Las ideas, su política y su historia: ANTONIO ORTIZ MENA

Prebisch y Urquidi: Vidas paralelas

Joseph Hodara | Universidad de Bar Ilan (Israel)

 

Parece, pues, haber sido un mismo genio
el que formó a Demóstenes y a Cicerón, y
acumuló en su naturaleza muchas semejanzas...
Plutarco

Resumen:

Este ensayo se propone sugerir “trayectorias paralelas” en la vida y en la obra de Raúl Prebisch y de Víctor L. Urquidi. Argentino el primero y mexicano el segundo, ambos fueron impulsados por una pasión convergente: comprender las razones estructurales del subdesarrollo económico y social latinoamericano y plantear medidas gubernamentales que moderasen los efectos negativos de las circunstancias internas y externas que distorsionan la evolución regional contemporánea. Sin embargo, las disparidades entre ambos fueron considerables. Prebisch fue el caudillo intelectual que, armado con la Comisión Economía para la América Latina (CEPAL), enhebró un nuevo discurso desarrollista que los gobiernos formalmente incorporaron. Tuvo el talento de absorber las ideas de múltiples autores y colaboradores, y, sin darles el debido crédito, formuló un paradigma que presidió desde la década de los cincuenta hasta los ochenta la ponderación de las relaciones entre la “periferia latinoamericana” y el “centro”, eufemismo que señalaba principalmente a Estados Unidos. Urquidi, al contrario, fue un empresario intelectual que gestó El Colegio de México como institución mexicana de altos estudios en múltiples ramas, desde las ciencias sociales a la historia y la literatura. Fue un investigador de amplios horizontes y cultura. Y sus póstumas reflexiones sobre la evolución económica y social de América Latina se caracterizan por un áspero pesimismo. Ambos esperan a un Plutarco que narre con pulcritud las peripecias de sus vidas.

Palabras clave: desarrollo latinoamericano, Prebisch, Urquidi, CEPAL, El Colegio de México

Abstract:

The main purpose of this essay is to delineate the " parallel lives " of Raul Prebisch and Victor L. Urquidi, two Latin American economists moved by an electrifying passion: to understand the structural causes and consequences of Latin American underdevelopment, and formulate policies and measures to the governments in order to moderate the negative effects of the internal and external circumstances which distort the development of this region. Prebisch was an intellectual caudillo, an authoritarian prophet who as head of the Economic Commission for Latin American (ECLA) had the talent to absorb and disseminate new ideas which were formally adopted by the governments. He knew how to extract from different authors and collaborators original concepts and recommendations without duly recognizing his debt to them. Prebisch articulated an economic paradigm which was very influential in Latin America for three decades. In contrast, Victor L. Urquidi was an intellectual entrepreneur and an investigator of wide horizons and culture. He transformed El Colegio de Mexico in one of the leading academic institution in Latin America. His last book was marked by a deep pessimism concerning the contemporary social and economic evolution of this region. Both of them are waiting a Plutarco to bring up their respective saga.

Key Words: Latin American Development, Prebisch, Urquidi, CEPAL, El Colegio de México.

 

Los contrapuntos son a menudo arriesgados y envolventes, ya sea en la música como en las trayectorias de vida, pero sus caprichosas variaciones hechizan nuestros espíritus. Con esta convicción esbozaré trozos de la biografía intelectual de Raúl Prebisch y de Víctor L. Urquidi –argentino el primero y mexicano el segundo– que desde la cumbre de la cultura y de los prejuicios respectivos intentaron iluminar algunos escenarios de la evolución latinoamericana contemporánea. Ambos presentan, a mi juicio, rasgos personales y profesionales que, aunque  afines, son  al mismo tiempo  contradictorios, de suerte que motivan y acaso justifican razonablemente este primerizo ensayo.

Será inevitablemente subjetivo por múltiples razones. La primera: cualquier narrativa o hermenéutica modifica los contornos del objeto narrado; esta relación dialéctica gesta una nueva construcción, como acertadamente algunos autores postmodernistas han sugerido. La segunda: ponderaré a Prebisch y a Urquidi con apego a lecturas y contactos personales –incluyendo intercambios epistolares- que son, por fuerza, limitados y parciales. Y la última: confieso desde el inicio mi elevado aprecio a estas dos figuras, y, en consecuencia, los vislumbres conjeturados pecarán de un impecable sesgo del cual otros analistas tal vez habrán de eximirse.

 En otras palabras, me restringiré a un cotejo limitado y selectivo, que esbozará una semblanza de ambos incluyendo los aportes que ofrecieron al análisis del contexto social y económico latinoamericano y sus perspectivas, tema que fue una pasión compartida. Restricción que cabe disculpar no sólo por la estrechez de este espacio sino también por la ausencia de biografías intelectuales satisfactorias, incluyendo indagaciones de carácter psicológico que ambos tenazmente eludieron [1] . Por tanto, reitero: no pretendo ni puedo superar los bordes de un breve escrito.

América Latina: la pasión convergente

Después de la II Guerra Mundial, los gobiernos latinoamericanos coincidieron en solicitar de las naciones victoriosas –a Estados Unidos en especial una participación activa en la reconstrucción postbélica de la región, a fin de contar con incentivos adicionales para impulsar la modernización social y diversificar la industrialización sustitutiva que habían emprendido en los años treinta. En la agenda de prioridades de Washington, América Latina no constituía entonces un renglón importante. Europa occidental, Japón, los Balcanes y Medio Oriente tenían superior relieve. Sin embargo, múltiples misiones de expertos llegaron a la región con el objeto de evaluar los problemas y las reclamaciones de los gobiernos [2] . Las reuniones convocadas por la Tesorería de los Estados Unidos a través de la Unión Panamericana alentaron estas visitas exploratorias. La conferencia en Bretton Woods (1944) contó con la participación de 19 países latinoamericanos que tuvieron en este marco la oportunidad de crear y cultivar contactos con los principales actores del nuevo orden económico que surgiría después de la conflagración.

En aquellas circunstancias, Raúl Prebisch desempeñaba el cargo de Director del Banco de la República Argentina (este país no fue invitado a Bretton Woods probablemente por las buenas relaciones que sostenía con Alemania). Anteriormente, entre 1925 y 1948 había ejercido la cátedra, con algunas interrupciones, de Economía Política en la Universidad de Buenos Aires. Entre 1925 y 1927 tuvo a su cargo el departamento de estadística y la unidad de investigaciones económicas del Banco de la Nación. Cuando se produjo el golpe militar de 1930, Prebisch fue nombrado Viceministro de Finanzas y Agricultura y, tres años más tarde, empezó a dirigir el Banco Central durante una década. Este ajetreo laboral no le permitió realizar estudios superiores en el extranjero. Durante este periodo, mantuvo lazos estrechos con la conservadora Sociedad Rural Argentina, que era pertinazmente hostil a cualquier intento de reforma agraria. Relaciones de parentesco con la elite gobernante argentina de los años treinta le habían facilitado el traslado de Tucumán, donde había nacido, a la capital bonaerense y, merced a sus excepcionales prendas profesionales y personales, trepar rápidamente en los escalones burocráticos. Indudablemente, sus labores ministeriales y en especial la responsabilidad por las Memorias anuales del Banco Central de la República Argentina, le obligaron a examinar problemas comerciales y monetarios que obstaculizaban el avance económico de su país [3] . En cualquier caso, sólo a partir de los años cuarenta comienza a conocer con alguna prolijidad los países de la región y la influencia decisiva del ”centro", eufemismo que claramente aludía a los Estados Unidos y, en el caso argentino, a la Gran Bretaña. En las Memorias mencionadas –por desgracia muy poco leidas – ya se exhiben premisas y conceptos que reaparecerán más tarde en su celebrado texto de 1949 que definió el paradigma cepalino [4] .

 Durante su trayectoria personal, y ya frisando los 50 años (nació en 1901), Prebisch mostró una estupenda capacidad de absorción y de adaptación de categorías que se aplicaron en otros países. Referí en otro lugar [5] que el rumano Manoilesco y el chileno alemán Wagemann ejercieron vigoroso impacto en sus reflexiones; cuando le recordé esta circunstancia en diálogo personal,  Prebisch me insistió repetidamente que no los había leído. Como si la confesión de estos préstamos hubiera podido lastimar la originalidad y la solidez de sus ideas, y, más tarde, de su profético liderazgo.

 En los años cuarenta, Daniel Cosío Villegas y Víctor L. Urquidi se contaban entre los excepcionales lectores de las Memorias concebidas por Prebisch. Ambos convencieron al Banco de México para que lo invitara a exponer sus planteamientos sobre problemas monetarios y sobre la conducta de los ciclos en la ”periferia". En posteriores visitas, Don Raúl expuso sus ideas en un seminario organizado por El Colegio de México. En aquel entonces solía usar el término “ciclo a la baja” a fin de indicar la contracción de las economías en función de las oscilaciones del sector externo. Cosío Villegas le sugirió en su lugar “ciclo menguante", que Prebisch de inmediato adoptó.

Su peregrinación por México le facilitó tomar contacto con algunos países del Caribe; entre otras labores, ayudó a la República Dominicana a formular un programa ordenado de estudios de economía [6] . La diversificación de contactos y amistades le permitió considerar opciones laborales cuando el Presidente Perón le quitó los cargos oficiales que desempeñaba en su país.

El trayecto biográfico de Urquidi fue diferente. Hijo de diplomáticos, nació en Francia (1919), y acompañó como adolescente a sus padres a Colombia, El Salvador y Uruguay. En México concluyó la escuela secundaria y, en España, el bachillerato. En 1936 ingresó a la Universidad de Londres donde obtuvo un primer título en economía. En 1940 retornó a su país para consagrarse a varias tareas en el Banco de México, incluyendo la traducción de textos para el flamante Fondo de Cultura Económica y la participación activa en los seminarios organizados por Daniel Cosío Villegas en El Colegio de México.

 En 1944 participó en la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas (Bretton Woods). Su excelente fluidez en el idioma inglés y sus maneras de gentleman le facilitaron la amistad con celebrados economistas, como Robert Triffin y Edgard Bernstein [7] . Retornó a México para ahondar su interés en las relaciones comerciales y el perfil que asumirían en el nuevo orden económico que habrá de articularse al concluir la Guerra. En 1947, la Secretaría de Hacienda le instó a “dar una vuelta al mundo” con el fin de explorar las posibilidades de vender los excedentes de plata mexicana a diferentes países, a cambio de materias primas y bienes industriales. Misión importante que le permitió tomar contacto con regiones apenas transitadas por latinoamericanos, como Medio Oriente y el Sudeste asiático, y por esta vía enriquecer sus percepciones de la economía internacional. Después de presentar su informe a las autoridades mexicanas, resolvió aceptar un cargo que le ofreció el Banco Mundial en Washington. En este medio estableció amistades duraderas con profesionales latinoamericanos que ulteriormente habrán de trabajar al lado de Raúl Prebisch en la naciente CEPAL. Entre ellos: Felipe Pazos de Cuba, Javier Márquez y Juan Loyola de México, Jorge Ahumada y Julio del Canto de Chile, y Jorge Sol Castellanos de El Salvador Además, profundizó su amistad con colegas europeos y norteamericanos que tendrán ulteriormente importancia en sus desempeños.

 Dos años más tarde (1949) retornó a México para servir como asesor en la Secretaría de Hacienda en temas vinculados con el financiamiento del desarrollo y la política fiscal. En este marco profundizó su colaboración con Raúl Ortiz Mena, que a la sazón trabajaba en Nacional Financiera. La colaboración entre ellos fue fecunda; culminó en un texto que examina los nuevos dilemas del financiamiento interno y externo del desarrollo mexicano [8] .

La CEPAL: Primeros Pasos

 En los años cuarenta se multiplicaron las reclamaciones de los gobiernos latinoamericanos encaminadas a constituir una comisión especializada en el desarrollo de América Latina en el marco de la flamante Organización de las Naciones Unidas, a semejanza de la Comisión para Europa encabezada por Gunnar Myrdal [9] . Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética consideraron con simpatía esta idea. Washington postulaba que la Organización de los Estados Americanos ya cumplía la misión de dar a conocer los aprietos regionales; el hecho de que esta organización tuviera como sede principal a la capital norteamericana era ciertamente funcional para los intereses de este país, circunstancia que muy pocos gobiernos objetaban. Por otra parte, la URSS temía que el establecimiento de un grupo especializado de economistas consagrado a los problemas del desarrollo latinoamericano en el emergente marco de las Naciones Unidas podría fortalecer las tendencias imperialistas de USA en la región. En este contexto francamente hostil, las insistencias de algunas personalidades chilenas, los apoyos concedidos por el gobierno francés (en particular Mendes France), y –lo que fue determinante– el poderoso ascendiente del Presidente brasilero Getulio Vargas ganaron el certamen. Sin disputa, el chileno Hernán Santa Cruz fue el incansable motor de esta iniciativa y Vargas le propinó el impulso final. Así se gestó la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), con funciones similares a otras comisiones regionales bajo el amparo legitimador de la ONU. Era el año de 1947.

 De inmediato los países miembros empezaron a buscar un líder idóneo capaz de dirigir a la joven organización. No pocos se inclinaron en favor de Víctor L. Urquidi, pero su extrema juventud (contaba entonces 30 años) desalentó esta propuesta. Se escogió entonces a Gustavo Martínez Cabañas, un gris economista mexicano que bien pronto reveló ineptitud en la misión que se le encomendó, particularmente en la redacción del anodino primer informe de la CEPAL de 1948.

  Al cargo se le denominó “Secretario” -no “Director”- de la Comisión, por apego a la semántica ya establecida en la comisión europea. Cuando Raúl Prebisch, entonces asesor de este organismo, reemplazó a Martínez Cabañas, no se inclinó a aceptar el título de “secretario”, por considerarlo de inferior resonancia en el hablar latinoamericano. Pero debió ceder a las disposiciones ya convenidas por la ONU [10] .

Raúl Prebisch asumió estas funciones merced a sus altas prendas personales (retórica magistral, presencia autoritaria, el acierto en encontrar el justo discurso con gobiernos dispares) y, en particular, a la revolución paradigmática que trajo consigo la publicación de su texto “El desarrollo de América Latina y algunos de sus principales problemas”, que acuñó las principales categorías y conceptos para una interpretación comprensiva de la evolución latinoamericana.

 Con admirable agilidad y acierto (se le había concedido a la CEPAL tres años de gracia para probarse a sí misma como una institución legítima y necesaria sin menoscabo de la Organización de Estados Americanos) Prebisch reunió en Santiago de Chile –la sede de la flamante Comisión– a un pequeño efervescente grupo de jóvenes y brillantes economistas llegados de múltiples países de América Latina [11] . Desde el inicio ejerció funciones tanto paternales como de líder indiscutido. Su hálito profético sedujo a sus colaboradores. Y desde entonces Prebisch consolidará un método de trabajo que le permitía identificar, merced a los fecundos intercambios de posturas de estos jóvenes colaboradores, un abanico amplio de juicios y propuestas que después se traduciría en textos cepalinos que llevarán su estampa personal.

  Aludo a lo que cabe denominar una “lluvia de ideas” que Prebisch conducía con acierto. Sabía escuchar y seleccionar aquéllas que le parecían acertadas y transformarlas ulteriormente en ideas rectoras. Su capacidad para asimilar y adaptar las nociones propuestas por el grupo era formidable. Se contaban aquí selectas figuras como Furtado, Urquidi, Loyola y Ahumada. Ulteriormente, algunos de ellos (en particular los dos primeros), porfiadamente inclinados a adquirir un perfil propio, se apartarán de la Comisión, aunque jamás rompieron el vínculo con el padre intelectual [12] .

 Concluida la investigación que Urquidi realizó con la orientación de Raúl Ortiz Mena, aceptó en 1951 la dirección de la Subsede de la CEPAL en México. Le incitaba un propósito: animar la formación de un mercado común centroamericano con el fin de alentar el mutuo comercio y superar limitaciones estructurales del mercado, que Prebisch había señalado de modo general en su “pronunciamiento” de 1949.

 Consagró a esta tarea siete años de febril actividad. El pulcro conocimiento del área (Prebisch la visitaría varios años más tarde) y la ayuda de sus amigos centroamericanos convergieron para promover la firma del primer Tratado de Libre Comercio e Integración Económica en Tegucigalpa, que condujo ulteriormente al Mercado Común Centroamericano que se acordó en Managua, en 1960. Un arreglo regional que hasta la fecha ha tropezado con severas dificultades.

 En 1958 Urquidi renunció a su cargo en la CEPAL para retomar labores de asesoramiento en la Secretaría de Hacienda dirigida por Ortiz Mena. En este marco, y con los auspicios del Secretario Ortiz Mena, Urquidi se consagró a concebir y formular un proyecto de reforma fiscal encaminada a moderar las diferencias distributivas y la desigualdad en México. A la fecha tal aspiración no ha cristalizado.

 En 1966 fue nombrado Presidente de El Colegio de México que en aquel entonces no exigía como requisito el título de doctor (Ph. D) en alguna rama de las ciencias sociales. Dígase de paso que a Urquidi le disgustaba que le endilgaran este título, propensión frecuente ligada con la idiosincrasia de la cultura latinoamericana. Prebisch tenía otra actitud al respecto: le engolosinaba el título.  Las relaciones entre ellos se mantuvieron correctas, e incluso cordiales, hasta el fallecimiento de Prebisch en 1986 [13] .

El caudillo y el empresario

Raúl Prebisch es, a mi juicio, una reencarnación de las tradiciones y pautas creadas por los caudillos latinoamericanos [14] . El gesto autoritario sin dejar de ser amable conforme a las circunstancias, su formidable capacidad retórica, el talento para encontrar la palabra justa en variados auditorios, la incontenible vitalidad, la elegancia en el vestir y la picardía casi erotizante: prendas que distinguieron a Don Raúl. Un talento que le permitió embelesar a colaboradores de ambos sexos, tanto en sus funciones en América Latina como más tarde en la UNCTAD y en el ILPES. No gustaba de los académicos ni del lenguaje académico, pero atinaba a usarlos cuando le parecía conveniente. Era un conversador inagotable y jamás tedioso, particularmente cuando contaba en la mesa con un alto vaso de whisky que jamás le hizo perder el hilo de la conversación. Su castellano era tan impecable como tímido su inglés.  En otro lugar sugerí que él modeló a la CEPAL, en sus primeros pasos, como una secta, en el sentido weberiano de este concepto: una hermandad pequeña, solidaria, con una vigorosa conciencia de la Misión que debe desempeñar en el desarrollo regional [15] . Cuando dejó en 1963 el liderazgo, la organización que había iluminado se convirtió, a mi juicio, en una iglesia burocrática, ajustada al lenguaje y a las prácticas diplomáticas y formales de Naciones Unidas. Más tarde, después de sus actividades como director de la UNCTAD, donde sus conceptos cepalinos se reprodujeron al caracterizar los problemas del Tercer Mundo respecto de las economías avanzadas, asumió la jefatura del ILPES y la dirección de la Revista de la CEPAL en Santiago de Chile. Habituado a su papel de líder incontestable intentó esterilizar a la organización que fundara con el fin de continuar ejerciendo el caudillaje desde otra posición. Pero las sutilezas burocráticas de la iglesia y del aparato burocrático cepalino, la edad avanzada y las cambiantes coyunturas regionales actuaron en contra de este empeño. Debió abandonarlo [16] .

En contraste, Víctor L. Urquidi congenia con la especie de los empresarios intelectuales. Carecía de magnetismo para entusiasmar a amplias audiencias; tomaba por lo general un papel crítico y provocativo, especialmente en foros y mesas redondas que exhibían francas inclinaciones a la denuncia populista. Era más bien un gentleman amante del diálogo y del grupo íntimo, en los que se embarcaba en citas, recuerdos y asociaciones que seducían a los escogidos en estos encuentros. A menudo se permitía con algunas personas y situaciones que no eran de su agrado desplantes autoritarios, incluso despóticos. Pero muy poco tiempo después retornaba a una mesurada –incluso tímida amabilidad. Y a pesar de su circunspecto carácter, nunca eludió decisiones difíciles cuando las creía acertadas. Discurría y escribía en un castellano e inglés impecables. Y leía atentamente todo libro y documento que se ajustaban a sus múltiples intereses académicos.

Con estas prendas modeló una institución de rango superior, El Colegio de México, que durante varias décadas ejerció el liderazgo intelectual en México, particularmente en proyectos de investigación y en la docencia que incluyeron estudios internacionales, con atención sistemática a los Estados Unidos, Asia y África, temas demográficos, ambientales e incluso literarios. Ninguna monografía de las publicadas por las revistas de la institución le era extraña. Cuando se retiró de su cargo para consagrarse en el recinto de El Colegio a sus investigaciones sobre América Latina, se condujo mesuradamente con los presidentes que le sucedieron. Procuró no entrometerse en sus asuntos ni enjuiciar el estilo que adoptaban para dirigir la institución, a menos que recibiera una solicitud expresa por parte de ellos.

Ciertamente, Prebisch y Urquidi diferían notablemente en sus intereses intelectuales. Prebisch era “monotemático” en cierto sentido. Los problemas del desarrollo económico de América Latina y del Tercer Mundo ocupaban primordialmente su atención. Ciencia, tecnología, historia intelectual, literatura, medio ambiente y crisis petrolera constituían en su mundo preocupaciones subalternas. Le seducían las síntesis y los análisis comprensivos. Pertenecía a algunas de las variaciones de la latinoamericana bohemia intelectual.

No fue el caso de Urquidi. Muy pocos temas del quehacer intelectual le fueron ajenos. Cuando se formó el Club de Roma se adhirió de inmediato a sus actividades y proyectos, y los dio a conocer en diferentes capitales latinoamericanas, incluyendo la promoción editorial de los textos e informes. De manera paralela, las actividades de los jóvenes consejos nacionales de ciencia y tecnología avivaron su interés. Era un investigador, figura de una especie que hubiera querido multiplicar.

Sin embargo, es probable que en la memoria histórica latinoamericana la figura de Prebisch obtenga superior relieve, en tanto la de Urquidi se vaya desdibujando con el tiempo, o bien se limite a los lindes de su país. Acaso destino ineludible en una región donde el olvido suele vencer al recuerdo.

El capitalismo periférico: el último Don Raúl

Como he puntualizado, Prebisch fue un economista político preocupado por un gran tema: el desarrollo latinoamericano y el Tercer Mundo. Su liderazgo de complejas instituciones engarzadas en las normas tecnodiplomáticas de las Naciones Unidas se conjugó con un incansable afán pedagógico dirigido a “dar cátedra” a los cambiantes e inestables gobiernos de los países latinoamericanos, indefectiblemente embarcados en un frágil desarrollo nacional.  Don Raúl acertó en estas dos esferas. Su pronunciamiento de 1949 es su creación más importante. De ella se derivó un lenguaje que puso en práctica no sólo en trabajos posteriores, incluyendo los de la UNCTAD; políticos e intelectuales se inclinaron a asimilarlo parcial o absolutamente, adaptándolo a temas coyunturales, preferencias ideológicas y exaltadas denuncias [17] . Las variedades del nacionalismo económico y del neomarxismo confluyeron con la gramática estructuralista gestada por Don Raúl. Las posturas “dependentistas” son acaso el ejemplo más sobresaliente entre las corrientes que gravitaron en la última etapa del pensamiento prebischiano [18] . Era difícil en su circunstancia eludir la fascinación que esta corriente ejercía en tanto posición contestataria adversa a las conductas norteamericanas [19] .

 En este ensayo no haré referencias pormenorizadas al paradigma prebischiano de 1949, en el cual aportó también, desde otro ángulo, el economista Hans Singer. Me concentraré en una obra ulterior, que lleva la firma de Prebisch, en contraste con los documentos oficiales de la ONU que se abstienen de mencionar a un autor o autores de manera explícita.

El capitalismo periférico es la creación más personal de Prebisch, en la que sintetiza, por un lado, sus categorías interpretativas en torno a la situación marginal de América Latina y, por otro, refresca conceptos neomarxistas -como el ”excedente”- que acaso son parte de su formación juvenil cuando tuvo algún contacto con el socialista argentino Juan B. Justo,

Sintetizaré la sustancia y la trascendencia de esta obra en las siguientes páginas. Ulteriormente, la compararé con el último libro de Víctor L. Urquidi donde la perspectiva y el diagnóstico del desarrollo latinoamericano son absolutamente diferentes.

Examiné en otro lugar, con algún detalle, la sustancia y la secuencia de esta obra póstuma de Prebisch [20] . Aquí resume sus reflexiones sobre los obstáculos estructurales que traban el desarrollo fluido de América Latina en particular, y, en general, del Tercer Mundo. En su opinión, esta obra representa la “quinta etapa de su pensamiento" en la que propone una ”teoría general” de las interacciones centro-periferia. Adviértase que, a juicio de Prebisch, la economía norteamericana es aún la variable determinante de las fluctuaciones macroeconómicas de la periferia. A pesar de que en varias oportunidades osé sugerirle que es más acertado referirse “a los centros” considerando las mutaciones que experimenta el sistema capitalista por obra de la globalización y del ascendiente progresivo de los países del Sudeste asiático y de China en algunas parcelas de la periferia latinoamericana, Prebisch prefirió insistir en la importancia casi excluyente de Estados Unidos. No imaginaba a América Latina en un régimen alternativo de interdependencia equitativa o asimétrica.

En esta obra, Prebisch no alude al corto plazo latinoamericano. Sus planteamientos son amplios y aluden a “la distribución social del excedente”, “el reordenamiento mundial de la transferencia de recursos” y “la capitalización reproductiva”. Préstese atención al término “excedente” que - yo conjeturo- lo derivó de proposiciones neomarxistas, aunque la ausencia de referencias bibliográficas –rasgo constante en su discurrir– no permite decirlo con certidumbre.

La perspectiva prebischiana del capitalismo presenta dos rasgos. De una parte, subraya el carácter dinámico de este sistema que se manifiesta en avances técnicos sostenidos y en el aumento del bienestar y de la producción en términos agregados, resultados que repercuten disparejamente en las economías latinoamericanas. Por otra parte, esta mirada desde la periferia no se detiene a estudiar con razonable hondura las mutaciones que se gestan en el capitalismo avanzado, incluyendo la planificación corporativista de largo alcance. Y como no admite la pluralidad de los centros, no se perfilan en este análisis posibilidades de diversificar, matizar e incluso negociar las dependencias periféricas.

Según Prebisch, el capitalismo se ha institucionalizado en América Latina, aunque con modalidades específicas. Se trata de un capitalismo periférico caracterizado por un dinamismo insuficiente y por estancamientos conflictivos, que resultan en el reparto desigual del excedente. Cabe por lo tanto, según Prebisch, transformar a este capitalismo, aunque jamás indica quién sería el protagonista o el motor de esta transformación. Se ciñe en todo momento a una economía política verbalmente contestataria, sin indicar los recursos tácticos o instrumentales que se podrían movilizar a fin de superar las restricciones indicadas.

Los rasgos socialmente “perversos” del capitalismo céntrico se habrían trasladado a la periferia, traduciéndose en la concentración monopólica de las fuerzas productivas, el conspicuo relieve de las transnacionales, y las consiguientes disparidades en el reparto del ingreso. En cualquier caso, la dinámica económica de la periferia es insuficiente pues la acumulación de capital se encoge debido al “consumo privilegiado”, la errónea elección de técnicas y el progresivo incremento de la población. Para contener o atenuar estas tendencias hay que procurar “el uso social del excedente” (fórmula que Prebisch tomó de Aníbal Pinto), y así se plasmaría una síntesis creativa y original entre capitalismo y socialismo. Y sin embargo, América Latina continúa uncida al centro norteamericano sin que los rasgos económicamente positivos que éste presenta se reproduzcan en la periferia. Aquí sólo se perfilan tendencias excluyentes y conflictivas que ningún resorte compensatorio las detiene.

En América Latina, el reparto del excedente se apega a las relaciones de poder; no es presidida por normas económicas. Un resultado inevitable de la politización de los mercados, o, si se quiere, de la alianza pecaminosa entre poder y riqueza. Momento para preguntar: ¿qué es el “excedente”? Es el fruto de la creciente productividad que tiende a depositarse en las manos de los propietarios de los medios productivos. El mecanismo es más sociológico que económico y evoca ciertamente el concepto marxista de plusvalía. No hay lugar para un “capitalismo austero” como el desplegado por las economías emergentes en Japón y en el Sudeste asiático; en esta matriz el ahorro tiene a dilapidarse de un modo desigual a causa de una politización extendida y disfuncional del aparato productivo. Al politizarse, los valores macroeconómicos adquieren otra dinámica pues las relaciones de poder presiden unilateralmente a la economía. Incluso la inflación no es un fenómeno macroeconómico susceptible de ser moderada con medidas neokeynesianas, pues se origina en el juego político.En suma: la politización arbitraria de las economías es la raíz de la marginalidad y de la atonía.

En estas indagaciones de Don Raúl no cabe encontrar referencias a autores que han estudiado estos asuntos, como Schumpeter, Galbraith o Bell, quienes con diferentes lenguajes propusieron hipótesis constructivas en torno al capitalismo en su fase “cuaternaria” o postindustrial. Así las cosas, no cabe sorprenderse de que esta obra postrera de Prebisch no haya tenido los ecos y alcances de su paradigmático pronunciamiento de 1949.

Más aun, tampoco se beneficia de los enjundiosos análisis de F. Perroux [21] . Este autor puso de relieve los factores políticos que gravitan en la formación de precios, tanto en el plano nacional como en el internacional. La preeminencia del factor político opone obstáculos al funcionamiento espontáneo del mercado. La formación de precios y el comercio exterior se ven sujetos a “redes de poder”. Conjeturo que esta hipótesis de Perroux guarda afinidades con postulados establecidos por Hirschman en su estudio de la índole del intercambio comercial en Europa a principios de los cuarenta. En opinión de este economista, Alemania habría sido guiada a la sazón por cálculos políticos en sus nexos comerciales con Europa oriental, con el propósito de consolidar la dependencia comercial respecto de Berlín [22] .

 Es oportuno recapitular: eximido de compromisos institucionales que lo ligaban a organismos internacionales, pero habituado a lo que Myrdal denominó la diplomacia del lenguaje que se apega a los imperativos burocráticos de la ONU, Prebisch se permite en esta obra expresiones mesuradas –aunque a veces combativas- sobre el capitalismo periférico, con particular acento en la gravitación de los intereses políticos que tergiversan el libre juego de los mercados y conducen al uso maligno del excedente. No cabe encontrar en esta obra referencias a autores que han abordado estos temas con perspectivas desiguales. Prebisch los ignora. Rasgo que ha caracterizado toda su trayectoria, como si “lo académico” fuera un hato de abstracciones inútiles. Su indiferencia a las discusiones contemporáneas sobre la naturaleza del estado-nación, su negativa a identificar actores potenciales de la reclamada “transformación” (obreros, estudiantes, clases medias); el análisis apenas pulcro del “excedente”, que en rigor oscila entre las nociones sobre “el producto agregado” según Ricardo y la “acumulación primitiva” según Marx, aparte de su abultada ingenuidad cuando escudriña las fuerzas internacionales que hoy guían los procesos de relativa descolonización: factores que opacan su análisis.

Prebisch en síntesis esquiva preguntas cardinales, como por ejemplo: ¿existe en rigor un capitalismo periférico? ¿O se trata de una modalidad de los corporativismos que prosperaron en el periodo previo a la II Guerra en Japón y en algunos países europeos? ¿Podrá la lógica de los mercados superar al cálculo político? ¿Qué factor sustituye funcionalmente al ethos protestante -móvil del liberalismo económico- en América Latina? Indudablemente, no es el febril nacionalismo que caracterizó a la Alemania bismarckiana y al Japón al irrumpir las reformas Meiji. Y en fin: ¿en qué medida la periferia es capitalista cuando no pocas relaciones sociales y cálculos se apegan a criterios neofeudales?

Estas observaciones a su obra postrera no desprecian de ningún modo el papel protagónico de Prebisch en la formación institucional de la CEPAL, y su marcado ascendiente en el esclarecimiento de los escollos estructurales que entorpecen el desarrollo latinoamericano. Fue un caudillo intelectual para su tiempo. Tal vez ya no es probable ni incluso necesario en esta coyuntura. Como líder y caudillo engarzado- sin bien con gestos heréticos- en los linderos burocráticos de las Naciones Unidas, su figura se enclava con justicia en la memoria colectiva latinoamericana.

Urquidi: El siglo se nos fue y apenas lo conocimos

Ya recordé que Víctor L. Urquidi combinó sus experiencias en la CEPAL y en organismos internacionales con el servicio a su país, particularmente a partir de 1958, cuando el entonces Secretario de Economía Antonio Ortiz Mena le encomendó sugerir un paquete de medidas en materia fiscal, aparte de estudiar los problemas del financiamiento interno y externo del desarrollo nacional.

Alcanzó fecundo éxito en sus gestiones con el Presidente Luis Echeverría, orientadas a implantar la planificación familiar en el país, a fin de moderar los efectos de un crecimiento demográfico explosivo. Asunto en el que Prebisch -en contrapunto previsible- fue prudente.

La vocación de Urquidi como investigador fue absolutamente divergente de la de Don Raúl. Ni “la diplomacia del lenguaje” ni consideraciones institucionales gravitaron en su estilo de investigar. Lector infatigable, atinaba a instruir con precisión a sus ayudantes qué y dónde debían buscar datos y bibliografía.

Urquidi supo en los noventa que su muerte se aproximaba. Resolvió entonces acelerar la preparación de su último libro [23] . En lo personal, esta labor coincidió en lo personal con mi año sabático que transcurrió en El Colegio; pudimos así dialogar con alguna frecuencia sobre cada uno de los capítulos, así como sobre las dificultades que enfrentaba para encontrar alguna cifra o resolver discrepancias entre diversas fuentes. Me pidió que revisara la primera redacción de algunos capítulos. Siempre aceptó con paciencia mis menudas –aunque a veces ríspidas- observaciones. Rechazó una de ellas que, sin embargo, considero aún hoy importante: la referencia a Israel y al Medio Oriente en general como espacios que merecen atención en los cotejos internacionales que le obsesionaban.

El prólogo de esta su obra monumental, que se extiende desde 1930 al primer quinquenio del siglo, está encabezado por palabras de Ricardo III que aparecen en la obra clásica de Shakespeare: “No te atengas al tiempo que vendrá porque el que has malgastado prematuramente ya habrá pasado cuando lo quieras usar”. Acaso se trataba de una oración laica evocada cotidianamente por Víctor L. Urquidi al saber del cáncer que avanzaba con crueldad en su cuerpo, y, tal vez, de un homenaje postrero a su padre, traductor de algunas obras del celebrado dramaturgo inglés.

Desde el inicio, Víctor L. Urquidi recuerda a sus lectores que el término “desarrollo” aún no existía en la década de los cuarenta. Se usaba “evolución”, un reflejo probablemente de las categorías darwinistas que se popularizaron en las décadas anteriores. Y México formaba parte, en el imaginario europeo, de la geografía ocupada por Estados Unidos. Apenas se tenían noticias detalladas -añade- de países como Argentina, Chile o Brasil, cuyo aporte al comercio mundial era a la sazón (y lo sigue siendo) exiguo. El prólogo contiene algunos detalles biográficos, como su infancia transcurrida en El Salvador, Colombia y Uruguay, y la conclusión de su bachillerato en España. No deja de apuntar su admiración a Don Daniel Cosío Villegas.

En el prólogo indica que una obra como la suya debería constituir un texto importante para estudiar las políticas de desarrollo puestas en marcha en América Latina, vacío que la CEPAL jamás pudo llenar, pues sus documentos –áspera expresión la suya- siempre fueron “farragosos" y, a menudo, teórica y empíricamente añejos. En contraste, Urquidi se sustenta en los trabajos de Angus Maddison efectuados en 2005 para la Organización y Desarrollo Económico de Europa (OECD). Además, ajusta cuentas “con mis amigos de la CEPAL” por no leer sus trabajos, o por la resistencia institucional a incorporar nuevas perspectivas [24] .

Entrando en sustancia subrayaré que él niega que exista una “América Latina”, debido a las considerables asimetrías que distinguen a esta región, y prefiere por lo tanto un estudio por subregiones [25] . Subraya, además, que desde 1973 América Latina se habría rezagado respecto de Europa occidental y oriental y de los “tigres” del Sudeste asiático. Sólo África habría quedado atrás de la región. Infeliz consuelo por cierto.

El parteaguas habría acontecido en  1973, cuando irrumpió la crisis petrolera. Los países latinoamericanos no habrían encontrado modalidades adecuadas para encarar la crisis. En cualquier caso, el desarrollo interno de cada país fue parcial y segmentado. Un delgado estrato de empresas habría protagonizado la modernización económica, en tanto que el resto se habría rezagado preservando pautas tradicionales. Recuerda que en los setenta se lanzaron ideas y proyectos ambiciosos dirigidos a crear mercados regionales, como la ALALC, Mercado Común Centroamericano, Acuerdo de Cartagena y Carifta. Pero a fines de los ochenta muy poco se habría alcanzado. Víctor L. Urquidi empezó a dudar de la viabilidad de América Latina, al punto de excluir de su vocabulario este término al menos con signo positivo. El endeudamiento externo habría alcanzado  niveles apenas soportables, debido a la caída de las exportaciones y a la ausencia de la incorporación de innovaciones tecnológicas competitivas.

En contraste con Prebisch, Urquidi ejerce superiores grados de libertad en el señalamiento de problemas que la región latinoamericana no acertó en resolver, e insiste en el carácter fragmentario o contraproducente de las soluciones propuestas. Sus afirmaciones se sustentan en una amplia y actualizada bibliografía. Por añadidura, su lenguaje es claro y, a veces, brusco. No precisa de ningún editor que lo corrija o mejore.

Estas cualidades le permitieron señalar sin reservas los errores más salientes de los gobiernos latinoamericanos. Después de examinar la amplia gama de fallas en el campo comercial, industrial, social, tecnológico, subraya los factores del letargo regional y el fracaso relativo de América Latina para encarar las oportunidades ofrecidas por la emergente economía globalizada. El penoso resultado: un endeudamiento creciente con elevadas tasas de interés y con breves plazos para la amortización, aparte de abultadas diferencias distributivas. Estas circunstancias obligaron a trasladar recursos a la banca internacional a expensas de las inversiones internas en infraestructura y en programas de carácter social. En su opinión, estos rezagos se acentuaron en la última década del siglo XX.

El diagnóstico empuja a Víctor L. Urquidi a proponer directrices orientadas a enmendar este rezago acumulativo. Indica que la región no puede seguir dependiendo de las inversiones extranjeras directas y mucho menos de capitales especulativos que obligan a mantener tasas de rendimiento excesivamente altas y monedas sobrevaluadas. También indica que el crecimiento demográfico debe ser disciplinado, conforme a las posibilidades reales de las economías.

Ciertamente, también cabe atender el deterioro ambiental Urquidi no cree en la perfecta racionalidad de los mercados latinoamericanos, incluso cuando se conducen con formal libertad, debido a las imperfecciones estructurales de estas economías. Durante largo tiempo habrá necesidad de una acertada y compensatoria intervención estatal, aseveración que coincide con las posturas cepalinas de los últimos años.

Coda

Las trayectorias biográficas y profesionales de Raúl Prebisch y Víctor L. Urquidi coinciden en muchos aspectos. Ambos vivieron los suficientes años (por encima de los 80) como para consolidar una influencia duradera. Prebisch comenzó relativamente tarde su carrera internacional, pero atinó a rodearse de talentos juveniles que le suministraron la sustancia académica y la experiencia internacional que le faltaban. Urquidi inició tempranamente su carrera, beneficiándose de contactos internacionales que la postura académica y su fluidez en el lenguaje inglés le permitieron fomentar.

Prebisch fue el gran caudillo intelectual en materia del desarrollo latinoamericano, tanto como líder indiscutible de la CEPAL y del ILPES como en el ámbito del Tercer Mundo (UNCTAD). Dueño de una vigorosa capacidad retórica –casi profética- que ejerció electrizante impacto en la cultura latinoamericana, atinó a difundir ideas relativamente atrevidas superando las restricciones burocráticas del organismo mundial que lo empleaba y haciendo de la CEPAL una comisión regional que superó a las demás creadas por la ONU. Al iniciar sus reflexiones, argentinizó las categorías explicativas del subdesarrollo latinoamericano. Con el tiempo, y tras conocer más de cerca los países, sus dilucidaciones alcanzaron superior pertinencia. Concluyó su obra y vida con un escrito contestatario, que hace uso de algunos conceptos marxistas y neomarxistas, además de las teorías de la dependencia, viraje que aún aguarda explicación.

Por su parte, Urquidi fue más bien un empresario intelectual y un investigador solitario. Gestó una institución de alto nivel académico (El Colegio de México) y no pocos grupos de estudio dedicados a problemas centrales, como los límites físicos del crecimiento (el Club de Roma), la planificación familiar, el saneamiento ambiental, los energéticos, y las políticas a favor de la ciencia y de la tecnología. Su curiosidad carecía de fronteras en la esfera de las ciencias sociales y de la historia, con la excepción de los juegos econométricos que, a su parecer, distorsionan más que dibujan la realidad. Al igual que Prebisch, prefirió profesionalmente el campo resbaladizo, pero acaso más fecundo, de la economía política.

Es materia de hipótesis y especulaciones en qué medida estas vidas paralelas se grabarán o diluirán en la memoria colectiva de las generaciones. En cualquier caso, ambos aguardan a su lúcido Plutarco.

 



[1] Cabe encontrar un fragmentario intento biográfico sobre Raúl Prebisch en Dosman E. y Pollock D., The Legacy of Raul Prebisch, Washington DC, Inter-American Development Bank, 1994. En cuanto a Víctor L. Urquidi, investigadores de El Colegio de México (A. Nadal, S. Trejo y C. J. Alba) están compilando sus trabajos que saldrán en tres volúmenes. Urquidi entregó a la biblioteca de El Colegio 42 cajas que contienen grabaciones y correspondencia personal. Estos materiales ayudarán a plasmar iniciativas encaminadas a redactar una biografía intelectual que suministrará el perfil no sólo de su persona, sino de una época en la historia latinoamericana.

[2] Una de las mejores exposiciones de la evolución institucional e intelectual de la CEPAL que cabe encontrar es la de Rosenthal, G., The Contribution of ECLA to the United Nations Intellectual Legacy, United Nations,  16 de octubre de 2001. Lamentablemente, esta indagación de Rosenthal aún no ha sido vertida al castellano. Ciertamente, la importancia de las evocaciones de H. Santa Cruz, Cooperar o perecer, Grupo editor latinoamericano, Buenos Aires, 1984, no se ha desvanecido.

[3] Véase Prebisch, R., Conversaciones en el Banco de México sobre el Banco Central de la República Argentina, México, El Banco de México, 1944. Para una de las mejores caracterizaciones del itinerario vital de Prebisch – particularmente en sus años juveniles – véase Magariños M., Diálogos con Raúl Prebisch, Fondo de Cultura Económica, 1991.

[4] Me refiero a su monografía El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas, que se reprodujo en el Boletín Económico de América Latina, CEPAL, febrero 1962.

5 Véase J. Hodara, Las confesiones de Don Raúl, Desarrollo Económico, vol. 38, julio-septiembre 1998, Buenos Aires, Argentina.

[6] R. Prebisch, Bases para la creación de una escuela de economía en la República Dominicana, BuenosAires, Editorial Claridad, 1946.

[7] V. L. Urquidi, Otro siglo perdido, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica, México 2005, especialmente el prólogo.

[8] Ortiz Mena R. et al,, El desarrollo económico de México y su capacidad para absorber capital del exterior, Nacional Financiera, México, 1953.

[9] Este y otros temas se consideran en mi libro Prebisch y la CEPAL, El Colegio de México, México, 1987.

[10] Hodara J. op. cit., p. 33 ss.

[11] Para una detallada y personal descripción de estas interacciones, véase Furtado C., La fantasía organizada, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1988

[12] Véase Mallorquín C., Prebisch y Furtado- El estructuralismo latinoamericano, Universidad Autónoma de Puebla, México 1999

[13] Hodara, op. cit., p. 28 ss.

[14] Pollock D. et al., Entrevista inédita con Prebisch, en Revista de la CEPAL, 75, diciembre 2001. Véase también Furtado C., op. cit.

[15] Hodara J., op. cit., p. 171 ss.

[16] Véase Hodara J., El capitalismo periférico tardío según Prebisch: reflexiones, en El Trimestre Económico, julio-septiembre 1988.

[17] Pollock D, op.cit.

[18] Hodara J., Prebisch: Diez años después, El Trimestre Económico, octubre-diciembre 1995. Sobre las limitaciones y desaciertos de la teoría de la dependencia véase Hodara J., El fin de los intelectuales, Universidad F. Villarreal, Lima, Perú 1973.

[19] Hodara J, Las confesiones de Don Raúl, El Trimestre Económico, julio- septiembre 1998.

[20] Hodara J, Prebisch: Diez años después, op. cit.

[21] Perroux F., The domination effect and modern economic policy, en K. W. Rothschild, Power in economics, Penguin, 1977.

[22] Véase el libro apenas conocido de Hirschman A. O., Power and Internacional Trade, California University Press, 1945.

[23] V. L. Urquidi, Otro siglo perdido. El Colegio de México y FCE, México, 2005.

[24] En carta personal del 20 de mayo de 1998, Víctor L. Urquidi me decía que la CEPAL debería extraer conclusiones de esta ausencia de una América Latina, creando nuevas subsedes en regiones que presentan similares estructuras. Le contesté que dicha sugerencia era razonable, pero que la decisión al respecto dependía del aparato burocrático de las Naciones Unidas.

[25] Sus relaciones con la CEPAL- Iglesia burocrática  no siempre fueron cordiales. En cartas personales me revelaba su cólera por verse obligada a adquirir personalmente publicaciones de la CEPAL que requería, y que a menudo ninguno de sus altos funcionarios le anunciaba -mucho menos le ofrecía- comentarios  a sus escritos.