P. Korzeniewicz, "Labor Unrest in Argentina, 1930-1943", Latin American Research Review, Vol. 28, No. 1 (1993): pp. 7-40.

[13] Madsen and Snow, The Charismatic Bond, p. 25; E. Shils, "The Concentration and Dispersion of Charisma: Their Bearing on Economic Policy in Underdeveloped Countries", World Politics, Vol. 11 (1958): pp. 1-19.

[14] Así, por ejemplo, A. E. Ven Niekerk, Populism and Political Development in Latin America, Rotterdam 1974.

[15] Guido Di Tella, Perón-Perón, 1973-1976, Buenos Aires 1983, p. 108.

[16] Robert Dix  no pudo detectar cambios en el desarrollo del peronismo, al que veía como un movimiento populista autoritario desde sus comienzos hasta los años 70. En su opinión, el peronismo, al igual que el ibañismo en Chile y el rojismo en Colombia, son ejemplos típicos de populismo autoritario, mientras que la Acción Democrática (AD) en Venezuela, la Alianza Popular Revolucionaria(APRA) en Perú y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia son ejemplos de populismo democrático. Véase R.H. Dix, "Populism: Authoritarian and Democratic", Latin American Research Review, Vol. 20, No. 2 (1985): pp. 29-52.

[17] Perón mismo no desmintió dicho eclecticismo: "En primer lugar, no somos sectarios... obedecemos a los hechos... Si en el comunismo hay una cosa que podemos tomarla, la tomamos, no nos asustan los nombres. Si el fascismo, el anarquismo o el comunismo tienen algo bueno, lo tomamos...". Citado en Cristián Buchrucker, Nacionalismo y peronismo:

la Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955), Buenos Aires 1987, p. 325.

Debe recordarse que la doctrina peronista fue cristalizada en un período relativamente tardío, después de la llegada al poder, aunque tampoco tras ello se elaboró una filosofía ordenada en forma sistemática. Uno de los primeros intentos de sistematización se encuentra en el libro de Raúl A. Mendé, El justicialismo - doctrina y realidad peronista, Buenos Aires 1950.

[18] Carlos S. Fayt et al., La naturaleza del peronismo, Buenos Aires 1967, p. 106.

[19]  Raanan Rein, Juan Atilio Bramuglia. Bajo la sombra del Líder: la segunda línea de liderazgo peronista, Buenos Aires 2006.

[20]  Domingo Alfredo Mercante, Mercante. El corazón de Perón, Buenos Aires 1995; Graciela Mateo, “El gobierno de Domingo Mercante: expresión singular del peronismo clásico,” EIAL 15, No. 2 (2004); Claudio Panella,  El gobierno de Domingo A. Mercante en Buenos Aires : un caso de peronismo provincial, Buenos Aires 2006.

[21]  Enrique Pavón Pereyra, Borlenghi, hombre de estado, Buenos Aires 1999.

[22] Entrevista del autor con el hijo de Figuerola, José (Buenos Aires, junio de 1989) y con sus nietos (Buenos Aires, julio de 2007). Sobre la personalidad de Figuerola, ver: Archivo del Instituto de Cultura Hispánica (Madrid), 1593/5245; José María de Areilza, Así los he visto, Barcelona 1974, pp. 210-211; Ídem, , Memorias exteriores, 1947-1964, Barcelona 1984, pp. 28-30.

[23] Sobre la política social y económica de Primo de Rivera, ver: Shlomo Ben-Ami, Fascism from Above: The Dictatorship of Primo de Rivera in Spain, 1923-1930, Oxford 1983, especialmente caps. 7-8. Sobre la cooperación de los socialistas con la dictadura, ver: Shlomo Ben-Ami, The Origins of the Second Republic in Spain, Oxford 1978, pp. 110 y ss.

[24] Merced a su influencia en el primer gobierno peronista, las nuevas autoridades hicieron silencio del escándalo de la CADE y la forma dudosa en que obtuvo prórrogas en su concesión y eludió las obligaciones que había asumido por el contrato de concesión de 1912. Ver Miguel Angel Scenna, "CHADE: el escándalo del siglo", Todo es historia, No.52 (agosto de 1971): pp. 9-31; Enric Ucelay-Da Cal, "La dimensión desconocida: Cambó en Buenos Aires, entre Franco y Perón, 1941-1946", Historia Social (Valencia), No. 48 (2004): pp. 87-109.

[25] Quién es quién en

la Argentina, Buenos Aires 1950, p. 238. Figuerola fue también Jefe de Redacción de la Revista de Derecho Social.

[26] Citado en Fayt, La naturaleza del peronismo, pp. 96-97.

[27] Joseph A. Page, Perón - una biografía, Buenos Aires 1984, Vol. I, p. 86, n. 20.

[28] Raanan Rein, Entre el abismo y la salvación: el pacto Franco-Perón, Buenos Aires 2003, passim. Es interesante notar que su hijo, Francisco José Figuerola fue nombrado embajador argentino en España en 1989.

[29] Ramos en una entrevista con el autor (Buenos Aires, 19.9.1989) y en su Biografía de mi entorno, Buenos Aires 1984, p. 122; Bulnes al Ministerio de Asuntos Exteriores, Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid [de aquí en adelante AMAE], Leg. 1752/1. Areilza, que reemplazó a Bulnes, dijo al autor: "Figuerola estaba, no lo puedo negar, absolutamente ligado a la embajada [de España]... Para mí fue una notable ayuda". Y agregó: "No figuraba en nuestra nómina de pagos, porque era un hombre muy rico" (entrevista con el autor, Madrid, 13.1.1988).

[30] Page, Perón, p. 87.

[31] David Tamarin, The Argentine Labor Movement, 1930-1945: A Study in the Origins of Peronism, Albuquerque 1985, p. 183.

[32] Citado en Fayt, La naturaleza del peronismo, p. 84.

[33] Véase G. Messersmith a S. Braden, 19.8.1946, National Archives, Documents of the Department of State, Record Group 59, College Park, MD, 835.00/8-1946; Areilza a MAE, 18.2 y 14.3.1949, AMAE, Leg. R./2627101, R. 2418/4.

[34] Sobre el debate preliminar al plan, véase Ernest J. Wilkins, "The Industrial Aspects of Argentina's Five-Year Plan: Why It Did Not Succeed?", tesis doctoral inédita, Stanford University 1953.

[35] Sobre las concepciones de Figuerola, véase su La colaboración social en Hispanoamérica, Buenos Aires 1943.

[36] Un análisis de diversos aspectos de la Constitución de 1949 puede encontrarse en los libros de Mario Daniel Serraferro, Momentos institucionales y modelos constitucionales, Buenos Aires 1993 y Reelección y sucesión presidencial, Buenos Aires 1997.

[37] Sobre la destitución de Figuerola, véase Areilza al MAE, 18.2 y 14.3.1949, AMAE, Leg. R. 2627/101, R. 2418/4; Areilza, Memorias, p. 72.

[38] Citado en Hugo Gambini, Historia del peronismo, Buenos Aires 1999, I, p. 380.

[39] J. Figuerola, Preso, Buenos Aires 1958.

[40] Quién es quién en

la Argentina, Buenos Aires 1968, pp. 265-266.

[41] Enrique Pavón Pereyra, Coloquios con Perón. Madrid 1973, p. 99.