Las ideas. Su política y su historia: HOMENAJE A FERNANDO SAVATER EN SU SEXAGÉSIMO CUMPLEAÑOS

Savater y la actitud llamada a Ensayar

Carlos Pereda | UNAM, México

Resumen

El presente artículo intenta poner de relieve que la actitud llamada ensayar, ejercida con suma valentía y originalidad por Fernando Savater, es una actitud antidogmática y abierta que incomoda a todo sectario, intelectual o político, lo que ha constreñido a Savater a convertirse en un gran polemista al tiempo que, a nivel personal, le ha granjeado desagradables y hasta peligrosas consecuencias.

Palabras clave: Savater, ensayar, razón, sectarismo, nacionalismo

Abstract

This article highlights the so called attitude of essaying, adopted with great courage and originality by Fernando Savater. It is an anti-dogmatic and open attitude that is a thorn in the side of any intellectual or political sectarian. This attitude makes Savater a great polemicist and it has had unpleasant and even dangerous personal consequences

Key-words: Savater, essaying, reason, sectarianism, nationalism

 

Un venerable consejo advierte que en todo momento hay que evitar las malas compañías. Ah..., las benditas malas compañías. Se entiende: caballeros que usan camisas multicolores, gustan de las carreras de caballos, escriben demasiado fluido y convencen con opiniones a contracorriente de la derecha y, también, a contracorriente de la izquierda. Con esas herramientas, no se deja de incomodar a la gente que piensa en bloques de pensamiento: a la gente bien instalada en alguna parte, no importa dónde, pero eso sí, bien instalada detrás de alguna máscara fija: esa forma de la fatiga crónica, esa forma de la muerte en vida.

Felizmente, nunca he tenido miedo de rodearme de las malas compañías que constituyen algunos libros, como, por ejemplo, los de Fernando Savater, ese inagotable surtidor de pensamientos frescos, implacables. Y aunque con frecuencia se trata de pensamientos rigurosamente sensatos, rigurosamente razonables, siempre -no sé cómo- Savater se las ingenia para que conserven el olor a pólvora y escándalo. Con estas palabras espero no estar ayudando a destruir algo tan valioso como la mala reputación de Savater, porque ella es, de seguro, parte de su genio. Pero, ¿qué se puede decir en general sobre este pensador un tanto impredecible y, para nuestra suerte, saludablemente “mediático”, siempre en medio de aventuras, grandes o pequeñas, pero eso sí, aventuras?

Como los héroes del Romancero, su vasta e importante obra, podría levantar como bandera aquello de "mi descanso es pelear". O, más bien, en el caso de Savater, "mi descanso es... alegremente pelear". (Cuando se pelea con resentimiento o amargura, el resentimiento o la amargura acaban contaminando la lucha misma y el alma de quien lucha se hace pedazos). Pero, ¿en contra de qué y de quiénes combate alegremente Savater?

Entre otros, dos enemigos provocan, una y otra vez, su inteligencia, su humor y su ira: los sectarios, en general, y los nacionalistas, en particular. Se conoce: toda secta es partidaria de una ética de la perspectiva restringida, localista, asfixiante y, en consecuencia, enemiga enloquecida de las perspectivas crecientemente abarcadoras. ¿De qué hablo?

Los devotos de la Secta, con sotana o sin ella, de derecha o de izquierda, autoproclamados o enmascarados, despliegan para Savater contraejemplos que acaban con la actitud llamada “ensayar”. Para esta actitud, ni en el mundo físico ni en el social son válidas las explicaciones últimas. O, para decirlo con un pleonasmo, a partir de esta actitud se combate, ante todo, esa pasión ingrata, la de tener que embobarse con alguna Última Palabra. Quien desconoce la Última Palabra se demora en el ejercicio de la libertad y rechaza pensar que sólo él tiene la razón, y los demás o están confundidos, o no saben razonar, o se hundieron en el fango del oportunismo o, lo más probable, son -¿quién lo podría dudar?- peligros públicos.

Por el contrario, la actitud llamada “ensayar” se caracteriza por promover conversaciones apasionadas con los demás y consigo mismo -y, en lo posible, en voz no demasiado estridente-. Para la actitud llamada “ensayar” las conversaciones no acabarán nunca, porque todo conversador genuino sabe que sobre cualquier asunto existe la posibilidad de una nueva descripción, de un nuevo argumento. De ahí el gusto de Savater por el género más propio de esta actitud: el ensayo. En su trabajo "El ensayo filosófico en España" de su libro Escritos politeístas (un título que ya es una declaración de principios) Savater nos dice:

El dogmático no ensaya. Ensayar es, a fin de cuentas, dudar del papel, no sabérselo del todo, no estar seguro de los gestos que corresponden a cada frase o del tono de voz más adecuada para decirla.

Ensayar es caminar por la cuerda floja y rehuir en la argumentación tanto los vértigos simplificadores como los vértigos complicadores. Por eso, quien ha hecho una pasión del ensayar, y no deja de caminar de un lado para otro, a veces en los bordes del abismo, se vuelve una compañía poco estable, esa característica de la gente libre.

En relación con los nacionalistas (hierbas venenosas, si las hay, y que quizá nunca mueran) Savater ataca en varios frentes. Por lo pronto, una “reflexión nacionalista” es para Savater, con razón, algo así como hierro de madera: la reflexión se vincula con el vagabundeo, el exilio, el viaje, el estar aquí y allá, sin pertenecer del todo a ningún barrio, a ningún bando, a ninguna patria, a ningún partido. Esta condición de nómada, y también, de inevitable mestizaje de la reflexión, lo lleva a señalar en su peculiar Diccionario Filosófico (tan peculiar como el de su admirado Voltaire):

Al hijo obediente de familia patricia, al plebeyo que desconfía de cuanto viene de afuera, al pura sangre forzoso o voluntario... nunca se le suele ocurrir nada nuevo. Ese filósofo con memoria pero sin raíces, que ha roto amarras, nunca expresa una perplejidad nacional o una pregunta de índole colectiva, sino el asombro y la desazón de quien se encuentra solo frente al abigarramiento extenso del mundo, asediado por mitos, leyes, supersticiones y conocimientos prácticos de diversa índole.

En este sentido, hay que tener en cuenta la valiosa propuesta que hace Savater para distinguir el uso de la palabra "cultura" del de "civilización": una cultura es local, resultado de cierta tradición que separa más o menos rígidamente el "ellos" y el "nosotros", el incluido y a quien se excluye. En cambio, la civilización se funda como la "patria común" de las patrias chicas, como la cultura humana (¿o meta-cultura de todas las culturas?). Por eso, a partir del punto de vista de la civilización se desconfía de las diferencias demasiado publicitadas y, sobre todo, de la pomposa y arrasadora Diferencia entre las culturas. Así, el tema sostenido de la civilización se articula con lo que se podrían denominar nuestros "universales materiales", esa delicadísima trama que nos vincula a todos los humanos: la contingencia del nacimiento y de la muerte, el dolor que une y separa, la sexualidad, los lenguajes, los sueños de la vigilia y los otros, la conciencia de nuestras muchas servidumbres y desgracias, pero también, de nuestra libertad y su consecuencia inevitable, la actitud llamada “ensayar”.

Bueno, tal vez se conceda, he aquí varios de los enemigos recurrentes de Savater: sectarios de todo tipo, nacionalistas, racistas, "diferencialistas delirantes" y todo ejército de desmesuras que se nos pueda ocurrir... Quiero decir: atropellados que, de tan asustados que están por lo que creen, no pueden dejar de aferrarse a la máxima de la razón arrogante: Siempre es bueno más de lo mismo.

No obstante, ¿cuáles son sus amigos y sus amores?, ¿a favor de qué lucha este señor que para los nacionalistas vascos es un vasco descastado, tan descastado acaso como Baroja o Unamuno? Como esos maestros, también Savater defiende que el nacionalismo, cuando no se ha convertido en una enfermedad muy grave, se cura leyendo y leyendo, y también viajando un poco.

Pero repito: ¿qué quiere este señor? Tal pregunta no acepta la respuesta breve y rotunda (breves y rotundos son los contenidos de todas las Sectas.) Como a cualquier persona lúcida, muchas son las cosas que le interesan a Savater. En su caso, muy móvil resulta su atención, y su curiosidad, muy variopinta... Sin embargo, sospecho que un concepto y una vivencia son su fuego cotidiano: Savater lucha por la alegría, por la cotidiana y hasta pobretona alegría que, alejándonos de la muerte, nos devuelve a la vida. La alegría savateriana no conoce fronteras -ni países, ni disciplinas académicas- y sabe expandirse hasta abarcar los más diversos temas, los más diversos intereses, los más diversos seres humanos. En su temprana juventud, Savater escribió un compartible Panfleto contra el todo. Pero cuidado: hay un sentido opuesto a ese “Todo” con mayúscula, monótono, aburrido, que ataca este panfleto. Existen también... los "todos", con minúscula, los “todos” tentativos, precarios, provisorios. ¿Cómo es esto?

Como en cualquiera de sus libros -y toda la nítida escritura de Savater es una puerta ancha para penetrar en Savater- en otro libro suyo, Las preguntas de la vida, tratando de presentarnos de nuevo a esa vieja y condecorada pero, hoy, un tanto venida a menos señora, la Filosofía, al hablar de las diversas perspectivas que podemos tener sobre un objeto, por ejemplo, un análisis físico-químico, un análisis matemático, una descripción histórica..., Savater nos indica que, además de cada una de esas perspectivas, para la filosofía hay todavía otra -más decisiva- para entender cualquier objeto:

Una perspectiva que no ignorase ni descartase ninguna de las anteriores pero que pretendiera abarcarlas justamente en la medida de lo posible, aspirando a comprenderlo en su totalidad.

Pero, ¿de qué "totalidad" se trata?, ¿cómo se llega a esa "totalidad" que no se debe dejar de contaminar por el “Todo” homogéneo, dictatorial, arrasador de su panfleto juvenil? Savater nos informa:

No faltará alguna persona sencilla y cándida, nuestro portero o el quiosquero que nos vende la prensa, para comentar: "¡En qué mundo vivimos!" Entonces nosotros, como un eco pero cambiando la exclamación por la interrogación, nos preguntaremos: "Eso: ¿en qué mundo vivimos?"

Generalizando la observación tal vez podamos decir que una de la técnicas favoritas para alcanzar la "totalidad" del momento, los “todos” tentativos a que aspira la reflexión no presa de la razón arrogante consiste en rotar la atención y cambiar la forma exclamativa por la forma interrogativa: sustituir el embobarse mistificador que paraliza, tan propio de todas las sectas que en el mundo han sido, por el asombro que invita a indagar con cuidado y minucia los varios aspectos de un asunto, tan propio de la razón razonable.

He afirmado ya que Savater le devuelve frescura -y hasta, insisto, pólvora y escándalo- a muchas de esas viejas verdades que suelen provocar la burla de quienes, por siempre "querer algo más profundo", nunca acaban de ver nada (ya que, en su afán de profundidades, terminan por desconocer las profundidades que tienen ante los ojos). Así, en medio de tanto ruido relativista y de tantas apuestas por cualquier entusiasmo suicida (en medio de tantas calamidades pos-ilustradas y de tantos naufragios pre-ilustrados) reconforta oír de nuevo una nítida defensa de la razón no arrogante, de la razón razonable y de sus pretensiones de plebeya universalidad. En Las preguntas de la vida se señala:

Detestar la razón es detestar a la humanidad, tanto a la propia como a la ajena.

En ese libro encantador, luego, como resumiendo todos sus argumentos y pasiones, Savater recuerda tres versos precisos, fulgurantes de Antonio Machado, que no me resigno a omitir (y que en estos días convendría repartir por las calles, hoy de nuevo tan abarrotadas de Sectas que declaran no serlo, pero que ya a lo lejos se las reconoce en su desprecio por la actitud llamada “ensayar”):

Tu verdad, no: la Verdad.
Y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.