Las ideas, su política y su
historia
La rentabilidad del terror: el caso vasco
Fernando Savater | Universidad Complutense
(Michael Swanwick, Atrapados en la prehistoria)
La intimidación ha sido un procedimiento de control político a lo largo de toda la historia humana. Para influir sobre los colectivos sociales, quien aspire al poder debe prometer a los individuos lo que apetecen o amenazarles con lo que temen. El primer método presenta dos problemas básicos: uno, que dentro de los deseos hay una notable diversidad en cuanto se va más allá de las necesidades elementales de alimento, cobijo y seguridad (y pese a que la mayoría de las personas suele encapricharse de lo que ve querer a otros, según un mecanismo de mímesis volitiva señalado en primer lugar por Spinoza y estudiado luego por René Girard); dos, que incluso los más crédulos desconfían de que las autoridades sean capaces de satisfacer las apetencias multitudinarias sin serias contrapartidas... o de que vayan a seguir intentándolo pasado el periodo electoral. Estas objeciones no entorpecen, por el contrario, el segundo procedimiento o sea el basado en inspirar miedo. En el campo de lo terrorífico reina una confortable unanimidad. Todos los temores humanos se reducen fundamentalmente a uno, el de la muerte. Los sufrimientos y la falta de libertades alarman en mayor o menor grado, pero la privación de la vida concita acuerdo en el universal escalofrío. Quien se hace dueño verosímil de la administración de la muerte conseguirá así la obediencia más o menos renuente de la mayoría de la población. Pero además este tipo de amenaza resulta especialmente creíble: se duda de la eficacia o de la buena voluntad del benefactor pero rara vez de la capacidad ejecutiva del asesino. Cuando se tiene la fuerza, es mucho más fácil liquidar al prójimo que garantizar su contento... El tirano y el terrorista hablan un lenguaje que todos comprenden: diezmar, es decir ejecutar a uno de cada diez, significa en todas las lengua someter a nueve.
En concreto el terrorismo es un fenómeno de la sociedad de masas, como los campos de exterminio. Ataca preferentemente a los miembros de la "muchedumbre solitaria" de Riesmann, a cualquiera de los que se afanan y difuminan en las rutinas del gran hormiguero. Ayer buscaba ante todo acabar con los grandes prebostes, con los dueños del poder y de la riqueza, como para demostrar a los amos del mundo que por alta que sea su posición siempre están al alcance de alguien desesperado por la ausencia real o supuesta de justicia: un vengador temerario de la igualdad humana conculcada. Aunque no faltan hoy tampoco los magnicidas, en general la moda de los atentados prefiere la cantidad a la calidad. A las democracias consumistas, en las que todo el mundo tiene voto y la opinión pública es el partido político mayoritario, se las amedrenta mejor golpeando a ciegas en supermercados, discotecas o rascacielos de oficinas. La gente no culpa a la autoridad de que se asesine a reyes, papas o presidentes (por el contrario, a veces cierra filas en torno al orden establecido que se tambalea o asiste al drama con atemorizada curiosidad, como los atenienses a una tragedia de Sófocles) pero se rebela si los damnificados son ciudadanos comunes y corrientes, con cuyas cuitas pueden identificarse y temen compartir. En tales casos, según ha explicado García Márquez, la primera bomba que produce víctimas anónimas despierta universal indignación contra los asesinos y apoyo a quienes prometen castigarlos con mayor rigor; la segunda o quizá la tercera ya empiezan a suscitar quejas contra los que deberían garantizar la seguridad y no lo logran (primero se duda de su celo, luego de su competencia, después de su legitimidad); a la sexta o séptima gran número de voces exige tomar en consideración las reivindicaciones de los terroristas y acusa al gobierno de ciega intransigencia...
Por supuesto, esta deriva nada tiene que ver con que los criminales actúen por unos u otros motivos. El procedimiento de intimidación asesina siempre es abominable, pero las democracias sólo pueden defenderse eficazmente contra él estudiando las causas ideológicas y sociales que lo originan en cada caso: en el buen entendido de que explicar las raices de un movimiento terrorista no implica la obligación de aceptarlo comprensivamente ni de excusarlo, mucho menos todavía comenzar a ceder frente a él. Lo que resulta absurdo es convertir al terrorismo en algo único e idéntico en todas partes, un rostro superlativo de Mal que se manifiesta agrediendo de formas múltiples contra el Bien representado por los diversos gobiernos y sistemas político-sociales establecidos. Esta perspectiva errónea, de corte teológico o meramente supersticioso, es la que parece haber adoptado la actual administración americana de George W. Bush a partir de los atentados del 11 de septiembre. Creer que sólo existe el Terrorismo es como creer que sólo hay que combatir contra la Enfermedad, sin discriminar si ésta procede de una infección o de un mal régimen higiénico, si afecta a los pulmones, al hígado o a la vista. Siempre es malo estar enfermo, pero nadie se cura si se aplica en todos los casos la misma terapia de choque. Por mucho que uno esté convencido de que el procedimiento criminal que toma a la población civil como rehén para atacar a sus gobernantes es siempre infausto, despreciable y agrava los defectos reales que pretende combatir, es imposible aceptar que el término "terrorismo" puede aplicarse de modo explicativamente unívoco y sin mayores averiguaciones en Palestina y en Córcega, en Chechenia y en Colombia, en Nueva York, en Irak, en Bali y en el País Vasco.