Las ideas, su política y su historia

¿Qué hay detrás del terrorismo suicida?

Fernando Reinares | Universidad Rey Juan Carlos

 

En abril de 2004, siete terroristas islamistas decidieron inmolarse a sí mismos en un edificio residencial de la localidad madrileña de Leganés, al percatarse de que estaban siendo vigilados por unidades especiales de la policía española. Pusieron fin a sus vidas haciendo estallar una gran cantidad de explosivos, que tenían acumulados en el inmueble con el fin de llevar a cabo diversos atentados por las proximidades. Gracias a que los vecinos fueron evacuados a tiempo, el incidente no ocasionó una masacre, como deseaban los propios terroristas. Sin embargo, como resultado de la detonación falleció un miembro de las agencias estatales de seguridad que se disponían a asaltar el inmueble y detenerlos. Unos días antes, concretamente el once de marzo, esa misma partida de fundamentalistas islámicos había ocasionado la muerte a cerca de doscientas personas, mediante una serie concatenada de atentados perpetrados en trenes de cercanías a horas de máxima concurrencia. El más grave incidente terrorista conocido en España y la primera vez que la actual red global del terrorismo islamista conseguía atentar en Europa. Entonces no se suicidaron sencillamente porque su prevista campaña de violencia indiscriminada no terminaba ahí.

Al igual que esos siete terroristas, los diecinueve que perpetraron los catastróficos actos de megaterrorismo aquel once de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington eran fundamentalistas musulmanes, asimismo varones y jóvenes, determinados a su propia inmolación para asegurarse de que los atentados tuviesen el éxito deseado. Se trataba pues de terroristas suicidas, asimismo presentes en numerosos otros atentados llevados a cabo en desde Moscú hasta Bali, como antes había ocurrido en Buenos Aires o sigue aconteciendo en Jerusalén. Sus operaciones difieren de otro tipo de acciones terroristas porque la propia muerte del ejecutor asegura el cumplimiento de los objetivos previamente establecidos, porque los terroristas se disponen a morir ellos mismos para mejor matar a otros. Si fueran meros suicidas, o incluso si se condujesen como suicidas, al no poder llevar a cabo actividades terroristas quizá optarían por quitarse la vida sin tratar de arrebatársela a otras personas o por perecer voluntariamente como resultado de una huelga de hambre. Esto último es lo que excepcionalmente hicieron en 1981 diez miembros encarcelados de la organización terrorista IRA.

¿Mero fanatismo religioso?

Pero no hablamos de meros suicidas. Hablamos de terroristas decididos a matar premeditadamente. Son la bomba ideal, dotada con una inusitada capacidad para acertar en el blanco y sin preocupación alguna por cómo huir del lugar de los hechos una vez realizado su cometido, lo que hace menos complicada la tarea de perpetrar atentados altamente cruentos. El mero hecho de aludir a esta variedad del terrorismo nos estremece y desasosiega. No en vano, el terrorismo suicida se ha convertido en el más devastador de nuestros días cuando recurre a medios convencionales para generar destrucción e inocular miedo. Pero dispone de un potencial de letalidad mucho mayor en la medida en que venga pertrechado de armas no convencionales. Terrorismo suicida y armas de destrucción masiva constituyen una combinación asombrosamente letal, capaz de dejar en entredicho, de materializarse, el sentido del orden que es propio de las sociedades occidentales y la confianza en nuestras instituciones. Además, esas auténticas bombas humanas en que se convierten los terroristas suicidas eluden con preocupante facilidad las medidas de detención y respuesta habitualmente utilizadas para contener el terrorismo. Tampoco son susceptibles de disuasión. Son percibidas como una amenaza terrorista imprevisible e inevitable como ninguna otra, lo cual suscita mayor ansiedad y pánico entre las gentes que temen sufrir sus consecuencias.

Pero, ¿en qué medida es el terrorismo suicida una de las innovaciones que conlleva la actual oleada del fenómeno terrorista, iniciada en la década de los ochenta y caracterizada entre otras cosas por su inspiración religiosa? ¿Hay algo más que fanatismo religioso detrás de la inquietante realidad de los terroristas suicidas? ¿Son algo más que verdaderos creyentes? Ciertamente, entre los antecedentes remotos del terrorismo suicida es posible aludir a la secta de los asesinos, cuyas actividades se prodigaron entre los siglos XII y XIII. Cuando el asesino abatía a su víctima, normalmente musulmanes sunníes y ocasionalmente cruzados, no hacía esfuerzo alguno por escapar ni esperaba rescate. Sobrevivir a una misión era entendido como una desgracia. Desde mediado el siglo XVIII hasta bien entrado el XX, la práctica de ataques suicidas fue adoptada como forma de resistencia anticolonial en el seno de distintas comunidades musulmanas asiáticas. Los miembros de estas comunidades, al igual que los de aquella secta, tenían al martirio por acto sacramental, aspiración loable a la vez que mandato divino, siempre según la interpretación extraída de ciertos textos religiosos y el parecer de algunas autoridades clericales.

Esa percepción es análoga a la que tienen de sus propósitos los actuales terroristas suicidas, a cuyos incentivos se añaden las promesas de que el mártir no sufrirá dolor mientras ejecute su acción y tras la muerte ascenderá de inmediato a un paraíso glorioso. Un lugar que se describe literalmente y se entiende dogmáticamente como atravesado por ríos de leche y vino, abundante en lagos de miel, donde el mártir disfrutará de setenta y dos vírgenes, verá el rostro de Alá y podrá reunirse con varias decenas de sus familiares predilectos. Por ejemplo, el mensaje escrito que dejó tras de sí Mohammed Atta, líder de los secuestradores del once de septiembre, está lleno de exhortaciones al martirio y no deja duda alguna sobre lo que esperaba en el más allá. El mismo convencimiento exhiben los terroristas suicidas, en su gran mayoría varones adolescentes o veinteañeros, que frecuentemente conmocionan las ciudades israelíes haciendo estallar los explosivos que llevan adosados a su cuerpo en autobuses o calles. Lejos del anonimato, graban en vídeo testimonios proselitistas de fe antes de encaminarse a hacer efectiva su homicida autoinmolación.

Sin embargo, el suicidio como tal se encuentra estrictamente prohibido por el Islam. Es más, de acuerdo con esta tradición religiosa quienes lo cometen no acceden a paraíso alguno. Ahora bien, siempre de acuerdo con ese mismo credo, perder la vida en situación de yihad, más concretamente en combate dentro de una guerra santa contra los enemigos de la comunidad de los creyentes, proporciona ese acceso privilegiado al paraíso. Así, para que los atentados cometidos por terroristas suicidas sean bendecidos, conferir a éstos últimos la condición de mártires elegidos a sí mismos y convertirlos en legítimos beneficiarios de incentivos selectivos muy preciados, las autoridades religiosas adscritas a sectores integristas del mundo islámico, ésos que llevan a cabo una lectura intemporal y belicosa de los textos sagrados, no han hecho otra cosa que declarar aquellos actos como propios de la yihad. De este modo resulta evidente la lógica cultural subyacente a la opción de los terroristas suicidas que antes de serlo se encuentran adheridos a una u otra corriente del fundamentalismo islámico.

Al ser definidos como mártires, creyentes persuadidos de estar haciendo suprema profesión de fe con sus acciones y que en modo alguno deben ser tenidos por suicidas ni por criminales, ellos y sus actos pueden celebrarse dentro de la sociedad a la que pertenecían. Si la búsqueda del martirio está bien vista y es incluso altamente valorada en el seno de una subcultura religiosa, hasta los allegados del terrorista suicida, lejos de expresar duelo alguno, a buen seguro intervendrán en la exaltación orgullosa del que ha perdido deliberadamente su vida matando infieles o renegados. Así, los terroristas suicidas serán ensalzados como modelo a seguir para otros adolescentes y jóvenes fanatizados, a los que el odio y la desesperación pueden servirles de motivación añadida si deciden convertirse en mártires reverenciados tras semejante proceso de socialización en la violencia. Por ejemplo, los jóvenes y adolescentes palestinos que hoy se inmolan matando judíos indiscriminadamente en las ciudades israelíes fueron niños socializados en el traumatizante ambiente de violencia que caracterizó la primera intifada, muchos de ellos adoctrinados en escuelas coránicas regentadas por fundamentalistas islámicos.

¿Y esto lo explicaría todo?

Seguramente, no. La lógica cultural, religiosa más concretamente, que subyace a la opción de los terroristas suicidas difícilmente lo explica todo. Para empezar, porque el recurso al terrorismo suicida no es algo exclusivo de fundamentalistas islámicos. Al Fatah y otras organizaciones nacionalistas o de la izquierda radical palestina, en principio no confesionales, son responsables de un pequeño pero significativo porcentaje de los atentados suicidas perpetrados en territorio israelí durante la última década. El terrorismo suicida ha formado parte, asimismo, del repertorio de actividades terroristas desplegado a lo largo de la segunda mitad de los noventa por los irredentistas kurdos del PKK en Turquía, pese a su ideario marxista y leninista. Se sabe, por ejemplo, que no pocos de sus activistas suicidas fueron coaccionados e intimidados por otros miembros del grupo para que aceptaran las misiones encomendadas. Cosa a la que se avenían para no ser ejecutados ni entregados a la policía turca.

Desde finales de los ochenta, esa modalidad del terrorismo ha sido también practicada por los Liberation Tigers of Tamil Eelam (LTTE, Tigres de Liberación del Eelam Tamil), organización surgida a principios de esa década en Sri Lanka. Este grupo guerrillero nacionalista dispone de dos secciones dedicadas a la preparación de militantes dispuestos a cometer atentados suicidas. Tal y como ha reconocido uno sus máximos dirigentes, en declaraciones publicadas por el International Herald Tribune el 15 de enero de 2003, el terrorismo suicida fue introducido en el repertorio de actividades violentas desarrollado por los LTTE como una táctica ofensiva. Es decir, a modo de una estratagema ideada para compensar la desventaja numérica de los guerrilleros tamiles con respecto a la envergadura militar de sus adversarios, asegurándose así de infringirles el máximo daño posible con un mínimo de pérdidas propias. Los atentados suicidas fueron adoptados, en este como en otros casos, de acuerdo con un cálculo de costes y beneficios llevado a cabo por los dirigentes del movimiento rebelde.

En Oriente Medio, los atentados suicidas empezaron a adquirir especial notoriedad en 1983. Ese año, una serie de coches y camiones cargados de dinamita, conducidos por terroristas suicidas decididos a que los vehículos colisionaran frontalmente contra el blanco, produjeron ochenta muertos en la embajada estadounidense de Beirut, doscientos cuarenta y uno en el cuartel general de los marines norteamericanos que desarrollaban tareas de mantenimiento de la paz en la misma ciudad, cincuenta y ocho entre las tropas francesas destacadas allí mismo con idéntica misión, así como ochenta y ocho en un edificio de las autoridades israelíes en Tiro. Estos y otros veintisiete episodios ocurrieron sólo en el Líbano y hasta 1986. Aunque esos primeros incidentes fueron atribuidos a fundamentalistas chiíes de Yihad Islámica y Hezbolá, más que probablemente estimulados y patrocinados por las autoridades iraníes, lo cierto es que tres cuartas partes del total de atentados suicidas perpetrados mediante aquel cruento procedimiento los llevaron a cabo militantes de grupos armados nacionalistas y seculares, probablemente instigados a ello por los servicios secretos sirios.

Por otra parte, es concebible que la realidad actual de los terroristas suicidas, tanto en el contexto del prolongado conflicto que mantienen palestinos e israelíes como en relación al emergente terrorismo global, no derive directamente de una lógica inherente a la doctrina del fundamentalismo islámico ni de la valoración social concedida al martirio dentro de una determinada subcultura religiosa. O que, al menos, eso no lo explique todo. Abadía Shami, un conocido responsable de la Yihad Islámica palestina en Gaza, respondía de este modo a la pregunta que sobre la práctica de atentados suicidas le fue formulada en 1994 por periodistas de una cadena de televisión establecida en la zona: "No poseemos el armamento de que dispone nuestro enemigo. No tenemos aviones, misiles, ni siquiera un cañón con el que podamos luchar contra la injusticia. El instrumento más efectivo para infringir daño y perjuicio con el mínimo posible de pérdidas es el de las operaciones de esta naturaleza. Este es un método legítimo, basado en el martirio. El mártir recibe el privilegio de entrar en el paraíso y se libera del dolor y la miseria".

Estas declaraciones, verdaderamente elocuentes, fueron reproducidas en un excelente artículo del profesor Raphael Israeli titulado "Islamikaze and their significance" incluido en el volumen noveno, de 1997, de la revista académica internacional Terrorism and Political Violence. Pueden hallarse muchas otros testimonios similares. Interesa ahora observar cómo, antes de referirse a la eventual justificación religiosa de los atentados suicidas y a las supuestas recompensas inmateriales que esperan a quienes los perpetren, el venerado dirigente entrevistado alude, por una parte, al carácter asimétrico del enfrentamiento armado y a las carencias armamentísticas de su propia organización. Asimetría y disparidad desfavorable de medios habitualmente asociadas a la opción por el terrorismo. Por otra, se refiere también a la necesidad de causar el mayor quebranto posible al enemigo, pero minimizando las por otra parte inevitables y sin duda asumidas bajas entre los propios activistas disponibles.

¿Acaso es un cálculo táctico?

Diríase, en efecto, que el cálculo táctico por parte de las organizaciones que practican sistemáticamente el terrorismo precede a cualquier pulsión fanática en la decisión de recurrir sistemáticamente a los atentados suicidas. Es decir, que los atentados suicidas constituyen antes una sopesada estratagema terrorista de bajo costo que un imperativo de la guerra santa. Más aún si se tiene en cuenta que la exhibición de mártires pertenecientes al propio bando adquiere gran importancia propagandística. De este modo, los incentivos religiosos bien pueden ser producidos a posteriori, tratando de conferir una legitimidad trascendental a esa innovación utilitaria en el repertorio de terrorismo protagonizado por fundamentalistas musulmanes, que para muchos de ellos no es sino la variante actualizada de un tipo ancestral de violencia. Ello facilita el adoctrinamiento y entrenamiento específico por el que atraviesan las futuras bombas humanas en los grupos armados a que pertenecen, si bien lo habitual es que quienes acaban inmolándose para más y mejor matar tengan ya alguna experiencia previa en actividades terroristas.

Estos argumentos pueden también aplicarse al denominado movimiento de resistencia islámica Hamás, fundado en 1987 al iniciarse la primera intifada palestina. Sus dirigentes optaron por recurrir reiteradamente al terrorismo suicida en territorio israelí desde 1993 con atentados cuya periodización y factura, según la situación política y circunstancias internas a la organización, revelan asimismo la estimación táctica hecha respecto al uso de dicha variedad de violencia. Con el recurso a atentados suicidas se trataba de desbaratar el recién iniciado proceso de paz entre palestinos e israelíes, provocar una reacción desmesurada por parte de las autoridades judías que radicalizara posiciones e impidiera acuerdos. Lo cual no excluye el intercambio de experiencias entre sus militantes temporalmente exiliados en territorio libanés a principios de los noventa y los de la organización shií Hezbolá, que habría influido sobre la posterior evolución estratégica de Hamás. Sin olvidar el afán de venganza que estimulan los actos de terrorismo perpetrados por extremistas hebreos o las incursiones abusivas del ejército israelí.

Hamás ha reivindicado, de hecho, más de la mitad de los atentados suicidas cometidos desde el inicio de los noventa y hasta 2001 en centros urbanos o zonas comerciales de Israel, siendo la Yihad Islámica palestina responsable de una tercera parte de los episodios del mismo tipo, cuyo total asciende a cincuenta y tres. Ambas organizaciones tienen su origen en los Hermanos Musulmanes. En conjunto, sus atentados suicidas equivalen al diez por ciento del total de incidentes terroristas llevados a cabo por individuos y grupos radicales palestinos durante aquel periodo de tiempo. Son datos publicados en 2002 por el Centro de Estudios sobre Seguridad Nacional, de la Universidad de Haifa. Cada atentado suicida cuesta unos 150 dólares, a los que se deben añadir los entre 12.000 y 15.000 que han venido recibiendo las familias de los considerados mártires, gracias a fondos proporcionados por varias entidades árabes en general y palestinas en particular, que en ocasiones fueron costeadas por el derrocado presidente iraquí, Sadam Hussein.

Pero la retórica utilizada por las organizaciones palestinas que hacen suyos los postulados del fundamentalismo islámico y recurren al terrorismo suicida insiste tanto en proclamas antisionistas como en la crítica de la ocupación militar judía de Cisjordania y Gaza. También, sin embargo, en la obligación que tienen todos los musulmanes de unirse a los combatientes de la yihad y en la necesidad de extender el espíritu de la guerra santa entre la comunidad de los creyentes mientras haya enemigos que, según se alega, usurpan las tierras del islam. El nacionalismo palestino secular de los años sesenta y setenta ha dejado paso, desde la década de los noventa, a una versión religiosa y fundamentalista. Para competir con ésta, Al Fatah se ve obligada a disponer ella misma de sus propios terroristas suicidas. De acuerdo con los datos de que dispone el International Policy Institute for Counter Terrorism, sito en Herzlya, en torno a un cuarenta por ciento de la población palestina justifica regularmente los atentados suicidas, una tasa de apoyo a esta expresión de terrorismo que, como cabría esperar, se eleva hasta un setenta por ciento entre los seguidores del movimiento de resistencia islámica Hamás.

El terrorismo suicida resulta por lo común, además de muy letal, altamente indiscriminado. Eso es algo inherente al empleo de esta singular táctica violenta. Reducir al mínimo de una o dos las bajas propias y maximizar las pérdidas infringidas al adversario implica que en los atentados suicidas perezcan gentes de toda condición, tanto civiles como militares. Quienes deciden adoptarla y ordenan que se ejecute lo saben bien. Pero, al mismo tiempo, lo asumen y lo justifican. Para los LTTE, por ejemplo, los militares de Sri Lanka son únicamente el instrumento de una política a la cual califican de genocida, de modo que tampoco hacen distinciones entre políticos y soldados, entre quienes toman decisiones públicas y los que están inmersos en la acción militar. Tampoco entre autoridades y militares, por un lado, y los civiles circunstantes de cualquier género o edad por otro, como de hecho revelan una y otra vez las horrendas consecuencias del terrorismo suicida.

¿Para unificar el islam?

Justificaciones del mismo estilo podemos encontrar en la "Carta al pueblo americano", atribuida con fundamento a Osama bin Laden. Este documento apareció en noviembre de 2002, inicialmente en lengua árabe y accesible desde un portal saudí de internet reiteradamente utilizado por Al Qaeda. Después fue traducido por islamistas radicales residentes en el Reino Unido y diseminado en inglés a través de la propia red de redes, en sitios donde el texto se acompañaba a veces de información sobre cómo fabricar bombas o sobre el uso de armas químicas y bacteriológicas. En dicha carta, cuya aparente finalidad era la de explicar a los estadounidenses por qué se lucha concretamente contra ellos y qué se les pide, se aprueban las agresiones contra civiles, tanto norteamericanos en particular como occidentales en general, en los siguientes términos: "el pueblo americano es el que elige libremente su gobierno; una elección que emana del acuerdo con sus políticas. De este modo, el pueblo americano ha elegido, consentido y afirmado su apoyo a la opresión israelí de los palestinos, la ocupación y usurpación de sus tierras. El pueblo americano es el que paga los impuestos con que se financian los aviones que nos bombardean en Afganistán, los tanques que golpean y destruyen nuestras casas en Palestina, los ejércitos que ocupan nuestras tierras en el Golfo de Arabia, y las flotas que aseguran el bloqueo de Irak (…). Por tanto, el pueblo americano es el que financia los ataques contra nosotros y el que supervisa el gasto de esos dineros del modo en que desean, a través de sus candidatos electos. Además, el ejército americano es parte del pueblo americano. Por esto es que el pueblo americano no puede ser inocente de todos los crímenes cometidos contra nosotros por los americanos y los judíos. Alá, el todopoderoso, ha legislado el permiso y la opción de tomar la revancha. Así, si se nos ataca, tenemos el derecho de atacar. Quien quiera que destruya nuestros pueblos y ciudades, entonces tenemos en derecho de destruir sus pueblos y ciudades. Quien sea haya robado nuestra riqueza, entonces tenemos el derecho de destruir su economía. Y quien sea haya matado a nuestros civiles, entonces tenemos el derecho a matar a los suyos".

Ahora bien, los terroristas suicidas relacionados con Al Qaeda y el entramado de grupos armados islamistas vinculados a la misma utilizan esos mismos argumentos, o muy parecidos, contra europeos o australianos, por ejemplo. Depende de la audiencia a que destine su propaganda. De su fanática y letal pulsión contra el mundo occidental dejó constancia el once de marzo de 2004 en Madrid. Del mismo modo que los atentados del once de septiembre de 2001 no lo fueron sólo contra Estados Unidos, los del once de marzo tampoco lo han sido sólo contra España o Europa. Además, los terroristas islamistas no tienen miramiento alguno por la condición o nacionalidad de sus víctimas. En la masacre de Madrid había numerosos ciudadanos latinoamericanos y súbditos de distintos países árabes. Los terroristas que ejecutaron esos sangrientos atentados sabían muy bien que muchas de sus víctimas iban a ser inmigrantes. Y, a todo esto, ¿a qué están llamados los estadounidenses, según Osama bin Laden y quienes pertenecen a su red del terrorismo global? ¿Qué es lo que estos musulmanes fundamentalistas piden a los norteamericanos y, por extensión, al resto de los occidentales? La carta es clara, concisa y contundente a este respecto: "lo primero a lo que les llamamos es al Islam". Y es que el fin último de el actual terrorismo global es la unificación política del islam.