Las ideas, su política y su
historia
Euskadi: verdugos, cómplices y víctimas
Aurelio Arteta | Universidad del País Vasco
En medio del griterío reinante en la Comunidad Vasca y en España en general (desde el llamado plan Ibarretxe hasta la tregua territorialmente selectiva declarada por ETA), conviene volverse hacia las víctimas del terrorismo, porque sus voces calladas nos ayudarán a mantener el rumbo. Animado por esa presunción, tal vez al lector le interesen estas tres recientes reflexiones que aquí me he permitido reunir.
I. La devaluación de las víctimas
1. Los periodistas acreditados en las Cortes nombraron a fines del año 2002 a don Josu Erkoreka “diputado revelación”. Se reveló al parecer como el mandatario menos esquinado o más presentable del Partido Nacionalista Vasco en Madrid. Con tal ocasión EL PAIS le hizo una entrevista (29 de diciembre), en cuyo transcurso la entrevistadora le interpela: “¿Nunca se pregunta a qué se debe que compañeros de otros partidos tengan que llevar escolta y usted no?”. Y he aquí la ingeniosa respuesta que el diputado del PNV tuvo el desparpajo de ofrecer: “Sí; a la arbitrariedad de quien fija los objetivos de la pistola, que hasta en eso es caprichoso”. La infamia ha pasado sin mayores comentarios, seguramente porque los lectores aún no han salido de su estupor.
O sea que, por mucho que conozcamos las causas últimas de nuestro terrorismo, no hay manera de prevenir sus móviles inmediatos. Invoquen lo que invoquen, sus agentes carecen al parecer de motivos fundados y regulares a la hora de fijar los blancos de su siniestra actividad; hoy se impone el arbitrio de uno y mañana el de otro. Lo mismo puede ETA hacer la pascua a éste que felicitársela a aquél; usted que me lee o el señor obispo serían destinatarios intercambiables de sus zarpazos. La arbitrariedad señala a quien le place y no han de buscarse razones donde reina la manía. Si los terroristas actúan al dictado de su real y mortífera gana, sus fechorías no tienen más origen que el psicopatológico.
2. Claro que la cómoda tesis de la irracionalidad de ETA suscita más interrogantes que los que intenta ocultar. Porque entonces se entiende mal el pacto de Estella, o sea, el acuerdo entre los propios partidos nacionalistas y una banda armada incapaz -por caprichosa- de respetar pacto alguno; como tampoco se entiende mejor la encendida defensa del brazo civil del terrorismo ya sea por parte del PNV o del Gobierno y todavía hoy mismo del Parlamento Vasco cada vez que algún juez detecta en aquél algo más que caprichos. ¿O estaremos, según se pretende, ante magistrados tan veleidosos como el propio delincuente? Al presentar el recurso de inconstitucionalidad contra la Ley de Partidos, el lehendakari Ibarretxe juzgaba injustificado que la disolución se aplicara a formaciones políticas que “preconizan ideas o realizan actividades” que en esta sociedad tan sólo “molestan, chocan e inquietan”. Días después anunciaba Arzálluz el “apoyo moral” (sic) que su partido va a prestar a estos muchachos molestos e inquietantes. Así las cosas, ¿no serán los ilegalizados de hoy víctimas aún mayores que las propias víctimas de sus actos ilegales de ayer?
Pero no se puede servir a dos señores y, si se está con los unos (los victimarios), entonces se está contra los otros (las víctimas). Se entiende muy bien, por eso, la dilatada trayectoria nacionalista de desprecio hacia tantos inmolados, de su arrinconamiento bajo sospecha, de su equiparación con los “caídos” del frente contrario, de vergonzante desamparo de sus familiares; en fin, de preferencia efectiva hacia quienes están presos por haber matado o ayudado a matar… Y aquí no pasa nada.
3. Confesar en esta tragedia colectiva alguna culpa -siquiera por pasivo consentimiento- es algo que nos honraría a todos los vascos, pero que a algunos se les hace más cuesta arriba. Contra esa clamorosa distinción que ETA y Batasuna establecen a diario entre nosotros, y que delata a unos como de su cuadrilla y a otros como abiertos enemigos, nuestros nacionalistas moderados no tienen mejor salida que esparcir a toda costa la indistinción. Frente a aquella diferencia que les acusa, aquí viene la indiferencia con la que se protegen. Les conviene, desde luego, adensar esa oscuridad en la que casi todos los vascos son pardos. Que a nadie se le ocurra, pues, acercarles a los verdugos, porque también ellos aspiran a ocupar -a fin de degradarlo- el lugar prestigioso de las víctimas. Se evitan además cuestiones embarazosas, tales como el vínculo que media entre la ideología que alimenta al criminal, las metas que expresamente persigue y los crímenes que perpetra. ¿Para qué aludir una vez más a las creencias transmitidas a través de la educación gubernamental, aplaudidas en la televisión gubernamental o primadas por la subvención gubernamental?
Así que poco importa proclamar en serio una impostura como la de aquel diputado, que ninguna persona decente podría sugerir ni en broma. Según ella, tan amenazados estarían los concejales del PNV y EA por los antojos del asesino como los de cualquier otro partido que se las dan de acosados. Si hay pueblos donde los votantes constitucionalistas (y qué decir de sus candidatos) enmudecen y se esconden para sobrevivir, eso es cosa suya y allá cada cual con sus miedos. Si algún grupo político sale más favorecido en esta lotería, que nadie lo achaque a oscuros contubernios ni pretenda obtener provechos electorales. Bien es verdad que el cálculo de probabilidades parece sugerir otras lecciones, pero vivimos en un tiempo y un lugar en que se politizan hasta las matemáticas.
O hasta la piedad. Porque está bien eso de manifestar enseguida de un atentado mortal la solidaridad con el partido del difunto y el más dolorido pésame hacia sus parientes. Pasados los funerales, sin embargo, sería hora de hacer ver a la viuda y a los huérfanos que su marido o su padre no han muerto por causa alguna que los enalteciera, por nada que a los ojos del sayón les distinga de otros hasta hacerles acreedor del disparo o la bomba. Sólo habría sido un accidente, y los accidentes no revelan ni mérito ni demérito…
4. Y es que de esto se trata: de que aquella pregonada veleidad del verdugo rebaje la virtud de su víctima, y con ella decrezca la mala conciencia civil y se diluyan las responsabilidades políticas más seguras. A mayor número de víctimas presuntas, menor valor de las víctimas reales: si todos ya lo somos simplemente porque en cualquier momento podemos serlo, entonces interesa menos saber quiénes de hecho lo son y -sobre todo- por qué han alcanzado tan trágica condición. Comienza por silenciarse que entre nosotros, además de las ya irreparables víctimas cruentas, hay muchas más incruentas que padecen este horror de múltiples modos. Se diría también que en este país el riesgo no estriba en hablar en voz alta, escribir o actuar en público contra lo que es debido. No, aquí se quiere propagar el absurdo de que ETA persigue o mata tan sólo por pensar de modo diferente, como si bastara con eso y la bestia fuera incluso capaz de escudriñar las conciencias. De manera que habitamos un lugar en el que, no ya los 42.000 calculados por Gesto por la Paz, ni siquiera la mitad constitucionalista de los ciudadanos, sino casi toda la ciudadanía al margen de credos políticos viviría objetivamente amenazada por una minúscula facción de asesinos y colaboradores. Unos pocos lunáticos o malvados y todos los demás buenos, normales e inocentes; sobre todo, inocentes.
Estaríamos en esa situación, ya denunciada por Günther Anders, en la que “al final nadie asume responsabilidad alguna, y lo único que queda es la tierra carbonizada de las víctimas y la radiante buena conciencia de los necios” [1].
II. La complicidad con el verdugo
1. Convendría, pues, recordar que ellas son víctimas sociales, no naturales; que sufren un daño nacido de la libre decisión de otro hombre, y no de alguna necesidad inexorable. Su mal señala a responsables y exige ser juzgado en términos de inocencia y culpabilidad. Y dada la brutal naturaleza del terrorismo (que mata sin acusación ni margen de defensa, que asesta un daño definitivo, indiscriminado y fuera de toda proporción), su víctima siempre es inocente y su verdugo siempre culpable.
No suele repararse tanto en que son también víctimas políticas, o sea, objetos de un crimen público y no de un mero crimen privado. Quiero decir que se las hace víctimas desde el orden ideal que algunos convecinos desean para nuestra sociedad, esgrimiendo unos hipotéticos derechos, con vistas a un proyecto político, en nombre de un presunto Pueblo; en suma, por nuestro bien y en nuestro nombre. Ya eso sólo las convierte en víctimas mayores y más graves; por contraste con cualquier delito particular y sus afectados, este delito público y sus víctimas nos comprometen como ciudadanos. Como el asesino invoca unos principios normativos últimos y apela a cierta concepción del bien común, ha de juzgarse asimismo la justicia o injusticia de esta empresa política que ha dejado tantas víctimas tras de sí. Adelantemos que las del terrorismo, además de inocentes, son víctimas de una pretensión injusta.
Pero es que no fueron víctimas tan sólo un aciago día; desde entonces lo son todos los días transcurridos, porque nadie les puede devolver lo que les han arrebatado. Ese es un estado del que no hay recuperación posible. En el mejor de los casos, uno puede encallecerse frente al dolor de la pérdida o contra el miedo sembrado por la amenaza. En el peor, el silencio o el desinterés general renuevan cada día su tortura; ya el simple espectáculo político cotidiano, las soflamas del bárbaro y su cansina réplica, los rostros tensos y los decepcionantes resultados electorales..., todo les recuerda que permanece lo Mismo que les sacrificó y hoy vuelve a sacrificarles. Esta re-victimación es el proceso en virtud del cual, quien fue víctima, lo es de nuevo; significa la reproducción -a veces involuntaria, a menudo maliciosa e interesada- de su atropello y su desgracia. Ahora la víctima de muy pocos pasa a serlo de la inmensa mayoría; la víctima de los malos (los terroristas) resulta al final la víctima de los tenidos por buenos (los “normales”, los sedicentes demócratas). Pasemos revista a algunos procedimientos ordinarios que, entre nosotros, incrementan la pena subjetiva de las víctimas a fuerza de aumentar su desprecio objetivo.
2. Están primero las confusiones obscenas. Las víctimas en la Comunidad Vasca son profundamente desiguales, no ya sólo en el sentido legal, sino ante todo a una mirada política y moral. Difieren según la naturaleza de su victimario o de la causa en virtud de la cual fueron abatidas, y son tales diferencias las que fundan la valoración moral específica que merecen y el tratamiento público que se ha de dispensarles. Mas en amplios grupos de nuestra comunidad se ha propiciado una ritual y vergonzante equiparación entre unas y otras víctimas.
Aún se escucha esa barbaridad que iguala a las víctimas del terror político y las de los accidentes de tráfico o del Sida. O se proclama la equivalencia entre las víctimas del terrorismo (ETA y GAL) y las de la policía o de los tribunales, hecha abstracción de su respectiva inocencia y culpabilidad; es decir, al margen de ser resultado del empleo de la fuerza bruta o de la fuerza legal, del fanatismo criminal o del derecho penal, como si la condición de víctima le conviniera en idéntico sentido al asesinado que al preso por asesinato. No faltan los perezosos biempensantes que, ante ocasionales víctimas mortales de ambos lados, nos predican que la muerte ha venido al final a equipararlas y que todos merecen la misma piedad. Así se ha confundido a las víctimas inmoladas con premeditación con las víctimas autoinmoladas cuando ejercían de verdugos. Al parecer, y puesto que ya sólo son despojos muertos, han perdido hasta el derecho a que les prestemos el juicio político y moral que debe distinguirles; es decir, como si fuera irrelevante que unos murieran matando o disponiéndose a matar y otros murieran matados...
Pero también como si el dolor seguramente parecido de sus familiares respectivos bastara para asimilar el valor de las causas políticas por las que unos amenazan o quitan la vida de bastantes y otros exponen o pierden la suya por defender la de todos. Desde Aristóteles sabemos que compasión e indignación son las emociones que acompañan a la justicia[2] , pero aquí se pretende que la sustituyan. Quiere olvidarse que la compasión ha de dirigirse inmediatamente hacia la víctima y la indignación hacia su asesino, de forma que confluyan en un proceso judicial que repare en lo posible el daño causado. Sólo después, una vez satisfecha la exigencia de justicia, podremos apiadarnos también del que está sufriendo la privación de su libertad como castigo por su delito. Demandar cualquier otra actitud sería fomentar la perversión de estos sentimientos morales.
En último término, este falso victimismo acaba incluso por atribuir al verdugo la condición de verdadera víctima a fuerza de considerarle combatiente de una causa política tan noble como la liberación de un pueblo. En qué consista ese pueblo, tratándose de una sociedad tan heterogénea como la vasca, y de qué tiranía quiera liberarse cuando la mitad de la población no la experimentan, son secretos bien guardados por el nacionalismo étnico. Quieran que no, y más allá de sus eventuales aspavientos, asoma la empatía con el propio verdugo, la cercanía y familiaridad con su mundo, la disculpa de sus vilezas, etc. Y todo ello se ha plasmado en la complaciente muletilla de que no cabía una “solución policial” para ETA, que era otro modo encubierto de protegerla. Tampoco la represión penal acabará con los delincuentes del mundo, pero eso no parece razón suficiente para renunciar a los medios represivos contra el delito.
3. Con ello viene la ya mentada devaluación de las verdaderas víctimas. Se las banaliza, por ejemplo, cada vez que se da por seguro que, en cuanto ETA desaparezca, tanto el Estado como la sociedad serán generosos con la suerte personal de los asesinos. Con intención o sin ella, se las devalúa también al dejar sentado que todos somos víctimas potenciales de ETA, lo mismo los que dan la cara como quienes la esconden, quienes hablan en voz alta y los mudos, los de un partido o los del partido contrario. Puros objetivos de la casualidad, este descrédito de las víctimas reales permite crecerse a las víctimas imaginarias, contemplar indiferentes las razones políticas en juego y sostener la equivalencia civil de los proyectos de unos y otros.
La devaluación puede convertirse en acusación. La desvergüenza de algunos llega a reñir a las víctimas por no querer perdonar, y así entorpecer la paz social..., cuando los matadores o sus voceros ni han pedido perdón ni mostrado un arrepentimiento que parecen estar lejos de sentir. Lo confirmarían cuantos comunicados acompañan a las demandas reivindicativas de las gestoras de presos etarras: se reconocen como prisioneros de guerra, no como criminales. Bastaría algún reconocimiento de su pecado para que las víctimas, al menos bastantes de ellas, estuvieran más proclives al perdón. Entretanto no parece justo que, tras convertirlas en víctimas hasta ahora desamparadas, les exijamos que se comporten encima como santos.
4. Y así se acaba en la complicidad con el verdugo. Porque no es sólo la brutalidad de una banda de desalmados la que se cobra sus víctimas, sino también la sinrazón de unos supuestos y metas compartidas por muchos que -incluso contra las intenciones de sus creyentes- animan objetivamente a los verdugos.
Si la atribución de supuestos derechos colectivos, así como la presunción de un pueblo sojuzgado, carecen de todo fundamento; si las razones políticas aducidas no son democráticas, sino etnicistas; si los objetivos perseguidos (secesión política, incorporación de otros territorios, etc.) no son ni pueden ser libremente asumidos por la mayoría de las gentes, entonces las víctimas inocentes del terrorismo lo son también de una descomunal injusticia. Tal vez no habrían llegado a serlo si sus victimarios hubieran sido a tiempo desautorizados o perseguidos o, al menos, no se vieran arropados por quienes recogían las nueces del árbol que aquéllos meneaban. Tampoco si en familias y en cuadrillas de amigos, en bares y en colegios o Universidades se dijera en voz alta lo que había que decir. Hace ya tiempo que no basta con aborrecer a ETA, faltaría más; la conciencia ciudadana exige asimismo discutir las falsas creencias que la alimentan, exige denunciar cuantos gestos públicos -y el denominado plan de Ibarretxe sólo representa su culminación- vienen de hecho a legitimarla.
Por aquí se revela toda la hondura y todo el escándalo de aquella revictimación. Solemos olvidar que, junto al mal cometido y al mal padecido, existe también un mal consentido[3] ; y este consentimiento, esta omisión que viene a ser sin duda un modo de acción, nos vuelve en la medida que se sea corresponsable de aquel mal. Cada uno ha de preguntarse entonces cuál es su lugar en esta larga “cadena de complicidades”, si el de cómplice del terrorista o cómplice de su cómplice, pero que nadie se considere ajeno a ella. Y menos que nadie, claro está, las instituciones políticas vascas. Pues la clamorosa complicidad de nuestra mayoría gobernante tiene que agravar la aflicción de las víctimas hasta su total desconsuelo. Y es que, por mucha obligación personal que tengamos hacia ellas, más aún debe empujarnos una obligación institucional. Los parientes de las víctimas en su mayoría fueron sacrificados por pertenecer a este partido o por desempeñar tal función pública, ciertamente, pero sobre todo porque así lo exigió una causa inicua. Sólo si esta causa no triunfa, sabrían entonces que su inconsolable dolor íntimo no ha sido además políticamente estéril.
5. De ahí la difícil reconciliación en el País Vasco. El perdón y la generosidad por parte de las víctimas se hacen más dificultosos cuando persisten en buena medida las circunstancias y las justificaciones que ampararon el terror que las golpeó. Frente a una demanda de olvidar más o menos hipócrita o partidariamente rentable, tendría pleno sentido el resentimiento que Améry se atreve a exhibir. “Sólo yo estaba, y estoy, en posesión de la verdad moral de los golpes que aún hoy me resuenan en el cráneo y, por tanto, me siento más legitimado a juzgar, no sólo respecto a los ejecutores, sino también a la sociedad que sólo piensa en su supervivencia... Mis resentimientos existen con el objeto de que el delito adquiera realidad moral para el criminal, con el objeto de que se vea obligado a enfrentar la verdad de su crimen”.
Bien sabemos que la sociedad, más preocupada por su seguridad y por el futuro que por la vida dañada en el pasado, mostrará su disposición a borrar todo recuerdo doloroso y toda voluntad justiciera. Pero el caso es que si la víctima accede a tal demanda impersonal, dará muestras de “insensibilidad e indiferencia frente a la vida (...). Sólo perdona quien realmente consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad”. También puede plegarse por puro sometimiento al sentido social y biológico del tiempo -esa instancia que todo lo cura o siquiera cicatriza- y perdonar por pura comodidad o agotamiento. Sí, pero precisamente por esa razón, “tal conciencia no sólo posee un carácter extramoral, sino antimoral”. El auténtico sujeto moral opta por suspender el tiempo, responsabilizar al criminal de su crimen para que así pueda por fin “relacionarse con la víctima como semejante”[4] .
Sea como fuere, sólo la víctima puede perdonar al criminal, y nadie más. A los restantes nos resulta tentador, apoyados en una falsa lectura del mensaje cristiano, otorgar a los verdugos una absolución fácil. Pero lo cierto es que, lo mismo cuando exhorta a poner la otra mejilla o enseña el Padrenuestro, Jesús sólo me pide que yo perdone el mal cuando me lo hagan a mí. “En ningún pasaje se recoge que yo tenga que perdonar las ofensas que otros han cometido a los demás. Sin embargo, la ideología más extendida entre los cristianos es que, para ser un auténtico cristiano, debemos perdonar, simple y llanamente, sin tener en cuenta contra quién se ha pecado...”[5] . Esa ideología ha predispuesto a rezar por los opresores más que a defenderse activamente de ellos. No será preciso insistir en que un perdón así, en el nombre de las víctimas, pero sin su iniciativa o consentimiento, no hace sino propinar una nueva afrenta a las mismas víctimas. Por eso podía concluir Marcuse: “Creo que el perdón fácil de esos crímenes perpetúa la propia maldad que trata de aliviar”[6] . Nada se diga si en demasiadas ocasiones, tal como ha sucedido en el caso vasco, los criminales han sido recibidos y homenajeados en sus pueblos como verdaderos héroes. ¿Cuándo, pues, será llegada la hora del perdón? Si carecemos de ese derecho antes de asegurarnos de que el culpable siempre recordará su culpa, como dicen algunos, menos aún lo tendremos en el caso de no estar siquiera seguros de que el terrorista admita ser culpable. ¿O es que, además de absolver de antemano su probable reincidencia en el terror, deberemos perdonar incluso la incapacidad de su conciencia endurecida?
III. Campaña de maquillaje
Maquiavelo recomendaba al príncipe ser “un gran simulador y un gran disimulador”, pues no concebía habilidad mayor del gobernante que la de saber dar en cada momento la apariencia oportuna. Tal era la virtù política básica, el poder presentarse como bueno o malo según convenga. Y si no hay político libre en mayor o menor medida de maquiavelismo, a fe que en el Gobierno Vasco cuenta con discípulos francamente aventajados. Ahí está para probarlo su reciente “Campaña de sensibilización por la paz y la libertad” (enero del 2004), un trabajoso empeño por simular lo que no está pasando y disimular lo que en verdad nos ocurre. Para decirlo con uno de los motivos centrales de su cartel publicitario, todo un ejercicio de maquillaje político.
Pues tal vez el primer modo de simulación resida en el diseño mismo del cartel. Ese parecido y esa proximidad entre la bala y la barra (de carmín) podrían producir el efecto de banalizar el daño o, al menos, de oscurecer su comprensión. Un proyectil y un pintalabios, juntos y a la par: lo que tiene el cuadro de imaginativo, por reunir objetos a primera vista tan alejados, le falta de didáctico al no saber desvelar la conexión entre ambos. Por ahí se escapa el que hubiera sido quizá el mensaje más profundo del anuncio. Pues se trataría de entender de una vez que no hay en Euskadi, de un lado, muchos pacientes del terrorismo y, del otro, muchísimos más que camuflan esta sórdida realidad. Sino más bien que, si aquí hay tantos amenazados, es en buena medida porque hay cinco veces más de personas que tratan de acicalar ese espectáculo o asisten al espectáculo como si no fuera con ellos. O sea, porque dejan vía libre a los amenazadores.
Pero los maestros en este oficio sin duda son los que detentan el poder político en nuestra comunidad, sencillamente porque ese poder incluye entre otros el poder de arreglar el aspecto de las cosas a su gusto. Destaquemos tres momentos básicos de permanente sesión de maquillaje. Primero se busca la concentración de toda la culpa, de cuantos males padece esta sociedad, en esa banda terrorista que amenaza atentar contra nuestra vida y derechos. Su símbolo sería la bala. Fuera de lugar queda entonces toda pregunta acerca de la complicidad de los nacionalistas, gobernantes o radicales, con la banda armada: complicidad o connivencia directa, como el Pacto de Estella, o indirecta, como revelan innumerables políticas conjuntas encaminadas a la construcción nacional. Después se emprende una inicua difuminación de la responsabilidad político-moral entre todos los ciudadanos, igual que si no hubiera diferencia entre ellos en el modo como han consentido o adornado esta situación. Tal representa el lápiz de labios. Así se llega, por último, al ocultamiento de la responsabilidad propia e incomparablemente mayor de unos partidos nacionalistas instalados en el Gobierno durante un cuarto de siglo.
1. Un recurso acostumbrado para retocar nuestra vida pública estriba en la reducción o simplificación de su realidad, que no es sólo el terror o su amenaza. Un tumor como ETA será lo peor, pero en modo alguno lo único malo de esta tierra. De manera más insidiosa vive entre nosotros el virus del etnicismo, que inflama a varios partidos y que está enfrentando a nuestras gentes en dos mitades. De suerte que no es ETA la primera que silencia la voz crítica de muchos conciudadanos, sino una presión entre oficial y ambiental sofocante, la perversión ordinaria de muchos sentimientos morales, la estúpida sumisión a lo juvenilmente correcto. Hay una forma de mantener los labios sellados que consiste en temer discrepar de la cuadrilla, admitir como natural (‘normal’) lo más extraño y acogerse al tópico biempensante. Así que la realidad vasca se resume, mejor que en la bala, en la barra de labios: con ella unos dan color a una realidad mortecina y sacan brillo a su prepotencia; los otros disfrazan como pueden su miedo, su asco o su hastío.
2. Puestos a dar el pego, el maquillaje más desvergonzado se logra mediante mecanismos de equiparación de lo desigual para así falsear los riesgos, devaluar a las víctimas o repartir sin distingos las responsabilidades políticas. Comienza a hacerlo aproximando dos formas de amenaza bien diversas: “Cuando ETA amenaza a un representante político, etc..., nos amenaza a todos y a todas”. Claro que en un caso hablamos de una intimidación física, mientras que en el otro de una intimidación civil; no es comparable amenazar de muerte a las personas y agredir a nuestras instituciones democráticas. Es verdad que una amenaza contra unos pocos se agrava si resulta a la vez una amenaza contra todos, pero cabe suponer que estos todos no viven su moderado ultimatum con la misma angustia que aquellos pocos viven el suyo. Más todavía, a lo mejor resulta que bastantes de los primeros no andan lejos ni de las premisas ni de los objetivos antidemocráticos de los amenazantes.
Por eso mismo tampoco vale igualar los efectos disuasorios causados por la coacción criminal: “Cuando silencian una voz, nos callan a todos”. Pues el caso es que no acallan a todos por igual, qué va. Quienes tienen una voz más discordante respecto de ETA, arriesgan mucho más y han de callar en mayor proporción que los otros. Estos, los más próximos en creencias a ETA, no sólo pueden seguir hablando como si tal cosa; pueden asimismo fingir no enterarse de cuántos contrarios han optado por el silencio e incluso creer que tal silencio viene a darles la razón. De espaldas a ello, el Gobierno Vasco nos pide que el intento del terrorista “no selle tus labios”. ¿Acaso nos está invitando a reflexionar en voz alta sobre la imposible pretensión democrática del etnicismo o el sinfundamento de la secesión de Euskadi? No lo creo; a estas alturas de la historia sólo nos invita a pronunciarnos contra ETA -¡qué arrojo!-, como si aún hubiéramos de abominar publicamente de las SS hitlerianas o del sistema esclavista.
Y qué habrá de decirse de la grosera indiscriminación en que el Gobierno sume a todo el conjunto de espectadores? Sólo la más necia infamia puede proclamar que hoy en Euskadi ese resto de 2.040.587 ciudadanos maquillan la persecución de las otras -léase: la ocultan, permiten o justifican- por igual y con una falta parecida. Admitamos sin reservas que hay un pecado general de cobardía y omisión, sí, pero bastante más en unos que en otros. Las diferentes ideologías que profesan, sentimientos que experimentan y cargos que ocupan les hacen acreedores de muy distinta responsabilidad. Todos sienten miedo, pero los nacionalistas han obtenido y siguen obteniendo provecho de la transigencia institucional, en tanto que a los contrarios les toca sólo padecerla.
3. Y estas tremendas conclusiones no es que se desprendan sin esfuerzo del anuncio en cuestión; están expresamente enunciadas por el señor Ibarretxe en el estreno de la campaña. ¿Cómo explicarse la súbita conversión oficial en esta materia? Ante el reproche de que las instituciones vascas han reaccionado con enorme tardanza en favor de las víctimas, vienen las frases hechas que apenas encubren la falta de reconocimiento de la propia culpa. “Todos debemos aprender del pasado”, replicará a la defensiva el lehendakari. Cierto, aunque llama la atención que gentes tan aficionadas a inventarse míticos y remotos pasados tarden decenios en afrontar pasados mucho más recientes y conocidos. Pero, una vez más, ¿acaso todos debemos aprender de nuestro pretérito político con la misma urgencia, como si cada cual cargáramos con parecido fardo de colaboración o silencio a nuestras espaldas? Y para aprender del pasado, ¿no será preciso aprestarse a reparar lo que la memoria colectiva nos recuerde de sufrimiento injusto? ¿Acaso podrá obtener alguna enseñanza del pasado quien, por si acaso y de antemano, rechaza asumir la parte de responsabilidad que le corresponda en ese caudal de sufrimiento? En esta marrullera política de escaparate admitir culpas y pedir perdones serían gestos de debilidad ante el adversario. Que los muertos entierren a los muertos; y con mayor razón, por cierto, unos muertos que apenas eran de los míos...
Parece claro que el principal interés del lehendakari no es satisfacer la justicia anamnética[7] , esa que pretende devolver -ya que no su vida truncada- al menos su dignidad o su verdad a las víctimas injustas del pasado. Ahora “se trata de mirar al futuro”, anuncia. ¿Y qué futuro nos aguarda a todos, si las víctimas carecen de todo porvenir, de cualquier deseo, mientras se les rehúse la confesión del daño que les causaron? No es cosa sencilla la de mirar, un acto que descubre un paisaje u otro según la orientación que adopte la mirada; veremos el futuro conforme hayamos interpretado el pasado y estemos encarando el presente. Es aquí donde el escamoteo de su especial compromiso por parte de los nacionalistas no permite hacerse ilusiones. Si probaran a acercarse a las víctimas y aliviar su dolor..., no estarían empeñados en preparar un futuro desde los mismos presupuestos políticos que en el pasado originaron aquellas víctimas. Al demostrarles así que su dolor ha sido vano del todo, las empujará al total desconsuelo.
4. Con vistas a diluir las particulares responsabilidades políticas hacia las víctimas, nada mejor que despolitizar toda responsabilidad. Por eso nos advierte Ibarretxe de que el Gobierno Vasco ha querido sacar esta cuestión del “circuito político y electoral en que había entrado”. Presenta así como un gesto noble lo que resulta a todas luces una maniobra deshonesta y tramposa.
Pues hemos de politizar lo que es político y el de las víctimas del terrorismo -ya se ha dicho- es un problema esencialmente político. Han sido y son hechas víctimas desde un proyecto público y sus matadores no son ni unos locos de atar ni unos vulgares criminales, sino unos criminales movidos por razones y aspiraciones políticas. De suerte que, junto a declarar la injusticia de una empresa política cuyo mantenimiento -en democracia- exige un coste de tantas víctimas, hemos de juzgar los principios normativos y esa concepción del bien común invocados por el asesino. Más aún, además de inevitable, será incluso conveniente que ese tratamiento político fuera partidista. Quiero decir sobre todo que la reflexión sobre las víctimas habría de servir para mostrar qué parte de la ciudadanía vasca y qué clase de conciencia colectiva, en plena vigencia de la libertad civil, han sido condenadas al sacrificio y cuáles otras han sacado tajada de ese sacrificio. En otras palabras, de qué parte está con mayor probabilidad la verdad y la justicia acordes con el principio democrático. Esto no gustará a todos, naturalmente, pero cada palo habrá de aguantar su vela.
Al prohibir este partidismo necesario, el nacionalista escoge otro partidismo mucho más sucio y soterrado. “Las diferentes opciones políticas -pregona el lehendakari- no pueden ser un impedimento para que podamos defender juntos a las víctimas”, y ello de nuevo recubre con una vitola de ecuánime disposición lo que es otro engaño. Las diferentes opciones políticas ni pueden ni deben defender juntos a las víctimas, mientras no se proclame por todo lo alto que las responsabilidades de cada una respecto de las víctimas son también diferentes. En lugar del borrón y cuenta nueva, algunas deben hacer examen de conciencia y propósito de enmienda con más premura que otras. A favor de la amnesia cuentan con las nuevas generaciones olvidadizas y con el paso del tiempo, pero eso sería contar con la simple inmoralidad natural.
El nacionalismo vasco, en definitiva, ha de saber que no vale jugar con dos barajas, proteger a los amenazados y a la vez amparar a esos que hoy mismo volverían gustosamente a atacarlos. Que no tiene legitimidad alguna para arrogarse la defensa de las víctimas cruentas de hoy quien está dispuesto a crear numerosas víctimas incruentas mañana. Pues no sólo se violan los derechos humanos cuando ETA amenaza, sino cuando un proyecto político de secesión pretende que la mitad menos uno de los vascos quede a merced de la mitad más uno. Entonces es el propio Gobierno quien amenaza a sus ciudadanos.
A este Gobierno Vasco le conviene aprender, contra lo que afirma en su campaña, que el derecho a la vida no es un “pilar de la convivencia democrática”. Seamos más precisos: tal derecho es soporte de la convivencia civil a secas. No es requisito y conquista del régimen democrático, sino condición mínima y punto de partida de la política. No hay, pues, razón para enorgullecerse de habitar un país en el que muchos han de pedir permiso para seguir vivos. El primer pilar democrático, no el último, es el respeto a la dignidad de las personas. Y de él emanaría enseguida la consideración de la igualdad política de los individuos como ciudadanos y únicos sujetos de derechos. ¿Pero no arranca el plan Ibarretxe justamente de la premisa contraria, de una hipotética nación étnica dotada de derechos?; ¿y no propone como punto de llegada una sociedad de individuos políticamente desiguales?
[1] G. Anders, Más allá de los límites de la conciencia. Paidós, Barcelona, 2003, p. 184.
[2] Retórica II, caps. 8-9.
[3] Cfr. A. Arteta, “Cómplices del mal”. El rapto de Europa 2, Mayo 2003, pp. 27-34.
[4] J. Améry, Más allá de la culpa y la expiación. Pre-Textos, Valencia, 2001. Los textos se entresacan de las pp. 151-153.
[5] Eva Fleischner, en S. Wiesenthal, Los límites del perdón. Paidós, Barcelona, 1998, pp. 110-111.
[6] H. Marcuse, en S. Wiesenthal, ib., p. 150.
[7] Cfr. R. Mate, Memoria de Auschwitz. Trotta, Madrid, 2003, cap. 7. Idem, “En torno a una justicia anamnética”. En J.M. Mardones-R. Mate (eds), La ética ante las víctimas. Anthropos, Madrid, 2003, pp. 100-125.